El día continuó con los pedidos y clientes habituales.
Los niños entraban y salían con bolsas de dulces en las manos.
Candyland seguía funcionando como debía.
Mandy no bajó el ritmo. Se movía con precisión acomodando los frascos, revisando las vitrinas, corrigiendo pequeños detalles que solo ella notaba.
Todo bajo control.
Chester cumplía su parte.
Sin excesos.
Sin improvisar.
Cuando llegó la hora del descanso, se apartó en uno de los rincones tranquilos de la tienda. Se sentó mientras sostenía una hamburguesa entre las manos, apoyando los codos en la mesa mientras daba pequeños mordiscos sin demasiado apetito.
Levantó la vista casi sin pensarlo.
Y miro a Mandy que se encontraba de espaldas, acomodando unas cajas en una repisa alta. Sus movimientos eran calculados, su cabello estaba perfectamente recogido y su postura firme.
Por un instante, Chester se quedó mirándola.
No de forma descarada.
No para molestarla.
Solo... curioso.
¿En qué momento llegamos a esto?
La pregunta apareció sola, sin aviso.
Antes, molestarla era fácil.
Hablarle era automático.
Cruzar palabras -aunque fueran simples provocaciones- era algo natural para nosotros.
Ahora todo ha cambiado demasiado.
Debo tener cuidado con lo que hago o digo, mantener la distancia y los silencios largos.
Tal vez así sea mejor, ¿no?
Pensó, intentando convencerse a si mismo, aunque sin mucho éxito.
Ella trabaja mejor y yo no soy un estorbo. Todo sigue su curso.
Pero algo en el pecho no terminaba de encajar.
¿Entonces...por qué me siento así?
Por alguna razón, extraño hablarle y tenerla cerca.
No molestarla.
Ni provocarla.
Solo...hablar.
Chester bajó la mirada a su comida, jugando distraídamente con el envoltorio.
Si pudiera hacer algo para cambiar las cosas... lo haría.
No para hacerla enojar.
O para hacer una broma.
Para hablar en serio.
La idea lo sorprendió a él mismo.
Hablar en serio no era lo suyo.
Nunca lo había sido. Por eso siempre se escondía debajo de sus bromas de mal gusto.
De repente volvió a mirarla una vez más, solo un segundo, antes de apartar la vista de nuevo.
Mandy como si hubiera sentido algo, se detuvo brevemente. No se giró. No lo miró. Solo respiró hondo y siguió acomodando las cajas.
El descanso terminó.
Chester se levantó, tiró el envoltorio y volvió a su área de trabajo sin decir nada.
El día siguió.
Normal.
Silencioso.
Contenido.
Pero algo había cambiado en él.
Chester ya no pensaba en qué broma hacer después...
Sino en qué palabras le faltaban para arreglar lo que había roto.
Y eso lo inquietaba más que cualquier silencio.
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Editado: 29.01.2026