Desde aquel fin de semana, algo había cambiado. No fue inmediato, pero se notaba en los detalles.
Candyland seguía siendo el mismo lugar, pero el ambiente tenía una ligereza distinta.
Chester estaba inclinado sobre una mesa, revisando una hoja llena de anotaciones. Horarios, nombres, espacios disponibles. Había aceptado encargarse de la organización de una actividad especial…aunque ya no estaba tan seguro de haber tomado la decisión correcta.
Nada terminaba de cuadrar.
Si movía un grupo, se desajustaba otro. Si cambiaba el horario, el espacio ya no alcanzaba. Volvió a revisar la hoja, frunciendo ligeramente el ceño.
Exhaló despacio.
No pidió ayuda.
No porque no la necesitara, sino porque no sabía cómo hacerlo sin sentirse fuera de lugar.
Berry estaba ocupado coordinando a los niños del otro lado del área, y Chester no quiso interrumpirlo. Así que siguió ahí, borrando, reescribiendo, tachando… cada vez un poco más frustrado.
Mandy lo notó.
Cuando levantó la vista y lo vio demasiado concentrado, con esa rigidez que aparecía cuando algo no le salía como esperaba.
Antes, lo habría ignorado.
No por maldad, sino por costumbre.
Pero esta vez dudó solo un segundo antes de acercarse.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó, con un tono neutral.
Chester alzó la mirada, sorprendido.
—Sí, por favor—admitió—. No logro hacer que esto tenga sentido.
Mandy observó la hoja unos segundos. Sus ojos recorrieron los horarios y los espacios mal distribuidos.
—Mira aquí está el problema —dijo, señalando—. Estás intentando acomodar todo sin priorizar. Primero define los grupos grandes, luego ajustas los pequeños alrededor.
Tomó el lápiz sin pedir permiso y comenzó a reorganizarlo todo con movimientos seguros. Cómo alguien que sabía dominar esa área.
Cambió horarios y distribuyó espacios.
—Así es más eficiente, ¿lo ves? —añadió—. Y no se te enciman las actividades.
Chester la miraba en silencio.
No con incomodidad.
Sino con atención.
Había algo casi hipnótico en la forma en que Mandy trabajaba. Como si siempre supiera exactamente qué hacer, incluso cuando todo alrededor parecía desordenarse.
—Parece que siempre tienes la solución —murmuró Chester, más para sí que para ella—. Como si siempre supieras qué hacer.
Mandy alzó la vista, arqueando una ceja.
—No siempre —respondió con calma—. Solo cuando algo puede organizarse. Tampoco soy tan perfecta.
Le devolvió la hoja.
—Pero listo, ya quedó.
Chester la tomó y la revisó con atención. Todo encajaba como si la respuesta hubiera estado ahí desde el principio y él no la hubiera visto.
—Gracias —dijo más sincero.
Dudó.
Fue apenas un segundo, pero se sintió más largo de lo que debería. Bajó la voz, inseguro, como si no estuviera del todo convencido de decirlo.
—Y… para mí sí lo eres. Todo lo que haces parece… perfecto.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Chester se tensó. No estaba seguro de si había ido demasiado lejos. No sabía si ese comentario era algo que debía haberse guardado. Por un instante temió haber cruzado una línea invisible.
Mandy se quedó inmóvil.
No porque no hubiera escuchado, sino porque no estaba segura de qué hacer con eso.
No era un cumplido vacío. No sonaba como una broma ni como algo dicho al azar. Y eso la confundió más de lo que le hubiera gustado admitir. No sabía si aceptarlo, rechazarlo o simplemente ignorarlo.
Así que eligió lo más seguro.
Asintió una sola vez y volvió a su trabajo, concentrándose en cualquier cosa que no fuera ese comentario.
Pero aunque sus manos siguieron moviéndose con precisión, su mente no estaba del todo ahí.
Y Chester se quedó observándola de reojo, aún con la incómoda sensación de no saber si había hecho lo correcto…
o si acababa de decir algo que no debía.
Berry que se acercaba con la intención de ayudar, se detuvo al ver la escena.
Chester aún sostenía la hoja algo incómodo, como si no supiera si había cruzado una línea invisible.
Mandy ya había vuelto a lo suyo. No parecía molesta… pero tampoco había dicho nada más. Y eso lo dejaba pensando.
Berry sonrió para sí mismo y decidió no intervenir.
Tal vez no hacía falta. Aún no.
El trabajo continuó como si nada hubiera pasado, aunque en realidad todo se sentía distinto.
Chester volvió a su lugar, pero cada cierto tiempo su mirada regresaba a la hoja que Mandy había organizado. No solo porque ahora todo tenía sentido, sino porque no podía evitar pensar en la seguridad de sus movimientos.
—Vaya —comentó Berry al acercarse por fin—. Eso se ve… sorprendentemente bien.
Chester levantó la vista, dudando un segundo.
—Es que Mandy me ayudó —respondió—. Se dió cuenta que se me estaba complicando y se acercó a explicarme.
Berry revisó el papel con atención antes de sonreír de lado.
—¿Ves? —dijo—. A veces solo hay que escuchar… y decir las cosas sin esconderlas detrás de bromas.
Chester frunció apenas el ceño, entendiendo más de lo que quería admitir.
—No estaba seguro de si debía decirlo —confesó en voz baja—. No quería que sonara raro.
—No sonó mal —respondió Berry con calma—. Sonó sincero. Y ella lo notó.
Chester bajó la mirada un instante, recordando aquellas palabras que había escuchado tiempo atrás y que recién empezaban a tener sentido.
Cuando llegue el momento, sabrás qué hacer.
—Supongo que tenías razón —admitió—. No era cuestión de distancia… sino de prestar atención.
Berry lo miró distinto esta vez, más tranquilo.
—Y parece que finalmente lo estás haciendo.
Desde su lugar, Mandy levantó la vista por un instante. Sus ojos se cruzaron con los de él y, en lugar de apartar la mirada como antes, le dedicó una pequeña sonrisa.
Chester tardó un segundo de más en reaccionar antes de volver a lo suyo, con una sensación extraña en el pecho.
Editado: 16.02.2026