Todo en Candyland parecía haber encontrado, por fin, una especie de calma.
No era una paz absoluta ni mucho menos perfecta, pero los días de trabajo ya no se sentían tan tensos como antes. Las horas transcurrían con mayor ligereza; el ambiente era más llevadero, casi cómodo.
Había más interacción entre ellos, aunque seguía siendo discreta: comentarios sueltos, silencios que ya no pesaban tanto, pequeñas atenciones de Chester cuando notaba que Mandy necesitaba ayuda. Incluso Berry parecía más dispuesto a participar, menos distante.
No era armonía pero había más equilibrio.
Uno frágil, sí, pero suficiente para sostenerse... al menos por ahora.
Mandy atendía el mostrador con la precisión de siempre, moviéndose con esa seguridad que hacía que todo pareciera estar bajo control.
Chester trabajaba a unos metros de distancia, concentrado aunque no del todo ajeno a su presencia.
Berry iba y venía, atento al ritmo del lugar como si evaluara constantemente que nada se saliera de ese orden recién construido.
Todo avanzaba con normalidad.
Hasta que la puerta se abrió.
La campanilla sonó suavemente y por alguna razón, Mandy alzó la vista.
Fue entonces cuando lo vio llegar.
El hombre que acababa de entrar no parecía apurado ni llamativo a primera vista, pero había algo en su forma de caminar -la postura firme, los pasos tranquilos y seguros- que hacía imposible no notarlo. No buscaba atención. No la necesitaba.
Pero aún así...
Una sensación conocida se instaló en la mente de Mandy.
No era curiosidad.
Era reconocimiento.
Lo había visto antes.
Solo que, por más que lo intentara, no lograba recordar dónde.
Ese pensamiento la llevó, sin querer, a meses atrás.
A la bienvenida.
En Star Park existía una costumbre que pocos cuestionaban: cuando alguien nuevo llegaba, especialmente si abría un local o comenzaba a formar parte activa del parque, se le daba la pequeña bienvenida como comunidad. No era un evento formal, sino una reunión improvisada, ruidosa y un poco caótica... pero sincera.
Aquella vez, la bienvenida era para el nuevo trío del local de sushi.
Mandy había asistido en representación de Candyland. Como jefa del local, era casi un deber estar presente, aunque ella tampoco fuera particularmente fan de ese tipo de reuniones. Aun así, se mezcló entre la multitud con naturalidad, atenta, observando más de lo que hablaba.
Chester no había ido.
En ese entonces, ese tipo de costumbres le parecían innecesarias. No se tomaba las cosas tan en serio, y mucho menos algo que implicara socializar sin un propósito claro.
Candyland había quedado a cargo de Berry esa tarde, quien no solo aceptó la responsabilidad, sino que consideró importante que al menos uno de ellos cumpliera con la tradición.
La bienvenida estaba llena de rostros distintos. Había brawlers curiosos que se movían de un lado a otro, niños atentos a cada detalle y visitantes habituales del parque.
Emz recorría el lugar con su teléfono en alto, grabando contenido y comentando en voz alta, mientras
Larry y Lawrie vigilaban la zona con su habitual seriedad.
Un poco más apartados, Belle y Sam conversaban con tranquilidad, como si ese tipo de encuentros formara parte de algo que habían visto repetirse muchas veces. Había en ellos así como algunos otros brawlers de su misma edad una sensación de permanencia, de historia compartida con Star Park.
Mandy avanzaba entre la gente cuando se encontró con Shelly.
-Mandy -la saludó ella, con una sonrisa sincera-. Qué bueno verte por aquí.
Intercambiaron unas palabras rápidas antes de que Shelly girara ligeramente el cuerpo.
-Ah, por cierto -añadió-. Me gustaría presentarte a alguien.
Fue entonces cuando Mandy lo vio por primera vez.
El hombre a su lado tenía una presencia tranquila, confiada. Observaba el lugar con atención, sin parecer distraído ni rígido.
-Mandy, él es Colt el sheriff de Star Park y mi compañero de trabajo-dijo Shelly-. Y Colt, ella es Mandy la dueña de Candyland y una amiga mía.
-Es un gusto conocerte -saludó él, con una sonrisa cordial.
-Igualmente -respondió ella.
No fue más que eso.
Un saludo breve, correcto. La bienvenida no era para ninguno de ellos, y pronto la atención volvió a Kenji y Kaze, quienes recibían preguntas, comentarios y muestras de curiosidad por su nuevo local.
Mandy siguió avanzando entre la multitud sin darle mayor importancia al encuentro.
Ahora, frente al mostrador de Candyland, comprendía por fin de dónde venía aquella sensación familiar.
Lo que no sabía es que ese solo era el comienzo de lo estaba por venir.
𓂃˖˳·˖ ִֶָ ⋆🌷͙⋆ ִֶָ˖·˳˖𓂃
Editado: 16.02.2026