El recuerdo se disipó tan rápido como había llegado.
Mandy volvió a centrar su atención en el mostrador, manteniendo la misma calma de siempre, como si aquel breve instante del pasado no tuviera mayor peso. Frente a ella, Colt continuaba la conversación con tranquilidad, sin prisas, sin gestos exagerados.
Chester desde su lugar, no pudo evitar quedarse mirando un segundo de más.
Seguía trabajando. Sus manos no se detuvieron. Pero su atención... sí.
Observó la escena con el ceño apenas fruncido, intentando encontrar algo que le resultara familiar. No era el hombre en sí lo que le incomodaba, sino la manera en que Mandy le hablaba, de manera tan natural y fluida. Sin esa distancia medida que solía marcar con casi todos.
¿De dónde lo conoce?
No... no me resulta conocido.
Inclinó ligeramente la cabeza, como si eso fuera a ayudarlo a recordar algo.
-¿No lo conoces? -la voz de Berry lo sacó de sus pensamientos.
Chester parpadeó y apartó la mirada con disimulo.
-¿A quién?
Berry siguió la dirección de su vista, aunque ya sabía la respuesta.
-A él -dijo en voz baja-. Es Colt. El sheriff.
Chester arqueó apenas una ceja.
-¿El sheriff?
-Sí -confirmó Berry-. Bastante conocido en Star Park. No es raro verlo por aquí de vez en cuando.
Chester volvió a mirar hacia el mostrador. Colt sonreía con cortesía mientras Mandy terminaba de atenderlo. Nada fuera de lugar. Nada que pudiera considerarse extraño.
Pero aun así...
-No parece alguien con quien ella hable seguido -murmuró, más para sí mismo que para Berry.
Berry lo observó de reojo.
-¿Por qué no?
Chester tardó un segundo en responder.
-Porque... -se detuvo-. No sé. Ella no suele hablar así con cualquiera.
Berry soltó una pequeña risa, suave.
-Chester -dijo-. Solo lo está atendiendo como a cualquier cliente.
Chester apretó los labios, sin responder de inmediato.
Eso lo sé, pensó.
Entonces... ¿por qué se siente diferente?
Desde el mostrador, Mandy le entregó la bolsa a Colt con una leve inclinación de cabeza. Él se despidió con una sonrisa educada y se alejó sin volver la vista atrás.
Todo había sido normal.
Tal vez demasiado normal.
-No le des vueltas -añadió Berry-. No hay nada raro ahí.
Chester asintió, aunque la sensación persistía.
-Sí... -dijo finalmente-. Supongo que no debería seguir pensando en eso. Es..solo un cliente.
Pero incluso mientras regresaba por completo a su trabajo, algo seguía dando vueltas en su cabeza.
No era celos.
No era molestia.
Era la incómoda certeza de que había algo en esa escena que no entendía todavía.
Y eso... no le gustaba.
El resto del día transcurrió sin sobresaltos.
Candyland siguió recibiendo clientes, risas de niños, pedidos repetidos y el murmullo constante que ya les resultaba familiar. Mandy continuó al frente, atenta a cada detalle, y Chester retomó su ritmo habitual, cumpliendo con su parte sin comentarios innecesarios.
Todo era normal.
O al menos, lo parecía.
Porque entre una atención y otra, comenzaron a surgir pequeños momentos casi imperceptibles. Miradas que se encontraban por accidente. Sonrisas leves, rápidas, que no siempre llegaban a formarse del todo.
Nada que pudiera señalarse. Nada que alguien más notara.
En una ocasión, mientras Mandy acomodaba unas cajas cerca del mostrador, levantó la vista sin pensarlo y sus ojos se cruzaron unos segundos con los de Chester.
No fue algo incómodo, ni fue tenso.
Solo por un instante, simplemente se miraron.
Y Mandy estuvo a punto de sonreír.
Pero Chester fue el primero en apartar la mirada.
Lo hizo rápido, con un gesto apenas visible de molestia, como si algo le hubiera incomodado de pronto. Frunció el ceño y volvió a lo suyo, más serio que segundos antes.
Mandy se quedó quieta un momento.
Parpadeó, algo confundida.
No entendía qué había pasado. Si había dicho algo. Si había hecho algo.
O si ese gesto no tenía nada que ver con ella.
Sacudió la cabeza suavemente y continuó trabajando, obligándose a no pensarlo más. A fin de cuentas, no era la primera vez que Chester cambiaba de actitud sin previo aviso.
La sensación permaneció.
Desde su lugar, Berry lo vio todo como de costumbre, él era bueno en eso en notar los gestos mínimos. La mirada evitada. El gesto breve. La confusión silenciosa de Mandy.
No dijo nada, no solía hacerlo.
Solo suspiró, casi imperceptible, mientras seguía con lo suyo.
El día terminó como cualquier otro.
Pero algo, muy dentro de ese equilibrio frágil que empezaba a construirse, se había tensado apenas lo suficiente como para sentirse.
Y nadie estaba del todo seguro de por qué.
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Editado: 16.02.2026