Después de aquel primer intercambio de mensajes, algo cambió.
No fue algo grande ni evidente, pero la conversación había abierto una pequeña puerta entre nosotros.
A veces le escribía.
A veces hablábamos un poco.
Pero había algo que empezaba a confundirme.
Muchas veces él no respondía.
Al principio no le di demasiada importancia.
Pero con el tiempo comenzó a molestarme.
No sabía que él trabajaba, así que en mi cabeza empezaron a aparecer preguntas que no tenían respuesta.
¿Por qué no contesta?
¿Le molesta hablar conmigo?
¿Simplemente no le importa?
Lo curioso era que ni siquiera entendía por qué me afectaba.
No éramos nada.
Ni siquiera éramos amigos cercanos.
Pero aun así… cuando pasaba mucho tiempo sin responder, sentía un pequeño enojo que ni yo misma sabía explicar.
En el colegio a veces lo veía.
Nuestras miradas se cruzaban por unos segundos.
Pero todo quedaba ahí.
Sin palabras.
Sin conversaciones.
Solo miradas que duraban lo suficiente para dejarme pensando más de lo que debería.
Editado: 15.03.2026