Con el tiempo, algo cambió otra vez.
Las conversaciones comenzaron a hacerse más frecuentes.
Primero eran mensajes ocasionales.
Después se volvieron conversaciones más largas.
Y luego… llegaron las noches.
Esas noches en las que comenzábamos a hablar y, sin darnos cuenta, el reloj seguía avanzando.
Una hora.
Dos horas.
Tres horas.
A veces terminábamos hablando hasta muy tarde, compartiendo historias, bromas y momentos que hacían que el tiempo pareciera pasar más rápido de lo normal.
Erick tenía algo que me hacía reír.
Era divertido.
Espontáneo.
Y tenía esa forma de hacer bromas que lograban sacarme una sonrisa incluso en los días más aburridos.
Poco a poco comenzó a pasar algo extraño.
Cuando hablábamos, me sentía bien.
Especial.
Como si nuestra conversación fuera algo que esperaba durante el día.
Y aunque todavía no quería admitirlo…
algo dentro de mí empezaba a cambiar.
Editado: 15.03.2026