Para ese momento, hablar con Erick ya se había vuelto parte de mi rutina.
Había noches en las que comenzábamos a conversar sin darnos cuenta del tiempo. Entre bromas, historias y mensajes que parecían no tener fin, nuestras conversaciones se alargaban hasta altas horas de la madrugada.
Había algo en él que me hacía sentir cómoda.
No era solo divertido. Tenía esa forma de decir las cosas que hacía que cualquier conversación se volviera interesante.
Pero yo todavía no entendía lo que estaba pasando dentro de mí.
Tal vez porque no quería aceptarlo.
A inicios de agosto ocurrió algo que no esperaba.
Estábamos hablando como cualquier otra noche cuando, de repente, Erick dijo algo que me dejó completamente desconcertada.
Me dijo que le gustaba.
Lo dijo como si fuera una broma.
Con ese mismo tono con el que siempre hacía sus chistes.
Y en ese momento mi mente no supo cómo reaccionar.
Una parte de mí pensaba que hablaba en serio… pero otra parte estaba segura de que solo estaba jugando.
Así que respondí lo primero que se me ocurrió.
Le dije que no.
No porque realmente quisiera rechazarlo, sino porque no podía creer que algo así estuviera pasando.
Mi corazón estaba confundido.
No sabía si tomarlo en serio o reírme de la situación.
Pero Erick siguió con la broma.
Incluso llegó a decir que se cambiaría de colegio.
Y aunque lo dijo riendo, algo dentro de mí se apretó.
Sentí una mezcla extraña de enojo y tristeza.
¿Por qué me afectaba tanto algo que, supuestamente, era solo una broma?
Y entonces pasó lo peor.
Después de todo eso, Erick dijo que lo de que yo le gustaba… también era una broma.
No sé exactamente qué sentí en ese momento.
Tal vez orgullo.
Tal vez molestia.
Tal vez una pequeña herida que no quería reconocer.
Lo único que sé es que me enojé.
Y en medio de ese enojo lo mandé a la miércoles.
En ese momento pensé que era lo correcto.
Pero no imaginaba que esa decisión cambiaría todo entre nosotros.
Editado: 15.03.2026