Al día siguiente había una fiesta.
Y curiosamente, los dos íbamos a estar ahí.
Cada uno llegó por su lado.
No llegamos juntos
Ni siquiera hablamos antes de ir.
Pero desde el momento en que entré al lugar, sabía que él estaba ahí.
A veces uno puede sentir la presencia de alguien incluso antes de verlo.
Y cuando finalmente lo vi, mi corazón dio un pequeño salto que traté de ignorar.
Durante toda la fiesta nuestras miradas se cruzaban.
Una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Había algo extraño en el ambiente entre nosotros.
No hablábamos.
No nos acercábamos.
Pero tampoco podíamos ignorarnos completamente.
Por dentro yo quería hacer algo.
Quería acercarme y decirle:
—¿Bailamos?
O tal vez:
—¿Podemos hablar un momento?
Incluso imaginé salir del lugar con él y arreglar todo lo que había pasado la noche anterior.
Pero no lo hice.
El orgullo es una cosa curiosa.
A veces te impide hacer exactamente lo que tu corazón quiere.
Y así pasó toda la noche.
Entre miradas que decían muchas cosas…. pero sin una sola palabra.
Editado: 15.03.2026