Después de ese día, todo empezó a cambiar poco a poco.
En el colegio ya no éramos solo dos personas que se miraban desde lejos.
Ahora nos sentábamos juntos en clase.
En los recreos casi siempre estábamos uno al lado del otro.
A veces hablábamos.
A veces solo nos quedábamos sentados riendo por cualquier cosa.
Había momentos en los que Erick me prestaba su casaca de promoción, especialmente cuando hacía frío.
Y aunque era un gesto simple, para mí significaba mucho.
Porque eran esas pequeñas cosas las que hacían que cada día se sintiera especial.
Nuestros compañeros empezaron a notar que siempre estábamos juntos.
Fotos juntos.
Risas.
Miradas que ya no se escondían.
Todo parecía avanzar de forma natural.
Como si nuestra historia hubiera encontrado finalmente el camino que estaba buscando desde el principio.
Editado: 15.03.2026