El Chico Que Debí Olvidar

Capitulo 1

ABRIL JONES.

Ahí estaba él, mirándome con esa estúpida sonrisa suya, como si supiera exactamente todo lo que provoca en mí.

A esta altura ya no sabía si lo que sentía por él era un amor estúpido que nunca superé, o un rencor que me estaba envenenando lentamente.

Verlo caminar hacia mí como si nada hubiera pasado, como si no me hubiera destrozado, me hizo hervir la sangre.

¿Cómo se atrevía a acercarse después de todo lo que me hizo?

Cuando mi rodilla impactó contra él, lo entendí.

Sentía rencor. Odio. Y para mi desgracia, mucho amor.

Lo amaba. Y por eso me dolía tanto todo lo que me hizo. Por eso no logré olvidar nada.

No le dije ni una palabra. Agarré mi maleta y entré a mi casa, dejándolo atrás, como intenté hacer durante estos tres años.

(...)

-¿Ya encontraron comprador para la casa? -pregunto mientras ayudo a empacar cajas.

Mi mamá me mira con esa mirada triste que conozco tan bien.

Y la entiendo. Vive en esta casa desde antes de tenerme y ahora tiene que venderla por las deudas de mi papá.

-Todavía no, pero en estos días van a venir a verla unos posibles compradores -dice.

Solo asiento.

No quiero decir nada que pueda ponerla más triste.

(...)

Timbre.

Mi mamá se limpia las manos en el delantal y me mira.

-Deben ser ellos. ¿Abrís vos?

Asiento, aunque tengo un nudo en el estómago. No quiero que nadie más entre a esta casa. Cada caja que cerramos es un pedazo de mi infancia que se va.

Abro la puerta y el aire se me va de golpe.

No puede ser.

Él. Con la misma campera de cuero, las manos en los bolsillos y una carpeta en la mano. Ya no se está riendo. Me mira serio, como si tampoco esperara verme aquí.

-¿Vos? -se me escapa.

Él aprieta la mandíbula.

-Abril.

Escucho los pasos de mi mamá detrás mío.

-¡Qué puntual! -dice ella, toda sonriente-. Abril, él es... bueno, el hijo de los Henderson. Vienen a ver la casa. Están interesados en comprarla.

Siento que el piso se me abre.

¿Comprar mi casa? ¿Él quiere comprar MI casa?

Lo miro de nuevo y esa estúpida sonrisa vuelve, pero esta vez es diferente. Más amarga.

-Sí -dice, sin dejar de mirarme-. Estamos muy interesados.

Y lo entendí en ese segundo.

No venía a comprar una casa.

Venía a asegurarse de que yo no tuviera a dónde volver.




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