ABRIL JONES.
Ya era de noche. La casa estaba a medio empacar y se sentía vacía, fría. Me puse el buzo viejo de papá y me senté en el marco de mi ventana, como cuando tenía 17.
Afuera no había nada. Solo la calle oscura del pueblo que tanto odié y tanto extrañé.
Hasta que lo vi.
Duncan estaba apoyado en su moto, justo enfrente de mi casa. Mirando hacia arriba. Mirándome.
El corazón se me subió a la garganta.
No podía ser. Hacía exactamente lo mismo que hacía hace tres años cuando me venía a buscar a escondidas.
Me agaché rápido para que no me viera. Qué estúpida. Como si él no supiera que yo lo estaba mirando.
Saqué el celular. Un mensaje nuevo.
Duncan: ¿Vas a seguir diciendo que no me conoces?
Tiré el celular a la cama como si quemara. ¿Cómo tenía mi número? ¿Nunca lo borró?
Lo apagué. No le iba a contestar. No otra vez.
Me volví a asomar, solo un segundo.
Ya no estaba. Solo quedó el humo de su moto y yo, temblando, odiándome por sentirme decepcionada de que se haya ido.
(...)
A la mañana siguiente mi mamá me obligó a salir.
-Andá a comprar pan, hija. Necesito que te dé un poco el aire.
El pueblo no había cambiado nada. La misma panadería, la misma plaza, las mismas señoras chismosas mirándome.
Y claro, la misma mala suerte.
Él estaba en la plaza con sus amigos. Los mismos de siempre. Se rieron cuando me vieron.
Yo apreté la bolsa del pan y seguí caminando con la cabeza alta.
-Jones -gritó uno-. ¡Mirá quién volvió!
No contesté.
Sentí pasos detrás mío. No eran de cualquiera. Eran los de él.
-Abril, pará.
-Déjame en paz, Henderson.
Me alcanzó y me agarró suave del brazo para que me detuviera. Todo el mundo en la plaza nos estaba mirando.
-Anoche no me contestaste.
-¿Y qué esperabas? ¿Que te mande un te extraño después de tres años?
Se quedó callado. Me soltó el brazo como si mi piel le quemara.
-Solo quería saber si estás bien.
Esa frase me rompió.
-¿Si estoy bien? -me reí, pero con ganas de llorar-. Estoy perdiendo mi casa, mi mamá llora todas las noches y el único comprador es el chico que me destrozó. ¿Vos qué creés?
No dijo nada. Solo me miró con esa culpa que nunca le había visto antes.
-Abril...
-Guárdate el discurso. Si quieres la casa, cómprala. Pero no finjas que te importo.
Le dejé ahí, en medio de la plaza, con toda su gente mirándonos.
Y por primera vez en tres años, sentí que yo era la que se iba y él era el que se quedaba mirando.
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Editado: 28.08.2026