ABRIL JONES.
-No podemos aceptarlo, mamá.
Mi mamá tenía el papel en la mano y le temblaba. Era la oferta formal de los Henderson.
Era mucha más plata de la que valía nuestra casa. Muchísima más. Lo suficiente para pagar todas las deudas de papá y hasta para mudarnos a un departamento decente en la ciudad.
-Hija, es el doble de lo que nos ofrecieron los otros -dijo con la voz chiquita-. Con esto nos salvamos.
-Es caridad. Nos está haciendo caridad.
-No es caridad -me corrigió-. El señor Henderson dijo que su hijo insistió en que valía eso. Que la casa tiene "valor sentimental".
Se me heló la sangre. ¿Valor sentimental? ¿Qué juego estaba jugando ahora?
Esa noche entendí que no teníamos opción.
(...)
-Nos invitaron a cenar para cerrar el trato -dijo mi mamá planchando su vestido-. Tenés que venir. Son gente importante en el pueblo.
Y ahí estaba yo. Sentada, tratando de actuar normal.
Mi mamá charlaba animadísima con el señor Henderson.
-Ay, mi Abril es tan buena, siempre me ayuda tanto.
Duncan estaba enfrente mío, serio. Nos mirábamos de reojo cada dos segundos, pero teníamos que fingir que éramos dos extraños.
Su papá hablaba de papeles.
-El viernes firmamos. Y como Duncan se va a mudar solo acá, nos gustaría que Abril se quede unos días más para mostrarle cómo funciona la casa. La caldera, las llaves...
Mi mamá me miró orgullosa.
- ¡Claro que sí! ¿Viste, Abril? ¡Qué buen chico es Duncan! Tan educado.
Casi me atraganto.
Duncan me miró fijo y dijo, con la voz más inocente del mundo:
-Sí, señora. Sería un honor que su hija me enseñe la casa. Prometo portarme bien.
Hijo de puta. Estaba disfrutando esto.
-Perfecto -dijo mi mamá sin sospechar nada-. ¡Qué suerte que no se conocían, así empiezan con buena impresión!
Si supiera.
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Editado: 28.08.2026