ABRIL JONES.
Me desperté con calor. Mucho calor.
Abrí los ojos de a poco. La tormenta había parado. Entraba sol por la ventana.
Y tenía un brazo encima.
Me quedé helada.
Duncan estaba dormido a mi lado. La almohada-muro estaba en el piso. Yo estaba completamente pegada a su pecho y su brazo me abrazaba la cintura.
-Duncan -susurré entrando en pánico-. Duncan, despertate.
-Cinco minutos más, Jones... -dijo dormido, y me abrazó más fuerte.
-¡DUNCAN!
Abrió los ojos. Me vio. Vio dónde estaban sus manos.
- ¡MIERDA! -saltó de la cama como si se hubiera quemado-. ¡Yo no hice nada! ¡Te juro que fue la almohada que se cayó sola!
- ¡Baja la voz que nos va a escuchar todo el pueblo!
- ¿Todo el pueblo vive en tu cuarto ahora?
Estábamos los dos despeinados, en la misma cama, gritando en susurros cuando escuchamos la llave en la puerta de abajo.
- ¡Hija! ¡Ya llegué! ¡Se me canceló el turno!
Mi mamá.
Nos miramos. Pánico total.
(...)
- ¡ABRIL! ¡¿DÓNDE ESTÁS?!
- ¡Acá, mamá! ¡En mi cuarto! -grité con la voz más normal que pude.
Duncan corría en círculos por mi cuarto sin remera.
- ¡Tu remera! ¡Tu remera! -le dije tirándosela.
- ¡Mis zapatillas! ¿Dónde están mis zapatillas?
- ¡Abajo! ¡Quedaron en el cuarto inundado!
Se escucharon los pasos de mi mamá subiendo la escalera.
Duncan me miró desesperado.
- ¡Abajo de la cama!
- ¡No entras abajo de la cama!
- ¡Entonces en el placard!
Se metió en mi placard justo cuando mi mamá abrió la puerta.
-¿Qué haces gritando? -dijo, y me miró raro-. ¿Estás transpirada?
-Hace calor, ma.
Miró mi cama deshecha. Con dos almohadas en el piso. Con marcas de dos cuerpos.
-¿Y Duncan?
-¿Qué Duncan?
-Duncan Henderson. ¿No vino ayer a quedarse para ver lo del techo?
-Sí, sí -improvisé-. Está abajo. Durmió en el sillón. Lo que pasa es que... que me asusté con la tormenta y no dormí.
Mi mamá me miró con ternura.
-Ay, mi amor. Siempre tuviste miedo a las tormentas.
Se acercó y me dio un beso en la frente. Desde el placard se escuchó un ruidito. TOC.
Mi mamá frunció el ceño.
-¿Qué fue eso?
- ¡El... el placard! Es viejo, ma. Hace ruido.
-Tenemos que vender esta casa urgente.
Se fue bajando la escalera.
- ¡Duncan! ¡Hijo! ¿Querés desayunar?
Yo me tiré contra la puerta del placard.
Duncan salió, rojo, transpirado, con mi bufanda rosa colgándole del cuello.
-Nunca en mi vida pasé tanta vergüenza -susurró.
-Bienvenido a mi vida desde que volviste -le dije.
Y por primera vez desde que volvió, los dos nos largamos a reír. De verdad. Como antes.
Hasta que escuchamos a mi mamá desde abajo:
-¡Chicos! ¡Vengan que hice panqueques!
Nos miramos. Todavía a medio vestir. Todavía riéndonos.
-Vamos, Jones. A fingir que no nos conocemos.
-Otra vez.
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Editado: 28.08.2026