El Chico Que Debí Olvidar

Capitulo 8

ABRIL JONES.

Bajamos como pudimos. Yo con la cara lavada a las apuradas, él tratando de verse decente.

Mi mamá ya tenía la mesa servida. Panqueques, dulce de leche, jugo. Como si fuera un domingo feliz.

- ¡Siéntense, chicos! Duncan, vos acá al lado mío. Abril, servile jugo al chico, que es el dueño de casa ahora.

Duncan casi se ahoga.

-Todavía no, señora. Hasta el viernes no.

-Ay, qué educado -dijo mi mamá derritiéndose-. ¿Viste, Abril? No como los vagos con los que salías en la ciudad.

Pateé a Duncan por abajo de la mesa.

-Mamá, por favor.

-Es verdad. Este chico es trabajador, de buena familia, respetuoso. -Lo miró y suspiró-. Ojalá mi hija consiguiera un novio como vos, Duncan. Así me quedo tranquila de que no me la van a lastimar.

Silencio total.

Duncan me miró. Yo me quería meter abajo de la tierra.

-Señora, yo... -empezó él.

-Ninguna chica lo aguantaría, mamá -lo interrumpí rápido-. Tiene que tener un carácter muy especial.

-Yo creo que sí aguantaría -dijo él mirándome fijo, sin sonreír-. Si es la chica correcta, uno aguanta cualquier cosa.

Mi mamá aplaudió.

- ¡Viste lo que te digo! ¡Un poeta!

Yo le tiré dulce de leche en el pantalón "sin querer".

- ¡Ups!

- ¡Abril!

- ¡Fue sin querer, ma!

Duncan se limpió mirándome con ganas de matarme, pero con esa risa que se le escapaba.

-Está bien, señora. Me gustan... intensas.

(...)

Mi mamá se fue a atender el teléfono. Por fin solos en la cocina.

Duncan me arrinconó contra la mesada.

-¿Intensa yo? -le dije bajito.

-¿Sin querer, no? -me dijo mostrando su pantalón manchado-. Casi me dejas estéril con el jugo frío que me tiraste abajo de la mesa.

-Te lo merecés por hacerte el novio perfecto adelante de mi mamá.

-Estoy siendo perfecto. Tu mamá me ama. ¿Vos no?

-Yo te odio, ¿te acordás?

Se acercó un poquito más. Ya no se estaba riendo.

-Sí. Me acuerdo. Por eso me dejaste la marca de tus uñas anoche cuando te abrazaste a mí dormida.

Me quedé sin aire.

-Yo no...

-Sí. Acá -dijo y me mostró su antebrazo. Tenía tres marquitas chiquitas.

Justo en ese momento, mi mamá volvió.

- ¿Qué hacen tan juntitos?

Nos separamos de un salto.

- ¡Nada! ¡Le estaba enseñando cómo funciona la canilla! -dije.

- ¿La canilla?

-Sí, porque... porque dice que sale poca agua -inventó él, rojo hasta las orejas.

Mi mamá nos miró a los dos, raro. Por primera vez, con sospecha.

-Qué raro... pensé que ustedes dos no se conocían hasta ayer.

Y nos quedamos los dos helados, con la mentira a punto de caerse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.