El Chico Que Debí Olvidar

Capitulo 11

ABRIL JONES.

Entramos y mi mamá ya estaba sentada en la mesa. Con tres tazas de té. Como cuando éramos chicos y nos mandábamos una cagada.

-Siéntense -dijo. Seca.

Nos sentamos. Uno de cada lado. Como acusados.

-Voy a preguntar una sola vez. ¿Ustedes dos fueron novios?

Nos miramos. Ya no tenía sentido mentir.

-Sí -dije en voz bajita.

-Sí, señora -dijo Duncan.

Mi mamá cerró los ojos, como si le doliera.

-¿Cuándo?

-Hace tres años -contesté-. Antes de que me fuera a la ciudad.

-¿Tres años? -Me miró decepcionada-. Abril, vos llorabas todas las noches. Me dijiste que era por la facultad. Me mentiste en la cara durante tres años.

-Ma, yo no quería que te preocuparas...

-¿Y vos? -le apuntó a Duncan con el dedo-. ¿Vos sos el chico que me dejó a mi hija hecha pedazos? ¿El que no le contestó más los mensajes?

Duncan agachó la cabeza. No era más el dueño canchero de la casa. Era un nene de 21 años delante de la mamá de la chica que quiere.

-Sí, señora. Fui yo.

-Mírame cuando te hablo.

Duncan la miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

-Perdón, señora. Yo la quería de verdad. Pero fui un boludo. Un boludo celoso que le creyó a otro antes que a ella. Le juro que nunca quise lastimarla.

Mi mamá lo miró largo rato. Duro. Después suspiró. Porque las madres saben.

-Ay, chicos. Son tan chicos.

Se levantó y me abrazó a mí primero. Fuerte.

-Mi amor, ¿por qué no me contaste?

-Porque me daba vergüenza, ma. Pensé que me ibas a decir que te lo dije.

-Nunca te diría eso.

Después se acercó a Duncan y le hizo algo que no esperaba. Le agarró la cara con las dos manos.

-Vos. Si la querés, la querés bien. No a medias. ¿Me escuchaste? Si no, te saco a patadas de esta casa aunque tengas las escrituras en la mano.

Duncan se rió entre lágrimas.

-Sí, señora.

-Y ahora láveme los platos los dos. Que tengo que pensar qué le voy a decir a tu papá, Duncan. Porque si se entera que su hijo y la hija de la que le vendió la casa fueron novios, le da un infarto.

(...)

Nos quedamos lavando los platos juntos. Mi mamá se fue a su cuarto a propósito para dejarnos solos.

Yo lavaba, él secaba. Como viejos casados.

-¿Tu mamá me perdonó? -me susurró.

-No sé. ¿Vos me perdonaste a mí?

-¿Yo qué te tengo que perdonar?

-Por no haber peleado más por nosotros. Me fui y no volví.

Me quitó el plato de las manos. Me mojó toda.

-Ya está, Jones. Peleemos ahora.

-¿Ahora?

-Sí. Ahora. Quedate.

Lo miré.

-¿Quedarme dónde?

-Acá. En el pueblo. Conmigo. En esta casa. Que sigue siendo un poco tuya también.

El corazón me hacía pum pum pum tan fuerte que pensé que lo iba a escuchar.

-Duncan, yo tengo mi vida en la ciudad...

-Y yo tengo una casa gigante vacía que compré solo para no extrañarte tanto. Creo que vos ganás.

Me reí. Llorando.

-¿Esa es tu propuesta?

-No -dijo, y se arrodilló en la cocina llena de espuma, con un repasador en la mano-. Mi propuesta es: ¿querés ser mi novia de nuevo? Sin rumores, sin Leos, sin tu mamá espiando por la ventana... bueno, con tu mamá espiando un poco.

Miré por la ventana. Sí, mi mamá estaba espiando.

-Sí -dije-. Sí, quiero.

Y me besó. Ahí, en la cocina de mi vieja casa, con las manos mojadas y olor a detergente.

Como la primera vez. Pero mejor.

Porque esta vez nadie nos iba a separar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.