Desperté con tu nombre en la boca.
Pero no sabía quién eras.
El techo blanco del hospital fue lo primero que vi. Después el sonido constante de una máquina marcando mi pulso. Y luego… tú.
Estabas sentada junto a mi cama, sosteniendo mi mano como si temieras que desapareciera. Tenías los ojos hinchados, el cabello desordenado, y esa expresión que mezcla alivio con miedo.
—Gracias a Dios… —susurraste cuando abrí los ojos—. Pensé que no ibas a despertar.
Tu voz sonaba conocida. Demasiado conocida.
Pero en mi cabeza no había nada que la acompañara.
—¿Quién eres? —pregunté.
Sentí cómo tus dedos se tensaron alrededor de los míos.
No gritaste.
No lloraste.
Solo me miraste como si acabara de romper algo invisible entre los dos.
—Soy Sofía —dijiste con la voz temblando—. Soy tu novia.
La palabra cayó en la habitación como un objeto pesado.
Novia.
Intenté buscar recuerdos. Una cita. Un beso. Una discusión. Algo.
Pero era como revisar una casa después de un incendio: solo quedaban cenizas.
—Lo siento —murmuré.
Y no sabía por qué lo decía. Porque no te recordaba. Porque te dolía. O porque algo dentro de mí sabía que esto no era tan simple como un golpe en la cabeza.
El médico explicó lo básico: traumatismo leve, pérdida selectiva de memoria, posible recuperación gradual.
Selectiva.
Eso fue lo que me inquietó.
Recordaba a mi madre.
Recordaba mi número de teléfono.
Recordaba incluso el examen de matemáticas que había odiado la semana pasada.
Pero no a ti.
Cuando el médico salió, sacaste tu celular con manos temblorosas.
—Mira —dijiste.
Fotos.
Nosotros en la playa.
Nosotros riendo bajo la lluvia.
Nosotros abrazados en lo que parecía mi habitación.
En cada imagen yo te miraba como si fueras mi lugar seguro.
Y aun así… nada.
—Me pediste que nunca te dejara —susurraste—. Dijiste que si algún día te perdías, yo te encontraría.
Algo en mi pecho se movió. No fue un recuerdo. Fue una sensación. Como si mi cuerpo reaccionara antes que mi mente.
Te acercaste un poco más.
Y mi corazón empezó a latir demasiado rápido.
Eso me asustó más que el olvido.
Porque mi mente estaba vacía, pero mi cuerpo no.
Esa noche, cuando te fuiste, revisé mi teléfono.
Había cientos de mensajes tuyos.
“Te amo.”
“No me asustes así.”
“Prométeme que siempre seremos nosotros.”
Deslicé hacia arriba… hacia arriba… hasta llegar a los mensajes más recientes.
Uno enviado por mí.
Hace una semana.
"Sofía, tenemos que hablar. Ya no puedo seguir con esto."
Me quedé helado.
Seguir con qué.
Si te amaba… ¿por qué quería terminar?
Si quería terminar… ¿por qué mi corazón se acelera cuando te acercas?
Apagué el teléfono.
Y por primera vez desde que desperté, entendí algo:
No solo había perdido recuerdos.
Había perdido la verdad.
Y sospechaba que mi mente no me estaba protegiendo…
Me estaba escondiendo algo.