El Chico Que No Podía Existir

Capítulo 1: Fingiendo Libertad

Para todos aquellos que alguna vez nos sentimos excluidos por ser diferentes...
hasta la llegada de alguien capaz de mirar más allá de esa diferencia.

"No más de una hora"; fue lo que Gutiérrez me dijo antes de salir. Un minuto más y ya sabía lo que pasaría; sus promesas nunca eran falsas ni siquiera minimizadas. Él las cumplía al pie de la letra.
Tenía temor, claro que lo tenía, pero ya estaba acostumbrada. Ni siquiera las advertencias de Esther me dejaban claro dónde debía dejar el miedo escondido.

Cada día este iba desapareciendo; mi gran poder era la autonomía, el deseo de querer más, el abrir los ojos a una posible nueva idea, a la revelación de querer probar ese sabor a ambición; pero aún estaba en esa fase infantil, nueva, recién llegada al mundo exterior, aún no estaba preparada.

"¡No más de una hora!"; me repetían sus labios secos y delgados; él nunca se largaba de mi cabeza, su presencia me mortificaba.

-¡Ya lo sé!, ¡no es necesario que me lo repitas de nuevo! -le dije a mi mente horrorizada mientras golpeaba mi cabeza con fuerza.

-Tan solo quiero disfrutar de este momento, tal como siempre lo he hecho...

Miré el pasto, mis pies descalzos eran raspados por su ligero filo, nada de eso me incomodaba; no miré atrás, me dejé llevar. El suave viento soplaba y esa emoción cautivadora vino hasta mí. Esa cara sonriente que me pertenecía ante toda la angustia y soledad me llenó de libertad, una libertad falsa que me arrullaba desde el interior.

¿Esto o algo más grande?; me pregunté y mi respuesta simple fue: esto.

Pero no sabía si valía la pena... soportar tanto por tan poco, no sabía si era justo, nunca me lo pregunté, por ello la respuesta siempre era esa; la más tonta, la más ciega y la más inocente.

Miré por más de dos minutos la misma flor; sus pétalos eran suaves y la gota de lluvia del chubasco de antier aún estaba dentro de su interior. Arranqué un pedazo de hoja y formé con ella un telescopio pequeño; no lograba ver ni un bichito con él, pero qué buena creación había hecho, me consideraba toda una genio.
Después todo fue tan mágico, levanté mis manos y después mi cabeza, dirigiéndome al cielo, aquel donde no podía detenerme en bailar hasta cansarme.

Aquellos minutos se habían hecho eternos, completos para mí; el viento era mi amigo, las moras mis compañeras de juego, las hormigas las fabricantes de mi habitación privada; el dolor no existía allí, la soledad se había quedado atrás, el desprecio a un lado y el odio olvidado.

-¿Acaso puede haber algo mejor que esto? -pregunté.

-Claro que no -me respondieron.

-¡Libertad! -exclamé felizmente.

-¡Libertad! -exclamaron con fuerza.

Me recosté entre el pasto, miré al cielo y miré el agua cayendo desde arriba; mi rostro de felicidad desapareció.
Me iba a mojar de nuevo, yo la hubiera amado con todo mi ser, de no ser por el idiota de Gutiérrez, pero tan solo percibí miedo y odio por ella.
Corrí sin parar, sin escuchar mi respiración acelerada.

-¡Por aquí! -me dijeron y entré de nuevo a ese refugio cálido y nostálgico; "no más de una hora" se escuchaban las voces de mi cabeza.

Pero yo prefería estar allí antes que regresar al infierno.

-Nos quedaremos aquí, no temas... -escuché a lo lejos, y mis ojos se cerraban por el cansancio inexplicable que me invadió; el sonido de las gotas de agua cayendo al suelo aturdía mis oídos, ese dolor incómodo alterando mis nervios, mis manos en mis orejas debilitándose; me estaba desvaneciendo, los gritos, los gritos fueron lo último que escuché antes de quedar totalmente dormida.

-Renata... ¡Renata! -exclamó Esther-. Ya levántate, niña tonta, mira dónde estabas -dijo entonces mientras me levantaba, aún con sueño de ese mismo espacio donde mis ojos se habían abierto.

-Es que llueve de nuevo... -dije para excusarme de haber quedado allí dormida.

-¿Y por qué te quedas aquí y no vas dentro?

-No lo sé, odio estar encerrada -respondí mirando detrás de mí y alrededor del pequeño bosque.

-¿Y ahora a quién buscas?

-A nadie.

-Renata, ¿otra vez con eso? Esto no funcionara...

-Está bien, solo me escondí aquí porque no me dio tiempo de regresar y la lluvia ya me estaba alcanzando.

Esther me miraba con lástima; esas eran el tipo de miradas que más aborrecía, las que me veían como una extraña, un fenómeno de otro mundo, una criatura inusual que no debía estar allí, porque no era como ellos.

¿Por qué?
¿Por qué si no cometía ningún mal al mundo?
Tan solo era un poco diferente.

Un espacio en silencio, así era como se sentía mi presencia en aquel lugar.

-Lo siento, cariño, sabes que no puedo hacer nada para evitar tu castigo...

-No es como si antes lo intentaras -le dije dándole la espalda.

-Tenemos que irnos o se molestará más.

-Me quedare un rato más -la miré a los ojos-. Que valga la pena el dolor...

La mujer se dio vuelta y caminó hacia la mansión.
Me dejé caer sobre el pasto mientras mis manos rozaban sus hojas alargadas y filosas; una lágrima cayó sobre mi mejilla, se aproximaba el dolor y no quería que llegara, lo despreciaba.

Anhelé ser parte del pasto, que me llevara a su lado para siempre, que me arrullara como un bebé recién nacido en sus brazos de ternura.

Pero mis ojos cansados se abrieron al mundo y lloré a mis amigos que me observaban desde lo lejos de aquella sombra cubierta por las ramas de mi árbol favorito, esos pequeños, los traviesos quienes me protegían de ese mal, quienes nunca me dejaban sola, quienes me hablaban como un eco para guiarme en la desesperanza de mi corazón.

-Nunca podrán conceder mi deseo, ¿cierto?

-Sabes que no hacemos ese tipo de cosas -me respondió el hada Eira, quien brillaba como la primera vez que la vi cuando tenía siete años.

Su cabello parecía tener escarchas como estrellas en la noche y sus ojos azules parecían dos lunas destellantes que me decían hacia dónde tomar el rumbo de mi mente perdida.




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