Me levanté temprano por la mañana con grandes ansias de ver la luz del día, no la artificial, la real, esa que me daba el sol. Dentro de mi habitación no veía llegar al sol ni a la luna. El día y la noche no eran parte de mi vida cotidiana.
Veía la pared gris y el techo liso por horas, pero duraba tan poco. Mi vista se desvanecía y mis ojos se cerraban después de tomar el vaso de agua con gotas de Clonazepam que Esther me obligaba a ingerir hasta terminar. Dormir me resultaba satisfactorio, por el simple hecho de sentir que volaba y bailaba dentro de mis sueños, pero tan pronto como la monotonía me invadía, empezaba a detestar cerrar los ojos todo el día cuando había mejores cosas por hacer o ver afuera.
—¿crees que pronto pueda salir? —le preguntaba a Esther, quien pasaba la esponja sobre mis brazos para limpiarlos; su mirada me evadía, sabía que no estaba feliz de tener que atenderme.
—el doctor te dijo que el próximo lunes… —respondió con seriedad.
—¿y cuándo es el próximo lunes?
—no lo sé, no me preguntes a mí, solo me encargo de cuidarte —dijo mientras soltaba mi brazo con brusquedad y se levantaba para guardar el shampoo y la esponja.
—¿no puedes hacerlo tú?, me da miedo hablarle.
—¡hazlo tú!, no soy tu niñera ni tu madre —exclamó tirando la toalla al suelo mientras me miraba— terminalo tú, ya estás demasiado grandecita para poder limpiarte sola —dijo saliendo a prisas y cerrando la puerta.
Salí de la tina y toqué mi piel mojada y fría; la tipa amargada tenía razón, ya era bastante mayor para poder bañarme sola, tal vez la ayuda de una enfermera no era necesaria. Su presencia solo fastidiaba más mis días encerrada en esa jaula. Sequé cada gota de agua con la toalla y me puse una bata nueva. Mis senos se marcaban y sentí vergüenza; todo ese tiempo había sido tratada como una niña, pero tal parecía que ya no lo era más.
Aquel día desobedecí las órdenes; a fin de cuentas, qué no lo notarían si guardaba el secreto. Vacié la caja de pastillas en la taza del baño y sonreí por malicia. Sus regaños ya no me afectaban, ser una niña desobediente solo me daba felicidad.
Como era de esperarse, no dormí. Logré comprender por qué era tanta la insistencia de que las tomara; sin estas habría vuelto a mis ataques de ira por no ver ni un poco de luz natural. Fue tan aburrido que me senté sobre el suelo después de terminar mi desayuno, tocaba la pared y mis ojos se humedecieron; tenía el cuerpo de una adulta, pero mi cabeza era la de una niña.
—si sigues llorando terminarás con ataques, eso no es bueno, tómate las pastillas —me dijo el doctor entregándome un frasco de pastillas de Clonazepam. Saqué cuatro y las engullí sin un poco de agua— mañana es lunes, podrás salir, pero te lo advierto, ya no más…
—lo prometo —dije mientras cerraba los ojos y sentí los brazos del doctor cargarme hasta mi cama. Esa persona era tan incomprensible, tan extraña, ¿cuál era su propósito?
—¿el doctor tiene familia? —le pregunté a Esther.
—tengo entendido que sí, y también un hijo, pero es muy reservado y casi siempre evita hablar de ello —las tijeras se alinearon a mi frente y Esther cortó mi flequillo cuidadosamente. Mi cabello era delgado, pero brilloso; si este no tapaba mi rostro, mi esencia se desvanecía totalmente.
—entonces sí tiene corazón… —dije mientras me levantaba y me sacudía la cara con mis manos por los pequeños cabellos cortados. Me miré al espejo y sonreí; la luz de esa ventana alimentaba mi corazón, era como volver a la vida, y entonces una niña se reflejó en el espejo. Mi sonrisa desapareció al instante.
—ya nos tenemos que ir, ¿o no quieres ir afuera?
—¡sí quiero! —exclamé.
Y allí afuera desayunamos huevos revueltos con salsa de tomate, mi favorito. Parecía que me querían consentir, premiarme por ser una buena chica.
—no te vayas a atorar, mastica lento —me decía Esther mientras limpiaba mi rostro con un pañuelo.
—es que tengo hambre.
—es lógico, te la pasas durmiendo casi todo el día y despiertas con hambre.
—¿por qué me hicieron de comer huevos con salsa?
—porque el doctor sabe que te gusta.
—no siempre es bueno conmigo —la mujer me miró por un segundo y no quería soltar nada, pero yo no era tan tonta como creía. Sabía que todo aquel trato se debía a algo más, y finalmente entre tantas miradas lo dijo:
—el doctor ha visto mejorías… dice que ha notado menos comportamientos extraños contigo, no has relatado sucesos diferentes en tus bitácoras.
—¿crees que me voy a curar pronto?
—no lo sé, solo el doctor puede decir eso, pero es un gran cambio.
Modificaciones, engaños, todo se debía a mentiras, lo sabía perfectamente y el doctor se había distraído lo suficiente.
—piensa que de verdad desaparecimos —dijo entre risas la pequeña niña sentada en el piso junto a Esther.
—gracias, está muy bueno el desayuno.
—disfrútalo, y juega un rato aquí fuera, recuerda que solo una hora, y cuando regreses vamos a partir tu pastel de cumpleaños.
—¡es cierto!, hoy es mi cumpleaños —exclamé.
—sí, pero no comerás mucho pastel, ¿ya lo sabes, no?
Dulces, galletas, refrescos, todo aquello que llevara azúcar en exceso e incluso lo que llevara tan solo un poco; estaba prohibido ingerirlo. El azúcar solo empeoraba mi enfermedad.
—cuando termines iremos al consultorio para que actualices tu bitácora, porque a las ocho vendrá el doctor y partiremos tu pastel.
—entonces me apresuro para que podamos ir —dije comiendo a cucharazos los huevos revueltos y tomando agua del vaso que el doctor acostumbraba usar.
Tan pronto como terminamos el desayuno, corrí hasta el consultorio a pies descalzos y escribí mi diario como de costumbre.
Bitácora N.8
4 de mayo de 1974
Paciente - Renata Gonzales De Riviera