-¿Para eso han venido?, ¿para decirme que me tenía que salir de esta que había sido mi casa por tantos años?, no digan barbaridades, lárguense -exclamó Gutiérrez alterado.
-El director sabía que esto pasaría, Benedic, y por ello mismo nos había pedido que nosotros te lo dijéramos
-dijo el hombre de cabello castaño y con una altura bastante considerable en comparación del doctor.
-Pues que ni crea que voy a hacer lo que me pide, le he servido como sirviente por todos estos años, ¿y es de esta manera como me lo paga?
-No se trata de que seas un malagradecido, es que tu proyecto no estaba viendo resultados y los gastos eran mayores a lo estimado, la cosa no es si estás de acuerdo; tienes que desocupar la casa y mudarte al hospital de La Paz con tu equipo o vendrán directamente a hacerlo ellos mismos.
-¿La Paz?, ¿es esto una maldita broma? -gritó desesperado y enrojecido del rostro, a punto de tomar al hombre del cuello.
-Cálmese, doctor... esto no solucionará nada, cálmese -le dijo Esther.
-Dime, Carlos, ¿por qué La Paz? -preguntó mientras controlaba su respiración y se apoyaba de la pared, todo indicaba que a Gutiérrez no le gustaba la idea de irse al hospital La Paz, ¿acaso era tan malo?
-Es el más accesible, y ya tienes experiencia trabajando allí, se te va a facilitar -trató de explicarle como si de su padre se tratara, me sentí tan nerviosa ante aquella situación que mis manos se enfriaron y quise volver dentro de mi habitación.
-Esto no se quedará así, ese hijo de perra me las va a pagar, díganle que su chistecito no durará mucho -el hombre miró fijamente al doctor por tres segundos y despegó su mirada aproximándose a la puerta junto a sus otros compañeros.
-Doctor, ¿nos tendremos que ir? -preguntaron las enfermeras angustiadas.
-¿Acaso no escucharon o están sordas?, ¿están sordas o les falta cerebro?
-No, doctor, ya entendimos.
-Entonces lárguense a sus ocupaciones -exclamó aún alterado mientras se llevaba las manos a la frente, pero las enfermeras estaban confundidas y solo se quedaron paradas esperando que se calmara-. Bueno, ¿es que hablo en chino o qué?, ¡váyanse, déjenme solo! -el susto fue tan grande que salieron de la sala de estar a sus ocupaciones. Esther me tomó del brazo con brusquedad y me llevó a mi habitación. Me empujó con fuerza dentro y quedé confundida por su actitud.
-¿Qué pasa? -y sus manos me abofetearon como si hubiera guardado su odio por mí desde hacía tantos años.
-Tómate las pastillas para dormir y no despiertes hasta dentro de dos días, el doctor estará muy molesto contigo si te ve despierta -me llevé las manos a mi rostro y despejé mi cara del cabello desordenado por la fuerza del golpe.
-¿Por mi culpa nos iremos? -le pregunté mirando al suelo.
-No preguntes cosas que ya sabes, si tan solo te hubieras esforzado un poco nada de esto habría pasado.
-Lo siento.
-Cállate y haz lo que te digo -dijo saliendo de la habitación y cerrando la puerta con seguro desde fuera. Me recosté en mi cama y soplé mis manos heladas, pues mi habitación no solo no tenía ventanas ni luz natural, también era fría y angustiante.
El doctor me pidió que tomara dos grandes pastillas para poder dormir, pues mi energía estaba muy por encima de la de ellos, y dormirse mientras yo permanecía despierta solo habría causado un escape de mi parte y claro que lo hubiera intentado, pero también sabía que no eran tan tontos como para creerse mi promesa de que no lo intentaría.
-El que nos vayamos a trasladar a otro hospital no significa que dejarás tu tratamiento, las cosas seguirán igual, mañana platicaré bien contigo, ahora duerme -me decía mientras me tapaba con la sábana y acomodaba mis almohadas con sus manos.
-¿Usted trabajó en ese lugar antes? -le pregunté con los ojos entrecerrados.
-Duerme, mañana será un día cansado... -se dio vuelta y salió de mi habitación, cerré mis ojos por completo antes de pensar en la posible respuesta del doctor.
Tenía un sueño increíble, donde bailaba sobre la libertad y los pájaros cantaban a mis oídos tal como un arrullo. Mi corazón era feliz, allí no estaban ni el doctor, ni Esther ni ninguna de las enfermeras del hospital, éramos yo y mi mundo inigualable. El aire puro que soltaban los árboles lograba sanar mi mente confundida y medicada, el viento la purificaba. Mis ojeras desaparecían y el rojo de mis labios regresaba a su lugar. Cuánta felicidad, cuánto placer, cuántas mentiras. Pero yo amaba las mentiras, eran mi refugio, eran mi alivio. Y entonces imaginé un mundo nuevo, donde mi alma era libre entre el agua de las cascadas, entre las frutas de los árboles. Y todo mi espacio era de ese color verde como las hojas de los árboles, mágico como mi deseo de que todo eso fuera real. Y cuánto dolor me causaba, cuánta tristeza me daba. Que yo no tuviera ni un solo espacio allí, en ese lugar que tanto anhelaba encontrar. Mi corazón se marchitaba porque deseaba estar en ese lugar, pero no se le permitía.
Él no tenía ese permiso especial.
-Renata, ya es hora, levántate -me dijo Esther, abrí los ojos y ahí estaba de nuevo. Con esas mismas presencias que me dañaban.
-Es que aún tengo sueño... -le dije aún con los ojos entrecerrados.
-Ya casi vamos a llegar, levántate, ¿no pensarás que yo te tengo que cargar hasta tu nueva habitación o sí? -verdaderamente odiosa era aquella mujer, si tanto le molestaba atender pacientes locos, ¿entonces por qué estaba allí?
-Ya me levanto -dije mientras me sostenía entre la camilla y el interior del carro, las únicas dos veces que había viajado en auto fueron cuando tenía diez años, cuando casi me moría por neumonía y me tuvieron que llevar a un hospital distinto, y esta otra vez donde tuvimos que dejar mi viejo "hogar" por falta de avances en mi tratamiento.
Cuando el auto se detuvo me bajé tambaleándome y buscando un buen equilibrio entre mi cuerpo. Pero una vez fuera solo vi muchos árboles y una enorme mansión casi tan parecida a mi vieja morada, solo que mucho más grande. Caminamos tres metros para llegar hasta la entrada y una vez frente a ese tan grande edificio me aproximé a llegar a mi nueva habitación, ignorando los regaños de Esther y las miradas amenazantes de Gutiérrez. No era tan diferente a mi cuarto de "buena chica", pero al menos allí entraba un poco más la luz. Pensaba en pedirle permiso al doctor de poder poner flores naturales en un jarrón con agua e imágenes de árboles en las paredes. Un poco de vida a mi alrededor no me hubiera venido mal.