Daba gracias a Dios por haber mandado a aquellas personas a prohibirle más tiempo al doctor Benedit de quedarse en el viejo hospital. Gracias a ello estuve muy cerca de sentir algo parecido a la libertad que tanto pedía. Desde que había llegado al nuevo hospital sentía más autonomía, y mis enfermeras no estaban todo el día vigilándome, por otro lado mi médico enfermizo solía estar siempre encerrado en su despacho.
La señora Gertrudis desayunaba, comía y cenaba a mi lado junto a sus amigos, y ellos estuvieron de acuerdo en que no comiera lo mismo que ellos.
—Estás en crecimiento, niña, no creo que un poco de sal te haga mal, nosotros porque ya somos viejos —era lo que me decían mientras ingerían sus alimentos insípidos.
—Me gustan los hot dogs y las hamburguesas, ¿por qué no me dijeron que se podía pedir comida con sal? —les pregunté con la comida en la boca.
—Creímos que te habían dado comida con sal, tal vez se equivocaron, pero a como han cambiado las cosas, tal vez ya lo volvieron hacer como antes.
—Cierto, como ya ni preguntamos y dejamos que nos traigan la comida —dijo doña Gertrudis.
—Sí, el doctor me salvó, fue muy amable.
—Cierto, a mí siempre me talla la rodilla cuando le digo que me duele y pah, me ensarta una inyección para el dolor —pude imaginar la aguja dentro del hueso y mi cuerpo sintió un leve mareo.
Me levanté de la silla y pedí perdón por dejarlos solos, puede que su compañía siempre resultara consoladora, pero su apoyo para evitar que me enfermara a su lado no me ayudaba en mucho.
Caminé hasta la salida del comedor con la mano tapando mi boca, creí que vomitaría de inmediato y entonces sin darme cuenta me tropecé por accidente con una persona.
—Disculpe —le dije al hombre de edad avanzada que ni siquiera me puso atención.
—No te molestes en pedir disculpas, a veces ni sienten cuando uno les pasa encima del pie el zapato —dijo el doctor que me atendió aquel día.
—Hola… —dije apenada.
—Hola, ¿cómo has estado?
—Un poco mareada, aún no me adapto a la presencia de la gente —desvié la mirada hacia la salida, sabía que estaba diciendo más de lo que se me estaba permitiendo.
—Buenas tardes —dijo un chico que apenas y pude mirar de espaldas.
—Buenas tardes… —dije como de costumbre por el tiempo que llevaba allí y después de un silencio el doctor habló:
—¿Cómo era? —me preguntó el doctor.
—¿Qué?, ¿quién?
—La persona a la que le dijiste buenas tardes, yo no vi a nadie —me dijo firmemente y cerré los ojos de la vergüenza, no sabía ni dónde meter la cabeza.
—No te preocupes, no es la primera vez que alguno de mis pacientes saluda a personas que los demás no vemos, pero sí sentí curiosidad por saber cómo era.
—Solo era un chico con cabello rizado común, como el del otro día, digo no era el mismo, pero sí se parecían en el cabello y en las cejas pobladas —dije esforzándome por recordar la apariencia del muchacho.
—Entiendo… ¿nos vemos mañana?, podría ayudarte a llevar tu tratamiento, digo si estás de acuerdo —me dijo sonriente y asentí con la cabeza, y entonces el agradable doctor abrió la puerta y salió tan firme como aquella vez que nos vimos por primera vez.
Regresé a mi habitación para bañarme y cambiarme de ropa, pues deseaba encontrar a mis amigos del comedor para disfrutar del buen día junto a los árboles y los animales de su alrededor. Al salir y cerrar mi puerta con seguro solo me encontré con una mirada tenebrosa; se trataba del chico que el doctor no pudo ver, ¿qué era lo que quería?, lo ignoré como a cualquiera de los amigos imaginarios con los que me topaba.
—¿Qué te preguntó ese doctor? —dijo de repente con voz ronca.
—Me preguntó cómo te veías…
—Eso es una completa idiotez, cualquiera puede hacerlo —dijo entre susurros.
—Solo yo puedo, nadie más puede verte…
—¿Josué no te lo dijo?, ese doctorcito quiere disque ayudarme, pero solo ha logrado empeorar mi problema, miente diciéndome que pronto me voy a recuperar, pero es lo mismo —mi cabeza daba vueltas, nunca creí que las historias que mi mente creaba fueran tan complicadas como para dejarme sin palabras.
—¿Qué quieres de mí? —le pregunté por fin, exhalé lentamente y cerré los ojos, al no ver una sola respuesta de su parte me di vuelta y caminé hasta las escaleras abajo.
—Solo creí que podrías comprenderme ya que estás tan loca como yo. —me detuve un instante y un sentimiento confuso me hizo querer sentir lástima por él, ¿pero por qué?, si nadie lo había sentido por mí. De repente el chico me pareció tan pequeño, de repente solo era una persona como yo. Lo miré y simplemente me pareció la persona más triste del mundo.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté..
—Alex, ¿tú?
—Renata —el chico sonrió, me miró como nunca antes lo habían hecho, con una comprensión inigualable.
Al bajar al jardín pasé una buena tarde con mis amigos, y el chico que nadie podía ver me observaba desde lo lejos, sus ojos reflejaban ternura y melancolía, de pronto me recordó a mi eterna soledad. Cuánto hubiera deseado porque él fuera real para poder ser un par de amigos locos únicos en el mundo, como el ser las únicas personas vivas en la tierra, tal vez los únicos cuerdos.
—¿Te gusta el aire libre? —me preguntó de repente y salté del susto pues ni su presencia había sentido, bajé la cabeza y asentí con la cabeza.
—¿Te da pena hablar en público?
—Nadie más puede verte, si me ven hablando con alguien pensarán lo mismo que mi doctor, que estoy loca…
—Entiendo, también piensan eso de mí. ¿Te gustaría platicar en un lugar donde nadie vea?
—Claro —caminamos por detrás del hospital, allí donde no había nada más que árboles enormes dándonos sombra en aquella tarde soleada, me senté sobre una pequeña bardilla.
—¿Alguna vez te preguntaste por qué a nosotros y no a los demás?
—Muchas veces —respondió entre risas— odio verlos reírse, ser felices, tener una vida normal y sin sufrir, mientras yo no lo soy, es una clase de envidia, es como desear tener su vida.