El aire en el piso 40 de la Torre Cúpula siempre olía a lo mismo: ozono, cera cara para el suelo y el trasfondo estéril del aire acondicionado. Aris odiaba los espacios demasiado filtrados; embotaban sus sentidos. Como jefa de seguridad de la corporación, su trabajo consistía en anticipar el caos antes de que ocurriera, y para un Alfa, gran parte de esa anticipación se basaba en el olfato.
Se ajustó el guante de cuero negro, manteniendo la espalda recta mientras vigilaba la gran gala benéfica desde la barandilla del entrepiso. Abajo, la élite de la ciudad se movía entre copas de champán. El ambiente estaba saturado de feromonas de Betas pretenciosos y Alfas de negocios que intentaban inflar el pecho de manera invisible. Aburrido. Predecible.
Hasta que una nota rompió la monotonía.
No fue un sonido, aunque el piano de cola en el centro del salón comenzó a sonar en ese mismo instante. Fue un aroma.
Aris se tensó, aferrándose al pasamanos de acero. A través del filtro del aire, una ráfaga sutil pero increíblemente nítida la golpeó directamente en el pecho: té negro, bergamota y un toque húmedo de lluvia de verano. Era un aroma limpio, pero con una corriente subterránea de calidez que encendió una chispa inmediata en su glándula Alfa, alojada en su cuello. Su instinto territorial dio un vuelco defensivo.
Bajó la mirada hacia el escenario.
Sentado frente al piano de cola estaba él. El programa de la gala lo listaba como el solista invitado: Liam. Llevaba una camisa de seda gris perla que caía suavemente sobre sus hombros, notablemente más estrechos que los de un Alfa, pero con una postura que carecía por completo de la sumisión que la sociedad solía imponer a los de su casta. Sus dedos largos y pálidos se movían con una violencia elegante sobre las teclas, arrancando una melodía que parecía una tormenta contenida.
—Un Omega masculino —murmuró una voz a la espalda de Aris. Era uno de sus subalternos, un Beta que revisaba una tableta—. Los organizadores insistieron en traerlo de la capital. Dicen que es un prodigio, aunque es un riesgo traer a un Omega sin marcar a un evento lleno de Alfas de la junta directiva.
—No está en celo —dijo Aris. Su voz salió un tono más baja de lo habitual, un sutil registro Alfa que hizo que el Beta diera un paso atrás por puro instinto—. Sus supresores son de grado médico. Están funcionando.
Pero para Aris, no lo suficiente. Su olfato, entrenado para detectar anomalías, había desglosado el aroma de Liam a través de las capas de inhibidores químicos. Era delicioso. Era magnético. Y, sobre todo, estaba teñido de algo más: estrés.
Liam no estaba disfrutando el concierto. Tocaba con los ojos cerrados, pero la tensión en su mandíbula y el ligero temblor en las notas más altas delataban que se sentía acorralado por las docenas de miradas depredadoras que lo evaluaban desde las mesas.
Abajo, en la primera fila, el director ejecutivo de la firma aliada —un Alfa propenso a los excesos— se inclinó hacia adelante, liberando deliberadamente una ráfaga de su aroma rancio a tabaco y roble oxidado. Un intento patético de intimidación y cortejo forzado.
Aris vio cómo Liam fallaba sutilmente en un acorde. Sus hombros se tensaron. El aroma a té negro abajo se volvió ligeramente agrio. Miedo. Incomodidad.
Una oleada de calor puramente posesivo subió por la columna de Aris. Sin pensarlo, bajó las escaleras del entrepiso a paso firme, apartando a los invitados sin tocarlos, simplemente abriendo espacio con su sola presencia. Su uniforme táctico negro y su porte militar contrastaban drásticamente con los vestidos de noche, pero nadie se atrevía a cruzarse en el camino de una Alfa de su calibre.
El piano emitió su última nota, una vibración larga que quedó suspendida en el aire. Los aplausos estallaron, corteses pero distantes.
Liam se levantó de inmediato, haciendo una reverencia rápida. Tenía la respiración ligeramente agitada. Mientras se giraba para retirarse hacia los camerinos privados detrás del escenario, el director ejecutivo Alfa se levantó de su asiento, bloqueándole el paso con una sonrisa condescendiente.
—Excelente ejecución, muchacho. Aunque un Omega tan fino no debería desgastarse los dedos de esa manera. Déjame invitarte una copa en la zona VIP y...
—No bebo durante las funciones, señor —respondió Liam. Su voz era suave, pero firme. Intentó rodearlo, pero el hombre le puso una mano pesada en el hombro.
—Vamos, no seas tímido. Tu mánager me dijo que estabas buscando patrocinadores para tu gira...
El aroma a té agrio de Liam se intensificó. Estaba a punto de reaccionar, sus ojos fijos en la mano sobre su hombro con una mezcla de orgullo herido y pánico biológico.
Antes de que el Alfa mayor pudiera cerrar el agarre, una mano enguantada en cuero negro se interpusió, sujetando la muñeca del director con una fuerza que hizo crujir los huesos de forma imperceptible.
—El señor Liam tiene una agenda estricta de descanso post-concierto, caballero —declaró Aris.
El director se giró, furioso, pero sus ojos se abrieron de par en par al encontrarse con la mirada gris y gélida de Aris. Ella no usó la Voz, no era necesario en público, pero liberó una presión sutil de su propio aroma: madera quemada y ceniza. Una advertencia silenciosa y letal de que estaba invadiendo territorio protegido.
El hombre tragó saliva, retirando la mano como si se hubiera quemado.
—Seguridad... claro. Solo era un cumplido —masculló el Alfa, retrocediendo hacia la multitud.
Aris no le prestó más atención. Se giró lentamente hacia Liam.
De cerca, el Omega era aún más impactante. Sus ojos, oscuros y brillantes, estaban fijos en ella. No la miraba con la sumisión desvalida que Aris estaba acostumbrada a ver en otros Omegas; la miraba con desconfianza, analizando la situación, evaluando si ella era una salvadora o simplemente un peligro más grande.