El pasillo trasero que conducía a los camerinos privados era largo, iluminado por luces LED blancas y frías que reflejaban el suelo de linóleo gris. El bullicio de la gala benéfica se fue apagando detrás de ellos, reemplazado por el zumbido sordo de los generadores de la Torre Cúpula.
Aris caminaba un paso por delante, manteniendo una postura estrictamente profesional, pero todos sus sentidos estaban volcados hacia atrás. Podía escuchar el roce sutil de la seda de la camisa de Liam contra su piel y, sobre todo, podía olerlo. El aroma a té negro y bergamota se había estabilizado tras el altercado en el salón, pero ahora dejaba un rastro denso y magnético en el aire cerrado del pasillo.
Liam la seguía en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada pero los ojos fijos en la espalda de la Alfa. Su mirada escaneaba la chaqueta táctica de Aris, los hombros anchos y la musculatura tensa que se adivinaba bajo la tela negra. Había algo profundamente desconcertante en ella. La mayoría de las Alfas que había conocido en la industria musical eran ruidosas, arrogantes y usaban sus feromonas como un mazo para imponer respeto. Aris, en cambio, era como un depredador silencioso; su poder no necesitaba anunciarse a gritos, se sentía en la gravedad que ejercía a su alrededor.
Llegaron a la puerta del camerino asignado. Aris pasó su tarjeta de seguridad por el escáner y la puerta se abrió con un sigo electrónico.
—Está seguro aquí, señor Liam —dijo Aris, girándose para mirarlo cara a cara. Mantuvo las manos apoyadas en su cinturón táctico, un gesto que pretendía ser neutral pero que acentuaba su posición de autoridad—. Mi equipo vigilará los accesos. Nadie que usted no autorice volverá a acercarse a su espacio.
Liam entró al camerino, pero no se alejó. Se dio la vuelta de inmediato, quedando a escasos centímetros de ella. La diferencia de altura no era exagerada, pero la imponente presencia física de Aris lo hacía sentir extrañamente pequeño, una sensación que por lo general detestaba, pero que ahora enviaba un escalofrío ambiguo por su columna.
—Gracias —dijo Liam, cruzando los brazos sobre el pecho. Sus dedos se clavaron ligeramente en la seda de sus mangas—. Aunque insisto en que no era necesario que me arrastrara fuera del salón como si fuera un trofeo indefenso. Sé cómo lidiar con Alfas idiotas.
Aris arqueó una ceja. Una chispa de diversión brilló en sus ojos grises.
—No lo dudé ni por un segundo. Vi cómo se preparaba para romperle los dedos antes de que yo interviniera. Pero como jefa de seguridad, un altercado físico entre un artista invitado y un miembro de la junta directiva habría arruinado mis métricas de la semana. Considérelo egoísmo profesional.
Liam parpadeó, sorprendido. No esperaba que una Alfa tuviera ese tipo de humor seco y directo. Una sutil sonrisa, casi imperceptible, curvó la comisura de sus labios. El aroma a té negro en la habitación se volvió un poco más dulce, perdiendo el rastro de acidez que le quedaba. Interés. Curiosidad.
—Egoísmo profesional. Ya veo —murmuró Liam, dando un paso hacia atrás, rompiendo la intensa cercanía física pero manteniendo el contacto visual—. ¿Siempre es así de pragmática, comandante?
Antes de que Aris pudiera responder, un parpadeo violento en las luces del techo los interrumpió. Los paneles LED blancos se apagaron por completo durante dos segundos exactos, sumiendo el camerino en una penumbra total, antes de encenderse de nuevo en un tono rojo opaco.
Al mismo tiempo, un crujido metálico resonó en las paredes de la torre, seguido por el sonido pesado de compuertas hidráulicas activándose a lo lejos.
Clank. Clank. Clank.
Aris reaccionó por puro instinto. Dio un paso hacia adelante, interponiéndose entre Liam y la puerta, mientras su mano derecha caía directamente sobre la culata de su arma reglamentaria. Sus fosas nasales se dilataron, buscando cualquier olor a humo o quemado, pero el aire solo traía el olor a ozono electrificado de los sistemas de ventilación.
La tableta táctil en su cinturón comenzó a vibrar con una alarma de alta prioridad. Aris la sacó con rapidez, sus ojos escaneando los códigos que parpadeaban en la pantalla.
—¿Qué está pasando? —preguntó Liam. Su voz había perdido la ironía y el aroma a té negro volvió a teñirse de una sutil nota de ansiedad.
—El sistema central de la torre acaba de entrar en protocolo de contención atmosférica —dijo Aris, sin levantar la vista de la pantalla, sus dedos moviéndose a toda velocidad—. Hubo un impacto de rayo de alta polaridad en la subestación del sótano. Ha frito los filtros de aire principales y el sistema de extinción de incendios por gas se ha activado por error en los pisos inferiores.
—¿Eso qué significa?
Aris levantó la mirada, fija en los ojos oscuros de Liam. Su expresión era de una seriedad absoluta.
—Significa que la Torre Cúpula se ha sellado herméticamente. Las persianas blindadas exteriores están abajo, los ascensores están bloqueados y los pasillos de evacuación están cerrados para evitar la propagación de gases. Estamos atrapados en este piso.
Liam soltó una risa nerviosa, mirando hacia el techo rojo.
—Bueno... supongo que los Betas del servicio técnico lo arreglarán en unos minutos, ¿no?
—El reinicio manual de la cúpula requiere un código físico desde el búnker de la planta baja. Con las líneas de comunicación internas caídas por el pulso electromagnético, tardarán al menos tres o cuatro horas en llegar hasta aquí arriba para abrir las puertas —Aris guardó la tableta y fijó sus ojos grises en él—. Señor Liam, usted y yo vamos a pasar mucho tiempo a solas en este camerino.
Liam tragó saliva de forma visible. La idea de estar encerrado no le gustaba, pero lo que realmente hizo que su pulso se acelerara fue otra implicación biológica que Aris, como Alfa, detectó de inmediato.
Con el sistema de ventilación de la torre apagado y el aire comenzando a estancarse, los aromas ya no se filtraban. El ambiente del camerino empezó a calentarse gradualmente.