El Ciclo Y La CÚpula

Capítulo 3: Rompiendo el hielo

El sonido del pestillo electrónico bloqueándose con un doble clic metálico retumbó en las paredes del camerino. El aire, privado del flujo constante del aire acondicionado, comenzó a entibiarse con rapidez, atrapando la humedad y densificando el ambiente.

Liam dio un paso hacia atrás, topando directamente con el borde del tocador iluminado por bombillas opacas. La luz roja de emergencia bañaba el perfil de Aris, haciéndola lucir aún más imponente y recortando su silueta oscura contra la puerta sellada.

—Tres o cuatro horas... —mutó Liam, pasando una mano por su cabello castaño, visiblemente perturbado—. Esto tiene que ser una broma. Tengo un vuelo programado para mañana temprano y...

—Señor Liam, alterarse solo va a acelerar su metabolismo —lo interrumpió Aris. Su voz se mantuvo en un registro bajo, una orden implícita de calma que buscaba apaciguar el pánico del Omega—. Y en este momento, lo último que necesitamos es que su temperatura corporal siga subiendo.

Liam la miró con fijeza, entrecerrando los ojos. El orgullo del Omega masculino, tantas veces cuestionado por una sociedad que esperaba que fuera dócil, se encendió de inmediato.

—Sé perfectamente cómo controlar mi cuerpo, comandante. No necesito que me dicte un manual de supervivencia biológica.

—No dudo de su autocontrol —respondió Aris, dando un paso al frente con una parsimonia calculada. Se quitó el segundo guante de cuero, revelando una mano firme, de dedos largos y cicatrices sutiles en los nudillos—. Pero la biología no entiende de orgullo. Mire su cuello.

Liam bajó la vista hacia el gran espejo del tocador. Debido al calor naciente y a la descarga de adrenalina por el encierro, el parche inhibidor termoadhesivo que llevaba justo sobre la glándula de su cuello comenzaba a despegarse por los bordes debido al sudor ligero. El aroma a té negro y bergamota ya no era un rastro sutil; estaba brotando en ráfagas concéntricas, llenando las esquinas de la habitación.

Aris sintió un tirón violento en lo más profundo de su pecho. Sus instintos de Alfa reaccionaron ante la señal de un Omega alterado en un espacio cerrado: su mandíbula se tensó y sus propias feromonas de madera quemada y ceniza se espesaron en respuesta, buscando instintivamente envolver y calmar el aroma de él.

El choque de ambos aromas en el aire estancado fue casi físico. Liam sintió un escalofrío que le recorrió las piernas. El olor de Aris era abrumador, pero no de una manera que lo hiciera querer huir; era una fragancia ahumada, pesada, que prometía una estabilidad absoluta en medio del caos. Sus rodillas flaquearon un milímetro, una reacción involuntaria de su casta que lo enfureció consigo mismo.

—Aléjese —pidió Liam, clavando las manos en el borde del tocador para mantener la postura—. Su aroma... está presionando.

Aris se detuvo de inmediato, levantando las manos desnudas en un gesto de capitulación.

—Lo lamento. Es una reacción refleja. Mi instinto está intentando neutralizar su estrés, pero sé que para un Omega puede sentirse como una imposición. Voy a mantener la distancia.

Se retiró hacia el extremo opuesto del camerino, sentándose en un sofá de cuero negro con los brazos apoyados en las rodillas. El gesto de caballerosidad y el respeto absoluto a su espacio personal tomaron a Liam por sorpresa. La mayoría de los Alfas habrían aprovechado la vulnerabilidad del encierro para inflar su ego territorial; Aris, en cambio, se estaba encogiendo deliberadamente para darle aire.

El silencio se instaló entre ellos, roto solo por el goteo lejano de alguna tubería y los latidos acelerados que ambos intentaban ocultar.

Liam se desabrochó los dos primeros botones de la camisa de seda, buscando desesperadamente alivio contra el calor. El movimiento dejó al descubierto la línea clavicular y la piel pálida de su cuello, donde la glándula latía con fuerza. Aris apartó la mirada de inmediato, fijándola en el suelo, respetando el pudor del Omega.

—¿Siempre es así? —preguntó Liam al cabo de unos minutos, rompiendo el hielo. Su voz ya no tenía la rigidez de antes; el tono ahumado de Aris finalmente había logrado estabilizar su pulso.

Aris levantó los ojos grises hacia él.

—¿Así cómo?

—Tan... controlada. Como si tuviera un interruptor para apagar lo que su Alfa le dicta.

Aris esbozó una sonrisa de medio lado, una expresión que suavizó drásticamente sus facciones duras.

—No hay ningún interruptor, señor Liam. Se llama entrenamiento. En mi línea de trabajo, un Alfa que se deja gobernar por sus instintos es un peligro para su equipo y un blanco fácil para el enemigo. El autocontrol no es opcional; es lo que me mantiene viva.

Liam la observó con fascinación contenida. Se separó del tocador y, con paso lento pero decidido, caminó hacia la mesa de centro que los separaba, sentándose en una silla individual frente a ella.

—Entonces, ¿lo que pasó abajo en el salón fue entrenamiento? —inquirió él, apoyando la barbilla en la mano, sus ojos oscuros fijos en ella con una mezcla de desafío y genuina curiosidad—. El director ejecutivo de la junta es un hombre poderoso. Le rompió el agarre sin parpadear.

—Eso no fue entrenamiento —admitió Aris, y por primera vez, su voz adquirió un matiz más denso, una vibración baja que resonó directamente en el estómago de Liam—. Eso fue un recordatorio. Hay Alfas que olvidan que su fuerza es para proteger, no para acorralar a quienes consideran más débiles. Y francamente... su aroma a té negro me pareció demasiado limpio como para dejar que ese imbécil lo ensuciara con su tabaco.

El cumplido, directo y desprovisto de doble sentido, hizo que las mejillas de Liam se tiñeran de un sutil color carmín. Su aroma dio un vuelco repentino: la bergamota se volvió más brillante, liberando una nota floral y dulce que delató su agrado ante las palabras de la Alfa.

Aris inhaló profundamente de forma involuntaria, sus ojos grises oscureciéndose un tono al captar el cambio en el aire. La tensión en la habitación ya no era de miedo o peligro exterior; se había transformado en un magnetismo silencioso, una corriente eléctrica que tiraba de ambos hacia el centro de la habitación.




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