El Ciclo Y La CÚpula

Capítulo 5: El primer roce

El crujido estático en los conductos de ventilación murió tan rápido como había empezado, dejando tras de sí un silencio sepulcral y un calor aún más sofocante. La luz roja de emergencia proyectaba sombras largas en las esquinas, reduciendo el mundo entero a los pocos metros cuadrados de ese camerino.

Aris no se movió de la pared. Mantenía los brazos cruzados, pero bajo la tela de su uniforme, cada músculo estaba en tensión máxima. La proximidad de Liam —ahora a menos de un metro de distancia— desafiaba cada una de las barreras de su entrenamiento. El aroma a té negro y bergamota del Omega, desprovisto de cualquier inhibidor químico, se colaba por sus fosas nasales, directo a su sistema nervioso, encendiendo un zumbido posesivo en sus oídos.

Liam, por su parte, dio un paso más. El calor en el ambiente hacía que la seda gris de su camisa se adhiriera ligeramente a su pecho. Sentía la piel del cuello expuesta y sensible, y la glándula latía con una cadencia pesada que acompasaba sus latidos.

—Dijo que su instinto busca proteger —habló Liam, con la voz apenas superior a un susurro, rompiendo la distancia que quedaba entre ambos—. ¿Y qué pasa cuando la protección no es suficiente? ¿Qué pasa cuando el aire quema tanto que se vuelve insoportable?

—Liam... —la voz de Aris sonó como un aviso sordo, una advertencia de que estaba llegando al límite de su resistencia—. No tientes a la suerte. Sigo siendo una Alfa.

—Lo sé —respondió él, plantándose justo frente a ella. Levantó la mirada, sosteniendo el gris gélido de los ojos de la comandante con una audacia magnética—. Pero no tengo miedo de ti.

Esa frase destruyó el último remanente de distancia protocolaria.

Aris bajó los brazos y, con una velocidad que hizo que Liam contuviera el aliento, redujo el espacio a cero. No lo acorraló, pero su presencia física lo envolvió por completo. La mano desbocada de Aris, libre de cuero, subió lentamente, deteniéndose a un milímetro de la mejilla de Liam. Podía sentir el calor irradiando de la piel del Omega.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó Aris, dándole una última oportunidad de retroceder. Su respiración, cargada de feromonas de madera quemada y ceniza, golpeó los labios de Liam.

En respuesta, Liam acortó el milímetro restante. Inclinó la cabeza hacia un lado y buscó activamente la palma de la mano de Aris, apoyando su mejilla contra ella. Un suspiro de absoluto alivio escapó de sus labios cuando el contacto físico se materializó. La piel de Aris, ligeramente callosa y firme, era el ancla perfecta que su cuerpo Omega estaba pidiendo a gritos.

Un escalofrío biológico recorrió a ambos. Al contacto con la Alfa, el aroma de Liam liberó una nota floral intensamente dulce, una señal de aceptación pura que hizo que Aris soltara un gruñido bajo, una vibración profunda que resonó en el pecho de Liam.

—Tus manos están frías —murmuró Liam, cerrando los ojos por un segundo, disfrutando del contraste térmico contra su piel febril.

—Es el linóleo de la pared —respondió ella, pero sus dedos no se quedaron estáticos. Con una lentitud exasperante y posesiva, el pulgar de Aris delineó el pómulo de Liam, bajando por la línea de su mandíbula hasta llegar a la base de su oreja.

Liam tembló de manera casi imperceptible cuando los dedos de la Alfa rozaron los bordes de su glándula expuesta. El instinto de Aris presionó con fuerza: quería morder, quería marcar ese cuello para que todo el rascacielos supiera a quién le pertenecía ese aroma a té y bergamota. Pero se contuvo, forzando a sus dedos a ser suaves, un mero reconocimiento del territorio en lugar de una conquista.

La otra mano de Aris se posó con firmeza en la cintura de Liam, atrayéndolo un centímetro más hacia ella. La seda de la camisa del Omega resbaló bajo el tacto de la Alfa, y Liam apoyó las manos en los hombros de Aris para no perder el equilibrio. La tela táctica era rígida, pero el cuerpo debajo era puro fuego.

—Esto no es por el encierro —dijo Liam, abriendo los ojos, fijos en los de ella con una intensidad desenfrenada—. No me importa el protocolo.

Aris inclinó el rostro, deteniéndose a milímetros de su boca. El aroma de ambos se había fusionado en el aire, creando una atmósfera densa, embriagadora y completamente ajena al resto del mundo exterior.

—A mí tampoco —sentenció Aris.

El primer roce formal de sus labios no fue un beso salvaje, sino un encuentro cargado de una tensión contenida y hambrienta. Los labios de Aris eran firmes, presionando con una posesividad que hizo que Liam soltara un gemido ahogado contra su boca. Él respondió abriendo los labios, permitiendo que la Alfa tomara el control del ritmo, mientras sus dedos se enredaban con fuerza en el cabello corto de Aris, atrayéndola aún más hacia sí.

La biología del Omegaverse operaba en un nivel subconsciente, pero lo que estaba ocurriendo entre ellos iba más allá de las castas. Era el choque de dos voluntades fuertes que finalmente encontraban un espacio donde deponer las armas y entregarse por completo.

Cuando Aris se separó apenas unos milímetros para recuperar el aliento, sus ojos grises brillaban con una fijeza peligrosa. La respiración de Liam era errática y sus labios lucían encendidos y húmedos bajo la luz roja.

—Esto es solo el principio, Liam —advirtió Aris, con la voz rota por el esfuerzo de no arrastrarlo hacia el sofá en ese mismo instante—. El aire se va a poner más caliente.

Liam sonrió de medio lado, una expresión cargada de desafío que encendió de inmediato la chispa Alfa de Aris.

—Entonces asegúrate de no soltarme, comandante.

Afuera, en los pasillos de la Torre Cúpula, las luces rojas parpadearon dos veces, señalando que la primera hora de contención había comenzado oficialmente. Y dentro del camerino, la temperatura continuaba subiendo.




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