El Ciclo Y La CÚpula

Capítulo 6: El pre-celo

El sabor de ese primer beso quedó suspendido en el aire caliente del camerino, pero la tregua biológica duró poco. Al separarse, el pecho de Liam subía y bajó con brusquedad. El sutil alivio que había sentido al tocar a Aris comenzó a transformarse en algo mucho más profundo, pesado y exigente: el pre-celo.

Para un Omega masculino, el pre-celo no era una transición suave. Era una fiebre súbita que nublaba los sentidos y enviaba señales de alarma a cada terminación nerviosa.

Liam se llevó una mano al pecho, sintiendo sus propios latidos golpear contra sus costillas. Sus ojos, fijos en Aris, se veían ligeramente desenfocados. El aroma a té negro que desprendía ya no era solo dulce; ahora tenía un rastro espeso, casi almizclado, una llamada abierta que saturaba el espacio cerrado.

—Liam —Aris dio un paso atrás, forzándose a romper el contacto físico aunque cada fibra de su ser Alfa le gritaba que lo envolviera entre sus brazos—. Tu ciclo. Se está adelantando.

—No... todavía faltaban dos semanas —masculló Liam, apretando los dientes mientras un escalofrío interno lo hacía estremecerse. Se apoyó pesadamente contra el tocador, tirando sin querer un par de pinceles de maquillaje que tintinearon contra el suelo—. Son los supresores... el fallo del aire acondicionado y tu... tu aroma. Maldita sea.

Aris maldijo entre dientes. Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. En el Omegaverse, la cercanía forzada con un Alfa compatible en un espacio sin ventilación podía actuar como un catalizador hormonal destructivo. El cuerpo de Liam había reconocido el aroma a madera quemada y ceniza de Aris como la contraparte perfecta, y su biología había decidido saltarse el calendario.

—Mírame, Liam —ordenó Aris, usando un tono firme pero impregnado de una profunda preocupación. No usó la Voz de Alfa para doblegarlo, sino para darle un punto de apoyo en medio de la neblina hormonal—. Necesito que te concentres. ¿Tienes más supresores en tus pertenencias? ¿Inyectables? ¿Bloqueadores de emergencia?

Liam negó con la cabeza, con los ojos cerrados mientras intentaba respirar el aire cada vez más denso.

—Solo... solo los parches que traía puestos. El resto está en el hotel.

La situación se estaba volviendo crítica. Quedaban al menos dos horas y media antes de que los equipos técnicos pudieran abrir las compuertas de la Torre Cúpula desde el exterior. Dos horas y media atrapados con un Omega entrando en celo era una prueba de resistencia que la mayoría de los Alfas fracasaría en los primeros diez minutos.

Aris caminó hacia la puerta blindada y presionó el intercomunicador de emergencia. Solo obtuvo estática a cambio. El pulso electromagnético del rayo había aislado por completo el sector privado. Estaban solos.

Cuando se giró, vio que Liam se había deslizado por el borde del tocador hasta quedar sentado en el suelo. Se había desabrochado un botón más de la camisa de seda, y su piel pálida estaba cubierta por una fina capa de sudor brillante. Su aroma a bergamota y té se expandía en oleadas concéntricas, tan potentes que Aris sintió que sus propias glándulas Alfa en el cuello empezaban a pulsar con un calor doloroso.

La mandíbula de Aris se tensó y sus garras presionaron con fuerza las palmas de sus manos desnudas. El instinto territorial de reclamar a la pareja que la biología le estaba poniendo en bandeja comenzó a martillarle la cabeza. Acércate. Tómalo. Márcalo.

—Aris... —el susurro de Liam rompió el monólogo interno de la Alfa. El Omega la miraba desde el suelo, con las mejillas encendidas por la fiebre naciente. Estaba luchando con todas sus fuerzas por mantener la lucidez, pero sus ojos oscuros brillaban con una necesidad animal que lo asustaba—. Huele... apestas a Alfa. No te acerques... pero no te vayas. No me dejes solo.

El dilema de Liam estaba en su punto más álgido: su mente temía la sumisión del celo, pero su cuerpo exigía la presencia protectora de la única Alfa en la que confiaba.

Aris exhaló un suspiro pesado, tomando una decisión. Se desabrochó la pesada chaqueta táctica de seguridad, quedándose solo con una camiseta de tirantes negra que dejaba al descubierto sus brazos esculpidos y las cicatrices de sus misiones. Dejó la chaqueta a un lado y, con pasos extremadamente lentos para no activar el instinto de huida de Liam, se arrodilló en el suelo, a un metro de él.

—No voy a irme a ninguna parte, Liam —dijo Aris, con la voz volviéndose peligrosamente baja y ronca por el esfuerzo de contención—. Pero el pre-celo ya empezó. Tu cuerpo va a empezar a pedir un nido y protección. Si me dejas acercarme, te ayudaré a pasarlo sin perder el control. Pero tienes que decírmelo tú.

Liam la miró a través de sus pestañas húmedas. La visión de la Alfa desarmada, mostrando su vulnerabilidad física pero manteniendo esa aura inquebrantable de protección, terminó de romper sus últimas defensas racionales.

—Ven —pidió Liam, extendiendo una mano temblorosa hacia ella.

El pre-celo había tomado el control, y la verdadera prueba de fuego para el autocontrol de Aris acababa de comenzar.




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