El pestillo manual crujió al encajar, sellando el camerino una vez más, pero el aura de violencia que Aris había desplegado en el pasillo no se evaporó de inmediato. Sus hombros seguían rígidos y sus pupilas, completamente dilatadas, tardaron unos segundos en enfocar la figura de Liam en el suelo. El aroma a humo y ceniza de la Alfa seguía flotando en el aire como una advertencia para el mundo exterior.
Sin embargo, al ver a Liam, el instinto de agresión de Aris mutó instantáneamente en algo protector, posesivo y desesperado.
Liam estaba temblando. El pre-celo había avanzado con una velocidad alarmante debido al susto de la interrupción. Sus manos arañaban débilmente las esquinas de su propia chaqueta de gala, que descansaba sobre una silla, y sus ojos oscuros buscaban a Aris con una fijeza casi febril.
—Aris... —el nombre del Omega fue un quejido bajo, una súplica que derribó las últimas barreras de la comandante.
Ella cruzó la habitación en tres zancadas y se arrodilló a su lado. Antes de que pudiera decir nada, Liam se abalanzó sobre ella. No fue un ataque, sino un desplome voluntario; rodeó el cuello de Aris con sus brazos, hundiendo el rostro directamente en la base de su garganta, justo donde la glándula Alfa latía con fuerza. Inhaló el humo residual de las feromonas de Aris, usándolo como un sedante para calmar los espasmos de su propio cuerpo.
—Tranquilo, ya pasó. No va a entrar nadie —susurró Aris, envolviéndolo con sus brazos y presionándolo contra su pecho.
Pero Liam no se quedó quieto. Movido por un impulso biológico ancestral que su mente racional ya no podía frenar, comenzó a jalar la ropa de Aris. Con dedos torpes pero decididos, tiró de la chaqueta táctica que ella había dejado en el suelo antes del altercado. Luego, con un quejido de frustración, estiró el brazo y alcanzó su propia chaqueta de terciopelo, arrastrándola hacia el espacio entre el sofá y el tocador.
Nesting. El anidación.
Aris lo entendió de inmediato. El instinto del Omega le exigía construir un refugio seguro, un "nido" saturado con los aromas de ambos, antes de que el celo lo golpeara por completo. Para un Omega masculino, que a menudo reprimía estos impulsos para encajar en un entorno profesional, ver este despliegue era de una intimidad sobrecogedora.
—Déjame ayudarte —dijo Aris con suavidad, tomando el control de la situación para evitar que él se agotara.
Sin soltar a Liam por completo, Aris usó su fuerza física para arrastrar los cojines del sofá de cuero hacia el rincón más apartado del camerino, lejos de la puerta. Tomó su pesada chaqueta de seguridad —impregnada con su aroma más puro a madera quemada— y la extendió en el suelo como base. Liam, jadeando, colocó su propia ropa encima, mezclando las telas de manera caótica pero meticulosa, buscando desesperadamente que el olor de la Alfa cubriera cada centímetro.
Cuando el improvisado nido estuvo listo, Liam se arrastró hacia el centro, acurrucándose entre las prendas. Pero no estaba satisfecho. Miró a Aris con una fijeza desesperada, sus labios encendidos y entreabiertos.
—Tú... —pidió Liam, su voz rota por la fiebre—. Entra. El nido no funciona si no estás dentro.
Aris tragó saliva. Entrar al nido de un Omega en pre-celo era la aceptación implícita de que las reglas de la civilización se habían terminado. Si cruzaba esa línea, su propio autocontrol como Alfa se vería severamente comprometido. Pero al ver la mirada de Liam, desprovista de su habitual orgullo defensivo y llena de una confianza ciega hacia ella, Aris supo que ya no había vuelta atrás.
Se deslizó dentro del espacio confinado de cojines y ropa, acomodándose detrás de él. Liam se pegó de inmediato a su cuerpo, suspirando con una fuerza que le sacudió el pecho. Pasó uno de sus brazos sobre la cintura de Aris, aferrándose a su camiseta de tirantes como si fuera lo único real en medio de la tormenta.
El aroma en el nido se volvió asfixiante de inmediato. La bergamota y el té negro de Liam se fusionaron por completo con la ceniza y la madera de Aris, creando una fragancia nueva, densa, embriagadora y letal para la cordura.
—Aris... —murmuró Liam, con los ojos cerrados, sintiendo el calor del cuerpo de la Alfa rodearlo—. Huele a ti. Todo huele a ti.
Aris apoyó la barbilla en la coronilla de Liam, respirando su aroma con una fijeza posesiva. Sus manos acariciaron la espalda del Omega a través de la seda, sintiendo cómo sus músculos finalmente se relajaban bajo el efecto del nido.
Estaban seguros. Estaban aislados. Pero el calor en el camerino seguía aumentando, y el pre-celo de Liam estaba a solo un suspiro de convertirse en un celo hecho y derecho.