El Ciclo Y La CÚpula

Capítulo 9: Confesiones a medias

El refugio del nido funcionó como un oasis momentáneo, pero la temperatura del camerino continuaba subiendo sin piedad. Acostados en el suelo, rodeados de telas impregnadas con sus aromas fusionados, la noción del tiempo exterior parecía haberse borrado por completo.

El temblor más agudo del cuerpo de Liam había cedido, pero la fiebre persistía. Apoyaba la cabeza contra el pecho de Aris, escuchando los latidos constantes y potentes de la Alfa. Para un Omega que había pasado años aprendiendo a desconfiar de cualquiera de esa casta, sentir la respiración calmada de Aris sobre su cabello producía una paz casi desconocida.

—Aris… —murmuró Liam. Su voz era apenas un hilo, un murmullo denso por el calor.

—Dime —respondió ella, sin dejar de trazar círculos lentos y reconfortantes en la espalda de él, con la mano libre de cuero.

—¿Por qué no te aprovechas? —la pregunta flotó en el aire, cargada de una vulnerabilidad sin filtros. Liam levantó la cabeza lo suficiente para mirarla a los ojos. Sus pupilas oscuras estaban dilatadas, pero en el fondo aún brillaba la lucidez que se negaba a apagarse—. Cualquier otra Alfa ya habría usado el aroma o la Voz. Estás sufriendo por contenerte, lo huelo en tu respiración. ¿Por qué te contienes tanto?

Aris detuvo la mano en la espalda de Liam. Sus ojos grises, fijos en la mirada entornada del Omega, se suavizaron.

—Porque no quiero un cuerpo doblegado por la biología, Liam —confesó, y su voz sonó ronca, cargada de una honestidad visceral—. Si te poseo solo porque tu celo te obliga o porque mi aroma te ciega, no sería diferente de los imbéciles de los que te he protegido toda la noche. Quiero que me quieras a mí. A la persona detrás de los galones y el aroma a madera.

Liam se quedó en silencio, impactado por la respuesta. La sinceridad implacable de Aris caló tan hondo en su pecho que sintió un apretón físico en el corazón. Durante toda su vida, las interacciones con las Alfas habían sido una constante prueba de poder: un estira y afloja entre el control y la sumisión. Nadie se había detenido jamás a mirar la mente detrás de la casta Omega.

Una sonrisa sutil, carente de su habitual armadura sarcástica, se dibujó en los labios de Liam.

—Eres demasiado noble para tu propio bien, comandante —dijo él, acortando la distancia para pegar su frente a la de ella. El aroma a té negro dio un vuelco, desprendiendo una calidez profunda y dulce que no venía del instinto, sino del afecto puro—. ¿Sabes cuál es mi mayor miedo?

—¿El encierro? —inquirió Aris en un susurro.

—Perder el control —respondió Liam, cerrando los ojos por la proximidad de los rostros—. Temía que entregarme a una Alfa significara desaparecer. Que me convirtiera en un adorno, en alguien sin voz. Pero contigo... contigo me siento más fuerte que cuando estoy solo.

Las palabras se instalaron entre los dos con el peso de una promesa no dicha. Aris contuvo el aliento, sintiendo una oleada de orgullo y afecto posesivo que no tenía nada que ver con los instintos salvajes del Omegaverse. Era una conexión real, moldeada en apenas unas horas de crisis, pero tan firme como las paredes blindadas que los rodeaban.

—No vas a desaparecer —le prometió Aris, deslizando sus dedos por la nuca de Liam, acariciando con extrema delicadeza los bordes de la glándula sensible de su cuello—. No mientras yo esté aquí.

Liam soltó un suspiro largo, un sonido que era mitad alivio y mitad gemido cuando el pulgar de Aris presionó ligeramente la zona del cuello. La glándula del Omega reaccionó al instante, liberando un chispazo de aroma a bergamota concentrada que inundó el nido.

La mirada de Aris se oscureció de inmediato. El esfuerzo sobrehumano de contención que había mantenido durante la última hora comenzó a crujir bajo el peso de la confesión y la cercanía física.

—Aris… —el tono de Liam cambió de nuevo, la nota febril regresando con fuerza abrasadora a sus ojos—. Creo que el tiempo se nos acabó.

Un tirón eléctrico recorrió la columna de ambos. En el ambiente ya no quedaba espacio para las palabras a medias ni para el protocolo. El aire del camerino se había vuelto denso como el plomo, y los cuerpos de ambos exigían, finalmente, la respuesta que la biología y el alma habían estado postergando.




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