El estallido no vino con un ruido estruendoso, sino con un silencio abrasador.
El último vestigio de supresor químico en el organismo de Liam terminó de metabolizarse. Como una presa que se rompe bajo la presión de un río desbordado, la biología del Omega tomó el control absoluto de su cuerpo. Una marea de calor líquido recorrió sus venas, haciendo que su piel pálida se tiñera de un rubor encendido desde el cuello hasta el pecho.
El aroma a té negro y bergamota dejó de ser una sugerencia dulce para convertirse en un perfume espeso, almibarado y descaradamente receptivo. Era el olor de un Omega en el ápice de su celo, una señal biológica tan pura y penetrante que atravesó las defensas racionales de Aris como si fueran de papel.
—Aris... —el gemido de Liam fue agudo, ahogado contra la clavícula de la Alfa. Sus manos, antes vacilantes, se clavaron con fuerza desesperada en la espalda descubierta de Aris, arañando la piel en busca de contacto, de fricción, de alivio.
Aris soltó un gruñido grave, un sonido que brotó desde lo más profundo de su pecho, una vibración pura de Alfa que hizo temblar el espacio entre los dos. Sus pupilas grises se dilataron al máximo, devorando por completo el iris. El autocontrol, la disciplina militar y los años de entrenamiento se disolvieron en un segundo ante el olor del nido y la rendición absoluta del hombre entre sus brazos.
—Liam... mírame —exigió Aris. Su voz era una raspadura áspera, dominada por el instinto, pero aún sujetando el último hilo de su cordura.
Liam obedeció. Levantó el rostro, con los ojos empañados por las lágrimas de la fiebre y los labios entreabiertos, respirando con bocanadas cortas. Estaba completamente a su merced, desarmado por su propia naturaleza, pero en sus ojos no había miedo. Había una necesidad voraz y una confianza ciega.
—Tómame —suplicó Liam, rompiendo la última norma de su orgullo—. Aris, por favor... no puedo más. Hazlo tuyo.
Ese fue el detonante.
Aris atrapó la nuca de Liam con su mano desnuda, sujetándolo con una firmeza posesiva mientras acortaba la distancia en un beso hambriento y salvaje. Ya no había la delicadeza exploratoria del primer roce; este era un reclamo. Sus lenguas se encontraron en una danza desesperada mientras el sabor a bergamota y el humo de las feromonas de Aris se mezclaban en sus bocas.
Liam soltó un sollozo de alivio contra sus labios, arqueando la espalda para pegar su cadera contra la de ella. El contacto directo de sus cuerpos febriles desató una descarga eléctrica.
Aris lo rodó con cuidado pero con una fuerza incontestable, quedando sobre él en medio del nido de ropa. Se apoyó sobre un codo para no aplastarlo con su peso, mientras su otra mano bajaba por el costado de Liam, desabrochando los botones restantes de la camisa de seda gris con una impaciencia feroz. La tela se abrió, dejando al descubierto la piel suave del torso del Omega, que subía y bajaba al ritmo de su respiración desbocada.
El aroma a madera quemada de Aris se volvió dominante, envolviendo a Liam en una atmósfera de protección absoluta. La Alfa inclinó la cabeza hacia el cuello expuesto de Liam, inhalando directamente sobre la glándula inflada y palpitante.
Liam echó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto la línea de su garganta, ofreciéndose sin reservas.
—Aris... muerde si quieres... pero no te detengas —jadeó él, buscando con sus piernas la cintura de la Alfa para atraerla aún más hacia sí.
Aris rozó sus colmillos Alfa contra la piel hipersensible del cuello de Liam, haciendo que el Omega se estremeciera de la cabeza a los pies. El celo había estallado de manera definitiva. Atrapados en el corazón de la torre, en el punto medio exacto de su encierro, la biología y el deseo habían ganado la batalla.
El clímax de su historia acababa de comenzar, y el camerino ya no era una prisión: era su santuario.