El roce de los colmillos de Aris sobre la glándula inflada en el cuello de Liam desató una corriente eléctrica que recorrió cada terminación nerviosa del Omega. Liam soltó un gemido agudo, arqueando la espalda violentamente contra el nido de ropa. El autocontrol racional era una causa perdida; la fiebre del celo había tomado el mando absoluto de su organismo, exigiendo la presencia, el tacto y el reclamo de su Alfa.
—Aris... por favor... —suplicó Liam. Sus dedos se clavaban en los hombros desnudos de la Alfa, arañando la piel en un intento desesperado de acortar cualquier distancia.
Aris respiraba con dificultad. El aire en el nido estaba tan cargado del aroma dulce y almibarado de Liam que sus propios colmillos dolían, alargados sutilmente por el impulso biológico de la marcación. Sin embargo, a pesar de que su sangre ardía con el instinto territorial de tomarlo, la comandante mantenía un núcleo inflexible de lucidez.
Se separó un centímetro del cuello de Liam, fijando sus ojos grises, oscurecidos y dominantes, en la mirada borrosa del Omega.
—Mírame, Liam —ordenó Aris. Su voz era una raspadura grave, impregnada de una autoridad que no buscaba someterlo, sino traerlo de vuelta a la realidad entre la neblina del celo—. No te voy a marcar hoy por un impulso biológico. Te voy a reclamar porque te deseo, pero la marca será cuando ambos estemos cuerdos. ¿Me entiendes?
Liam parpadeó, intentando enfocar el rostro de Aris. La promesa explícita de un respeto tan profundo en medio del caos hormonal provocó que su corazón diera un vuelco. La bergamota de su aroma se volvió brillante, una señal de aceptación incondicional.
—Entiendo... solo no te alejes —jadeó Liam, buscando con torpeza la boca de la Alfa.
Aris no esperó más. Atrapó los labios de Liam en un beso profundo, hambriento y dominante, mientras sus manos bajaban con una cadencia calculada para despojarlo de la seda gris que le molestaba. La camisa cayó a un lado del nido, dejando al descubierto el torso blanco del pianista, que contrastaba fuertemente con las manos morenas y curtidas de Aris.
Con una parsimonia que enloquecía a Liam, Aris comenzó a recorrer con la palma de su mano cada centímetro de su piel: desde sus costillas hasta la cintura, sintiendo cómo cada músculo del Omega se tensaba y relajaba bajo su tacto. Liam temblaba, atrapado en una tormenta de sensaciones. Cada caricia de la Alfa enfriaba la fiebre de su piel solo para encender un fuego mucho más peligroso en sus entrañas.
—Eres perfecto —murmuró Aris contra su oído, bajando la cabeza para dejar una cadena de besos húmedos y mordiscos suaves por la clavícula y el pecho de Liam, haciendo que este soltara gemidos entrecortados que retumbaban en las paredes del camerino.
La biología del Omegaverse exigía una entrega total. Mientras el calor aumentaba y las ropas se volvían un estorbo insoportable, Aris se encargó de preparar el cuerpo de Liam con una paciencia devota, asegurándose de que su Omega estuviera completamente listo antes de dar el siguiente paso.
Las barreras entre la jefa de seguridad y el virtuoso del piano habían desaparecido por completo. Atrapados en la penumbra roja del rascacielos sellado, la tormenta de su primer celo juntos acababa de alcanzar el punto de no retorno.