El cielo de Madera

CAPÍTULO 4. Dos mundos, un corazón

La madre de Jack entró al ático guiada por el leve sonido de los sollozos que lograban
filtrarse a través de las tablas del suelo. Encontró a su hijo encogido en un rincón, con las
rodillas pegadas al pecho, temblando bajo el peso de un desconsuelo que parecía
demasiado grande para su pequeño cuerpo. Sin decir una palabra, se deslizó por el suelo
polvoriento, se sentó a su lado y lo envolvió en un abrazo protector y cálido, ofreciéndole
un puerto seguro en medio de la tormenta. Jack, desarmado por la ternura del gesto,
desahogó su dolor entre sollozos rotos, confesándole la crueldad de los niños del colegio y la
repentina muerte de la magia en su techo de madera.
La madre escuchó cada palabra con una atención devota, acariciando el cabello
desordenado del niño mientras validaba el peso de su pena. Cuando el llanto comenzó a
amainar, ella tomó aire y, con una voz tan suave como la brisa de la tarde, le habló al oído:
"Mi amor, el mundo que has construido en ese techo de madera no contiene ni una sola gota
de mentira. Es un santuario bellísimo que tu propia mente y tu sensibilidad crearon cuando
necesitabas compañía. Está lleno de nobleza, de amigos reales en tu sentir y de verdaderas
lecciones de valor. Tener la capacidad de albergar un rincón así en el corazón es un don
precioso, Jack".
Luego, con delicadeza, le tomó las manos entre las suyas, obligándolo a mirarla de
frente. "Pero debes comprender algo fundamental, mi cielo: el mundo de aquí abajo, el que
se despliega fuera de estas cuatro paredes, también posee una belleza que merece ser
descubierta. Es el mundo donde tus pies corren sobre la hierba real del parque, donde tus
hermanos se ríen con chistes tontos a la hora de la cena y donde aguardan niños que, tarde
o temprano, sabrán valorar tu gran corazón. La vida no te está obligando a elegir entre la
fantasía y la realidad. Puedes habitar ambas esferas con el mismo orgullo. Una vivirá para
siempre en los territorios de tu imaginación, y la otra florecerá aquí, en tu día a día".

Jack la miró fijamente, buscando en los ojos de su madre la confirmación de aquella
promesa, y asintió lentamente mientras secaba el rastro de sus lágrimas. La madre,
sonriendo con dulzura, estiró el brazo para recoger una de las tizas que habían rodado por
el suelo y se la ofreció con complicidad: "¿Qué te parece si comenzamos por dibujar un
puente aquí arriba? Un puente fuerte y colorido que sirva para conectar de una vez por
todas tu hermoso cielo de madera con el mundo que te espera allá afuera".




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.