El cielo de Madera

EPÍLOGO

Varios años después, un Jack notablemente más alto y con las manos curtidas por el tiempo
regresó al antiguo armario de su infancia. Al abrir la puerta oculta, el crujido de la escalera
de madera resonó en el espacio con la familiaridad de una vieja melodía. Subió los
peldaños con una mezcla de nostalgia y reverencia, empujando la trampilla para acceder al
ático que tantas tormentas y soles había albergado en su niñez.
Al encender la bombilla solitaria, la luz amarilla bañó el viejo techo. Allí seguían,
milagrosamente preservados de la humedad y el olvido, los trazos gastados de sus tizas. El
Soldado Vil mantenía la firmeza de su uniforme carmesí, aunque el yeso se hubiera
aclarado un poco, y Blin parecía sonreír desde sus costuras desvaídas sobre las vetas de la
madera. Jack se acercó y acarició los contornos con las yemas de sus dedos, sintiendo la
textura áspera que alguna vez dio vida a sus mayores consuelos.
Ya no necesitaba dibujar para escapar, ni requería de batallas imaginarias para probar
su propia valentía; el mundo real le había proporcionado suficientes batallas y triunfos
verdaderos. Sin embargo, al contemplar aquel cielo de madera, comprendió que el niño
invisible que alguna vez fue nunca desapareció por completo. Vivía allí, en la raíz de su
creatividad, en su capacidad para empatizar con los demás y en la resiliencia con la que
afrontaba los días grises de la adultez. Con una sonrisa de profunda gratitud, Jack apagó la
luz, sabiendo que el puente que había construido en su infancia seguía intacto, sosteniendo
con firmeza cada uno de sus pasos en el asfalto del presente.




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