Nadie le prestó atención a las interferencias de la radio a primera hora de la mañana, ni a los extraños destellos violáceos que cruzaban el horizonte. La vida en la ciudad seguía su curso frenético. Raúl apuraba un café revisando unos informes, mientras Marcos y Patricia discutían sobre el tráfico en mitad de una céntrica avenida. En la otra punta del distrito, Mayte y Lucas ultimaban los detalles de su jornada de trabajo, ajenos a la llamada de Paula, que intentaba advertirlos desde la azotea de un centro comercial sobre la inquietante anomalía que se dibujaba en las nubes.
Entonces, el reloj marcó las 12:00 del mediodía y el mundo se apagó.
No fue un apagón cualquiera. Los motores de los coches se detuvieron en seco, los teléfonos móviles estallaron en las manos de los transeúntes debido a una sobrecarga electromagnética invisible y los rascacielos se sumieron en una oscuridad absoluta. Un silencio sepulcral, espeso y aterrador, devoró las avenidas durante un par de latidos.
Y después, llegó el infierno.
El azul del cielo comenzó a rasgarse, sustituido por auroras de un rojo incandescente que daban la sensación de estar bajo una cúpula de plasma hirviendo. El aire se volvió pesado, ardiente, con un fuerte olor a ozono y metal quemado. La tormenta solar de la que los científicos llevaban años advirtiendo no era un mito; había impactado de lleno contra la Tierra, barriendo la red eléctrica global y convirtiendo la atmósfera en un horno hostil.
Raúl vio cómo los cristales del edificio de enfrente estallaban por el calor. Marcos y Patricia, atrapados en mitad del asfalto, tuvieron que esquivar las colisiones en cadena de vehículos descontrolados. Mayte y Lucas se miraron con el pánico reflejado en los ojos al comprender que la civilización acababa de colapsar en un abrir y cerrar de ojos, mientras Paula, desde lo alto, contemplaba con horror cómo las primeras columnas de humo negro comenzaban a elevarse, tiñendo de luto el nuevo mapa del desastre.
Ya no había marcha atrás. Las reglas del juego habían cambiado. El asfalto quemaba, la tecnología era chatarra inservible y la humanidad se enfrentaba a su hora más oscura. Para Raúl, Marcos, Patricia, Mayte, Lucas y Paula, la lucha por vivir un segundo más acababa de comenzar bajo un implacable cielo en llamas.