El Cielo en Llamas..

Capítulo 1: Las pequeñas anomalías.

​La mañana del lunes comenzó como cualquier otra en la metrópoli, bajo un cielo de un azul extrañamente denso, casi plomizo, que los informativos meteorológicos habían atribuido a una inofensiva calima veraniega. Nadie sospechaba nada. La masa urbana se movía con su habitual sincronía ruidosa, ajena a los hilos invisibles que comenzaban a tensarse en la atmósfera.
​Raúl, director de análisis de riesgos en una firma de inversión del centro financiero, fue el primero en notar que algo no cuadraba, aunque no le dio importancia. Sentado en su amplio despacho del décimo piso, con una taza de café humeante entre las manos, observó cómo la pantalla de su ordenador parpadeaba de manera errática. Una serie de líneas estáticas cruzaron los gráficos del mercado de valores. Raúl suspiró, ajustándose las gafas, y presionó el botón de reinicio.
​—Maldito servidor —murmuró para sí mismo, mirando de reojo el gran ventanal que ofrecía una panorámica perfecta de los rascacielos vecinos.
​El sol brillaba con una intensidad peculiar, un fulgor sordo que parecía distorsionar levemente el horizonte, como si el aire pesara más de lo habitual. Al intentar llamar al departamento de soporte técnico, descubrió que su teléfono de línea fija emitía un zumbido agudo y constante. Una interferencia limpia, sin ruidos de fondo. Raúl colgó, atribuyéndolo a las típicas tareas de mantenimiento de la infraestructura del edificio. Aquello era solo un inconveniente menor en una mañana que prometía ser larga.
​A unos pocos kilómetros de allí, el tráfico en la gran avenida del muelle comenzaba a espesarse. Marcos conducía su todoterreno con una mano en el volante y la otra sintonizando la radio del salpicadero, buscando alguna emisora que informara sobre el atasco. A su lado, Patricia revisaba su tableta digital, frunciendo el ceño cada vez que la señal de internet se cortaba.
​—¿Te pasa algo con la radio? —preguntó Patricia, apartando la mirada de la pantalla parpadeante.
​—Solo hay estática, en todas las bandas —respondió Marcos, dando un leve golpe al salpicadero—. Llevo tres distritos intentando sintonizar las noticias y solo se escucha este siseo. Parece que toda la red local de emisoras se hubiera puesto de acuerdo para apagarse.
​—El GPS también está haciendo tonterías —añadió ella, mostrando la pantalla de la tableta, donde el mapa digital ubicaba el vehículo en mitad del océano, a cientos de kilómetros de su posición real—. Debe de haber alguna avería en los satélites de posicionamiento. Con este calor, no me extrañaría que las telecomunicaciones estén saturadas.
​Marcos miró por la ventanilla. El asfalto vibraba bajo el efecto térmico, pero había algo más. En el arcén de la autopista, varias bandadas de palomas y gorriones caminaban por el suelo de manera errática, en círculos perfectos, completamente desorientados, incapaces de levantar el vuelo. Era una estampa sutilmente perturbadora, un detalle insignificante en mitad del rugido de los motores de combustión, pero que a Patricia le produjo un leve escalofrío en la nuca.
​Señales en la sombra.
​Lejos del bullicio del tráfico, en el sótano logístico del gran centro comercial de la ladera norte, el ambiente era mucho más fresco, pero no menos extraño. Mayte supervisaba la recepción de mercancías junto a Lucas, un joven técnico encargado del inventario automatizado. Los fluorescentes del techo parpadearon dos veces, reduciendo su intensidad hasta dejar el almacén en una penumbra sepulcral durante un par de segundos, antes de regresar a su potencia máxima.
​—¿Otra bajada de tensión? Ya van tres esta hora —comentó Mayte, anotando los códigos en su tablón de madera tradicional, desconfiando de las pantallas táctiles que no paraban de descalibrarse—. Lucas, revisa el cuadro de mandos de los generadores. No quiero que la cadena de frío de los alimentos sufra si hay un corte general.
​Lucas caminó hacia el fondo del pasillo industrial, donde los grandes transformadores emitían su característico ronroneo. Al abrir la compuerta metálica, notó que las agujas de los medidores analógicos de magnetismo estaban completamente desviadas hacia la zona roja, vibrando con violencia.
​—Esto no es una bajada de tensión normal, Mayte —dijo Lucas, tocando con cuidado la superficie del armario eléctrico, que desprendía un calor inusual—. Las líneas de entrada están recibiendo una inducción externa muy alta. Es como si hubiera una sobrecarga en la red de alta tensión exterior, pero los fusibles de seguridad ni siquiera han saltado. Es rarísimo.
​—Bueno, mientras no se apague del todo, seguimos trabajando —sentenció Mayte, aunque una sombra de duda cruzó su mente. El aire en el sótano empezaba a oler de una forma extraña, un aroma seco y cargado de electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara sin motivo aparente.
​Mientras tanto, en la azotea del mismo centro comercial, Paula disfrutaba de su descanso diario al aire libre. Apoyada en la barandilla de hormigón, contemplaba la extensión de la ciudad que se desplegaba a sus pies. Tenía los auriculares puestos, pero la música se había cortado hacía diez minutos, sustituida por un pulso rítmico, un click constante que parecía provenir del propio dispositivo.
​Paula se quitó los auriculares y levantó la vista al cielo. El sol, en su punto más alto, estaba rodeado por un halo perfecto de color blanquecino, un anillo de luz difusa que recordaba a los paisajes árticos, algo completamente anómalo para la latitud y la época del año. Un avión de pasajeros cruzaba el firmamento a gran altura, dejando una estela de condensación que, en lugar de disiparse, comenzó a ondularse y a tomar un color violáceo bajo la refracción de los rayos solares.
​La joven sacó su teléfono para fotografiar el fenómeno, pero la cámara digital mostraba una pantalla completamente saturada de ruido blanco, como si el sensor estuviera expuesto a una radiación directa. Paula bajó el brazo, sintiendo una repentina opresión en el pecho. La ciudad seguía moviéndose, los coches seguían tocando el claxon abajo en las avenidas, la gente entraba y salía de las tiendas con normalidad, pero el cielo... el cielo parecía estar guardando un secreto aterrador en un silencio absoluto.
​La calma antes de la tormenta.
​De regreso en el centro financiero, Raúl decidió abandonar su despacho para tomar el aire en la planta baja. Al entrar en el ascensor, descubrió que las pantallas informativas del interior estaban congeladas en una fecha errónea y que los botones no respondían con la velocidad habitual. Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo principal, se topó con un par de compañeros que discutían acaloradamente junto a los tornos de acceso.
​—No hay cobertura en todo el edificio —decía uno de ellos, agitando el teléfono en el aire—. Ni datos, ni llamadas de voz, ni emergencias. Nada.
​—Es un problema de la torre de telefonía central, seguro —respondió el otro, restándole importancia—. Ya verás como en una hora vuelve todo a la normalidad.
​Raúl cruzó las puertas de cristal y salió a la plaza peatonal. El calor exterior le golpeó el rostro de golpe, un aire denso y pesado que dificultaba la respiración. Miró a su alrededor. En las cafeterías, la gente empezaba a levantarse de las terrazas, no por pánico, sino por la incomodidad de un ambiente que se volvía cada vez más sofocante. Las pantallas gigantes publicitarias de la plaza parpadearon al unísono, mostrando durante un segundo un patrón de barras de colores antes de quedarse completamente en negro.
​Nadie corría, nadie gritaba. Marcos y Patricia seguían avanzando pacientemente en el atasco de la avenida, Mayte y Lucas continuaban organizando las cajas en el sótano, y Paula observaba desde la azotea cómo el halo solar comenzaba a ensancharse lentamente, cambiando su tono blanquecino por un matiz rojizo muy sutil. La vida de estos seis personajes continuaba en su ritmo lento y cotidiano, ignorando que las pequeñas anomalías de la mañana eran los primeros síntomas del colapso inminente. La Tierra seguía girando, pero el motor del sistema solar acababa de lanzar su primer aviso silencioso.
​Fin del Capítulo 1.



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En el texto hay: drama, supervivencia, catástrofe

Editado: 22.06.2026

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