La tarde avanzaba sobre la metrópoli sin que el termómetro diera un solo respiro. El sutil tono rojizo que Paula había vislumbrado desde la azotea del centro comercial comenzaba a generalizarse, tiñendo las fachadas de cristal de los rascacielos con un reflejo cobrizo y antinatural. Sin embargo, para la inmensa mayoría de los ciudadanos, el fenómeno seguía pasando desapercibido, camuflado bajo la prisa, los cláxones y el rumor sordo de la rutina. La catástrofe no avisa con trompetas; se infiltra en los detalles cotidianos, minando las bases del orden poco a poco.
Raúl, tras regresar a su oficina en el centro financiero, descubrió que la situación lejos de mejorar se había estancado en una parálisis silenciosa. Los teléfonos no daban señal, la red de área local estaba caída y sus empleados deambulaban por los pasillos con los brazos caídos, mirando las pantallas apagadas de sus terminales. La desconexión digital generaba un vacío incómodo, una sensación de aislamiento que Raúl intentaba combatir revisando unos viejos informes impresos en papel.
—Es absurdo —le comentó su secretaria, apoyada en el marco de la puerta—. En la cafetería de abajo dicen que tampoco hay televisión por cable y que los datáfonos no funcionan. Nadie puede pagar con tarjeta.
—Es un fallo generalizado en los nodos de distribución —respondió Raúl de forma calmada, intentando infundir una tranquilidad que él mismo empezaba a perder—. Una sobrecarga de la subestación principal puede tumbar los repetidores de la zona durante horas. Ya emitirán un comunicado cuando los equipos de emergencia restablezcan el flujo. Volved a casa si queréis, hoy no vamos a poder producir nada aquí.
Mientras una parte de los trabajadores comenzaba a desalojar los edificios, el verdadero colapso invisible se estaba gestando en las arterias de comunicación de la ciudad.
En la avenida del muelle, el todoterreno de Marcos permanecía atrapado en el mismo carril desde hacía media hora. El atasco no se debía a un accidente, sino a un fallo en cadena del sistema de semáforos, que se habían quedado fijos en luz ámbar intermitente, sumiendo los cruces principales en la ley del más fuerte.
—Esto se está complicando más de la cuenta —dijo Marcos, apoyando el codo en la ventanilla abierta—. Mira los coches de delante. Hay tres parados en el arcén con el capó levantado. ¿Tantos motores se van a calentar a la vez?
Patricia no le escuchaba. Tenía la mirada fija en el cielo, a través del parabrisas. El anillo blanquecino que rodeaba al sol se había vuelto nítido, casi sólido, y unas extrañas nubes filamentosas, delgadas como hilos de seda, cruzaban el firmamento en dirección contraria al viento de superficie.
—Marcos, mira los pájaros —susurró Patricia, señalando los cables de alta tensión que cruzaban la autopista—. No hay ni uno solo posado. Y en los jardines de las viviendas colindantes... mira las mascotas.
Marcos desvió la vista hacia un pequeño parque junto a la vía de servicio. Los perros de los transeúntes ladraban con nerviosismo hacia la nada, tensando las correas, negándose a avanzar o sentándose en el suelo mientras temblaban visiblemente. El instinto animal, afinado durante millones de años de evolución, captaba la sutil variación en el campo magnético del planeta, una vibración imperceptible para el ser humano pero que a los animales los llenaba de un pánico primario. La brújula biológica de la naturaleza se estaba rompiendo.
La densidad del subsuelo.
En el centro comercial de la ladera norte, la vida comercial continuaba a medio gas. La falta de sistemas informáticos obligaba a los dependientes a realizar las cuentas a mano, provocando largas colas de clientes descontentos. En los sótanos, Mayte y Lucas observaban el gran transformador con una preocupación creciente. El zumbido que desprendía el aparato ya no era un ronroneo sordo; se había transformado en un chirrido agudo, metálico, como si los componentes internos estuvieran sufriendo una fricción intolerable.
—He intentado purgar el sistema de refrigeración líquida, pero la presión sigue subiendo —explicó Lucas, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. No es un problema de consumo del edificio. La energía está entrando desde fuera de forma descontrolada. El cableado subterráneo de la calle está actuando como una antena, absorbiendo una corriente parásita que no debería existir.
—¿Podemos aislar el centro comercial de la red exterior? —preguntó Mayte, cruzando los brazos—. Cortar el interruptor general y activar los generadores independientes de gasoil.
—Podemos intentarlo, pero si la inducción es tan alta como creo, las tarjetas electrónicas de los generadores también podrían verse afectadas —advirtió el joven técnico, tomando una pesada palanca de aislamiento—. Si cortamos la línea, nos quedamos a oscuras por completo hasta que configure el sistema manual. ¿Asumimos el riesgo?
Mayte miró hacia el techo, pensando en los cientos de personas que abarrotaban las plantas superiores, ajenas a la inestabilidad que latía bajo sus pies. Una desconexión total provocaría escenas de confusión en las tiendas.
—Espera diez minutos —decidió Mayte—. Voy a subir a hablar con la gerencia para que preparen una evacuación ordenada antes de que nos quedemos sin luz de verdad. No me gusta cómo huele este aire, Lucas. Es demasiado denso.
El viento que no mueve las hojas
En la azotea, Paula continuaba sola, observando los sutiles cambios en el paisaje urbano. El calor era tan sofocante que el aire parecía distorsionar la silueta de las montañas lejanas, creando un efecto de espejismo constante. Lo más inquietante, sin embargo, era la ausencia total de movimiento. Las banderas colocada en los mástiles del edificio colgaban totalmente rígidas, muertas, sin la menor oscilación. No corría ni una brizna de viento, pero la sensación de opresión térmica aumentaba por minutos, como si la atmósfera se estuviera comprimiendo sobre la ciudad.
De repente, Paula notó un hormigueo extraño en la punta de los dedos. Al tocar la barandilla de hormigón de la azotea, una pequeña chispa azul saltó de sus dedos con un chasquido seco. Una descarga de electricidad estática tan intensa que le hizo retirar la mano con un grito ahogado. Al mirarse el brazo, vio cómo todo el vello de su piel se mantenía completamente erguido, atraído por una carga invisible que saturaba el ambiente.
Abajo, en el aparcamiento exterior, los sistemas de alarma de varios vehículos comenzaron a saltar de manera simultánea, llenando el aire con un coro cacofónico de pitidos y sirenas que nadie apagaba. Los propietarios accionaban los mandos a distancia con desespero, pero las frecuencias de radio estaban completamente bloqueadas por el siseo invisible del cielo.
La tarde avanzaba y las piezas del desastre continuaban posicionándose con una lentitud exasperante. Raúl descendía por las escaleras de su edificio, Marcos y Patricia decidían abandonar el coche para continuar a pie ante la inmovilidad del tráfico, Mayte cruzaba los pasillos abarrotados buscando al gerente y Lucas permanecía en el sótano con la mano puesta en la palanca de corte. Todos seguían operando bajo los parámetros de la normalidad, sin comprender que el tiempo de la civilización se estaba agotando de manera silenciosa bajo el halo de un sol que cada vez brillaba con más fuerza.
Fin del Capítulo 2.