El crepúsculo comenzó a devorar los límites de la ciudad con una parsimonia que aumentaba la sensación de irrealidad. Sin embargo, no era un atardecer normal; el cielo se tiñó de un púrpura espeso, casi líquido, surcado por filamentos magnéticos que parpadeaban en las capas altas de la atmósfera. El aire estancado pesaba en los pulmones, caliente y seco, obligando a los miles de peatones que caminaban por las autopistas a dosificar las pocas fuerzas que les quedaban.
Raúl avanzaba por el arcén de la avenida del muelle, con la chaqueta del traje colgada del brazo y la corbata guardada en el bolsillo. Su mente analítica, acostumbrada a evaluar escenarios de crisis financiera, no paraba de procesar los datos que sus ojos recogían: la parálisis absoluta de los motores de inyección, la ausencia de comunicaciones inalámbricas y el sutil pero constante pulso de electricidad estática que hacía vibrar las barandillas metálicas de los puentes. Aquello no era un sabotaje ni una avería local; era un evento de extinción tecnológica a escala global.
—¡Eh! ¡Cuidado con esa estructura! —gritó Raúl, deteniéndose en seco y extendiendo el brazo para frenar a una pareja que caminaba unos pasos por delante de él.
Marcos y Patricia se giraron, sorprendidos por la brusquedad del desconocido. Justo en ese instante, un pesado transformador colgado de un poste de hormigón a escasos metros emitió un último crujido térmico y reventó, dejando caer una lluvia de aceite hirviendo y fragmentos de cerámica sobre el asfalto. El impacto levantó una pequeña nube de polvo y humo negro.
—Gracias... —alcanzó a decir Patricia, con la voz agrietada por la sequedad del ambiente y el rostro cubierto por una fina capa de hollín—. No nos hemos dado ni cuenta. Venimos caminando desde el nudo de la autopista sur y el calor nos tiene aturdidos.
—El campo electromagnético está induciendo corriente residual incluso en las líneas muertas —explicó Raúl, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Los componentes de las subestaciones están colapsando por pura acumulación de calor. Me llamo Raúl. No es seguro quedarse en los viales inferiores; los incendios estructurales van a empezar en cualquier momento debido a los cortocircuitos masivos.
—Yo soy Marcos, y ella es Patricia —respondió el conductor del todoterreno abandonado, estrechándole la mano con firmeza—. Nuestro plan era subir hacia el complejo comercial de la ladera norte. Su estructura es de hormigón armado, está lejos de los grandes núcleos de cableado del centro y tiene canalizaciones de agua independientes.
Raúl miró hacia la colina, donde la silueta del edificio comercial destacaba contra el fondo cobrizo del cielo.
—Es el mejor análisis posible en esta situación, Marcos —asintió Raúl—. Si nos unimos, aumentamos las posibilidades de superar el colapso inicial. Vamos hacia allí antes de que la luz del sol desaparezca por completo.
La penumbra del laberinto comercial.
En el interior del centro comercial de la ladera, la oscuridad total provocada por el corte manual de Lucas había transformado las bulliciosas galerías de tiendas en un laberinto de murmullos y pisadas ciegas. La falta de ventilación forzada empezó a elevar la temperatura interior de forma alarmante, llenando los pasillos con un aire viciado que incrementaba el nerviosismo de la masa.
Mayte avanzaba por el pasillo central de la planta baja, sosteniendo con firmeza la linterna de dinamo mientras Lucas caminaba a su lado, cargando una mochila con herramientas básicas y varias botellas de agua recuperadas del almacén logístico.
—¡Por favor, mantengan la calma y diríjanse hacia las salidas de emergencia laterales! —repetía Mayte con voz clara y autoritaria, intentando que su formación en gestión de personal sirviera de dique de contención contra el pánico latente—. Las puertas principales de cristal están bloqueadas por los sistemas de seguridad automáticos, pero los accesos manuales de servicio están operativos. Avancen despacio.
La multitud se movía como una corriente espesa, guiada únicamente por las pantallas de algunos teléfonos móviles moribundos que emitían una luz mortecina antes de apagarse definitivamente. Lucas se detuvo junto al hueco de las escaleras mecánicas, inmóviles y oscuras como monstruos de metal apagados.
—Mayte, la masa está subiendo hacia los niveles superiores pensando que las terrazas son más seguras, pero si las cocinas del área de restauración sufren fugas de gas por la falta de control electrónico, el piso superior será una ratonera —advirtió Lucas en voz baja, para no alertar a los ciudadanos que pasaban junto a ellos—. Debemos subir a la azotea. Paula sigue allí arriba y es el único punto con ventilación natural pura y visibilidad total hacia el exterior.
—Tienes razón —coincidió Mayte, desviando el haz de su linterna hacia la puerta gris que daba acceso a las escaleras de mantenimiento—. Vamos a por ella. Una vez que el edificio esté vacío, tendremos que asegurar los suministros del sótano antes de que alguien intente tomarlos por la fuerza. La cortesía de la gente va a durar lo que tarden en tener sed.
La guardia de la azotea.
En lo alto del complejo, Paula permanecía sentada contra el murete de hormigón, con las piernas encogidas y los ojos fijos en el horizonte urbano. La ciudad que conocía, la red vibrante de luces y tecnología, se había transformado en un inmenso relieve de sombras mudas. Las colinas circundantes, antes invisibles por la contaminación lumínica, ahora se recortaban con una nitidez escalofriante contra el firmamento teñido de un púrpura magnético.
El siseo de las alarmas de los coches en el aparcamiento inferior había comenzado a extinguirse a medida que las baterías de los vehículos se agotaban o se fundían por completo. En su lugar, un silencio espeso, solo roto por el crujido lejano de algún cristal roto o el rumor de la masa saliendo por los accesos de servicio, se adueñó del ambiente.
La puerta de la azotea se abrió con un chirrido metálico, sobresaltándola. El haz de luz de la linterna de Mayte barrió el suelo de grava hasta enfocar su rostro.
—¡Paula! ¡Menos mal que estás aquí! —exclamó Lucas, adelantándose para ayudarla a levantarse—. El edificio está completamente a oscuras y los generadores auxiliares han quedado inservibles. Tenemos que quedarnos en una zona abierta.
—Mirad el cielo... —fue lo único que pudo decir Paula, señalando hacia el cenit con un dedo tembloroso.
Mayte y Lucas levantaron la vista. El sol casi había desaparecido tras el horizonte, pero la oscuridad de la noche no llegaba. En su lugar, gigantescas cortinas de luz roja y verde fosforescente comenzaban a ondularse en el espacio, una aurora polar colosal visible en latitudes tropicales, señal inequívoca de que la magnetosfera de la Tierra estaba completamente saturada por el bombardeo cósmico. El espectáculo era de una belleza desgarradora, el preámbulo silencioso de un mundo que cambiaba de era sin pedir permiso.
Abajo, en la base de la colina, las siluetas de Raúl, Marcos y Patricia alcanzaban los primeros escalones del acceso peatonal del centro comercial, completando el grupo de supervivientes que, sin saberlo, unirían sus destinos bajo aquel cielo en llamas.
Fin del Capítulo 4.