La última claridad del día se extinguió, pero la oscuridad no trajo el alivio del frescor. La noche sobre la metrópoli se inauguró bajo el influjo de esas colosales cortinas luminosas que ondulaban en el firmamento, proyectando reflejos verdosos y purpúreos sobre la estructura de hormigón del centro comercial de la ladera norte. El edificio, privado de su esqueleto eléctrico, se erguía como un titán dormido, rodeado por el silencio sepulcral de un aparcamiento sembrado de vehículos inertes.
En la base de la colina, Raúl, Marcos y Patricia coronaron el último tramo de las escaleras peatonales. Sus respiraciones eran jadeos rítmicos; el esfuerzo de subir a pie por el asfalto caliente, esquivando los primeros focos de pánico de la urbe, les había pasado factura. Patricia se apoyó un momento en una jardinera de piedra, limpiándose el sudor que le nublaba la vista.
—Parece que el complejo está completamente desalojado —observó Marcos, escudriñando las puertas de servicio de la planta baja, que permanecían entornadas—. Al menos no se escuchan gritos en este sector. La masa parece haberse dispersado hacia las zonas residenciales del valle.
—Es lógico —añadió Raúl, acomodándose la mochila a la espalda—. El instinto primario empuja a la gente a buscar sus hogares, aunque en un evento de esta magnitud, un piso alto en el centro de la ciudad es una trampa sin agua ni suministros. Este lugar está aislado de los grandes tendidos eléctricos que ahora mismo actúan como pararrayos térmicos. Es el punto de partida más racional.
Cruzaron el umbral de una de las salidas de emergencia de la planta baja, adentrándose en el vestíbulo principal. La negrura interior era densa, rota únicamente por la refracción de las auroras de la azotea que se filtraba a través de la gran claraboya central. La ausencia de los extractores de aire generaba un ambiente pesado, con un sutil aroma a plástico recalentado e incienso de las tiendas de cosmética que se mezclaba en el aire estancado.
Voces en la penumbra.
Mientras el trío avanzaba con cautela por el pasillo de la planta baja, guiados por la intuición y la escasa claridad cenital, un leve eco metálico resonó en la distancia. El sonido de unos pasos firmes descendiendo por las escaleras de servicio hizo que Marcos se tensara, colocándose de forma instintiva delante de Patricia.
—¿Hay alguien ahí? —la voz de Mayte resonó clara, firme, aunque con una lógica nota de cautela—. El centro comercial está cerrado por motivos de seguridad. Por favor, identifíquense.
Raúl dio un paso al frente, levantando las manos en un gesto pacífico que la tenue luz de la claraboya permitiera adivinar.
—Somos ciudadanos que venimos de la zona del muelle —respondió Raúl con serenidad—. Las autopistas están colapsadas y los transformadores del centro financiero están reventando por acumulación de calor residual. Buscamos un lugar seguro, alejado de las líneas de alta tensión. Me llamo Raúl, y ellos son Marcos y Patricia.
Una pequeña bombilla de linterna de dinamo se encendió a unos diez metros, barriendo el suelo antes de enfocar suavemente sus rostros. Detrás del haz de luz aparecieron Mayte y Lucas, seguidos de cerca por Paula, que aún mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, asimilando el impacto de lo que había visto desde las alturas.
—Soy Mayte, la jefa de operaciones del área logística, y ellos son Lucas y Paula —dijo la mujer, bajando el foco de la linterna para no cegarlos—. Hemos tenido que cortar la entrada eléctrica principal manualmente. Las tarjetas de los generadores auxiliares también se han quemado por la sobrecarga magnética antes del corte. El edificio está muerto por dentro.
—No solo el edificio, Mayte —intervino Patricia con voz queda, dando un paso adelante—. Hemos visto los pájaros caer en los arcenes, las mascotas desorientadas... Los satélites de posicionamiento daban lecturas erróneas antes de que las tabletas se apagaran. Esto no es un corte de luz. Es una tormenta geomagnética extrema.
Lucas miró a Raúl, reconociendo de inmediato el lenguaje técnico. El joven mecánico asintió con gravedad, confirmando las sospechas que lo habían mantenido en vilo en el sótano de transformadores.
—La inducción magnética en el subsuelo estaba haciendo vibrar las paredes antes de que tiráramos de la palanca —explicó Lucas—. El cableado de alta tensión de la calle está actuando como un inmenso receptor. Si no hubiéramos aislado el complejo, el transformador del sótano habría estallado en cadena.
El diagnóstico de la primera noche.
El grupo de seis supervivientes quedó en silencio durante unos instantes, asimilando la convergencia de sus realidades en mitad de la galería comercial a oscuras. La lógica de Raúl, la experiencia técnica de Lucas, el conocimiento operativo de Mayte, la templanza de Marcos, la intuición de Patricia y la perspectiva global que Paula traía de la azotea comenzaron a encajar como las piezas de un engranaje de resistencia.
—Si los generadores no funcionan, las reservas de agua sanitaria de los tejados durarán apenas un par de días para el consumo básico si sabemos racionarla —comentó Mayte, asumiendo el control de la situación logística con frialdad—. En los almacenes del sótano tenemos pallets de agua envasada y conservas que debían distribuirse mañana por la mañana. Ese es nuestro recurso más valioso.
—Hay que asegurar esos accesos antes de que la desesperación traiga a otros grupos —sugirió Marcos, mirando hacia las salidas de servicio—. La calma de la ciudad no va a durar más allá de la primera noche sin luz. En cuanto la gente comprenda que los teléfonos no van a volver a encender y que la comida de las neveras empieza a dañarse, la búsqueda de suministros se volverá violenta.
Raúl asintió, observando el mapa mental de la situación. La catástrofe seguía su curso lento pero implacable en el exterior; las auroras en el cielo se volvían más densas, un espectáculo de energía pura que recordaba a los náufragos que las reglas del mundo moderno habían quedado suspendidas.
—Propongo que establezcamos nuestra base temporal en las oficinas de administración de la primera planta —decidió Raúl—. Tienen ventanas altas hacia el exterior para vigilar los accesos y están protegidas por las puertas de hormigón del pasillo técnico. Lucas, Mayte... bajemos a por una parte de las provisiones esenciales antes de que la fatiga nos impida movernos con seguridad. Paula, Patricia, Marcos... aseguraos de que los cierres manuales de las salidas traseras estén encajados.
El grupo comenzó a moverse de manera coordinada en mitad de la penumbra, asumiendo sus roles en una rutina nueva e inquietante. La primera noche del colapso acababa de cerrar sus puertas sobre ellos, mientras el firmamento continuaba vibrando en un silencio majestuoso, preparando el terreno para el verdadero desafío que aguardaba con el regreso del sol.
Fin del Capítulo 5.