La medianoche se instaló sobre la colina con una pesadez asfixiante. En las oficinas de administración de la primera planta, el grupo de seis supervivientes había improvisado un refugio temporal utilizando los sofás de recepción y varias alfombras modulares. La luz de las auroras celestes, que ahora titilaban con un tono verde fosforescente casi magnético, se filtraba por las ventanas altas, proyectando sombras largas y huesudas sobre los escritorios de melamina.
Raúl permanecía de pie junto al marco del ventanal, con los brazos cruzados y la mirada fija en el valle. Abajo, la mancha urbana que antes bullía con millones de puntos de luz era un inmenso océano de negrura. Solo el resplandor anaranjado de tres incendios distantes, localizados en el distrito industrial, rompía la oscuridad del horizonte. No se escuchaban sirenas. El silencio de la ciudad era absoluto, un vacío de actividad humana que resultaba más aterrador que cualquier estruendo.
—¿No puedes dormir? —preguntó Marcos, acercándose con lentitud para no despertar a Patricia y a Paula, que descansaban en los sofás traseros.
—En mi trabajo me pagan por anticipar el peor escenario posible, Marcos —respondió Raúl en un hilo de voz, sin apartar los ojos de las avenidas oscuras—. Pero el cerebro humano no está diseñado para procesar la velocidad a la que se cae la civilización. Todo lo que dábamos por sentado (la logística, los suministros, el orden) dependía de un flujo constante de electrones. Ahora que el flujo se ha detenido, las leyes del mercado se reducen a lo que tenemos en ese sótano.
Marcos asintió, apoyando la mano en el marco de la ventana.
—La gente tardará unas horas más en reaccionar. Mañana por la mañana, cuando se levanten y vean que los grifos ya no tienen presión y que no pueden usar sus vehículos ni sus tarjetas, la burbuja de la normalidad estallará de verdad. Es ahí donde empezará el verdadero drama.
El eco del metal.
En el extremo opuesto de la planta, Mayte y Lucas organizaban las provisiones que habían logrado rescatar del sótano antes de que el cansancio los venciera. Habían alineado doce cajas de agua mineral y varias decenas de latas de conservas de alto valor calórico en un armario de seguridad.
—He estado revisando la estructura técnica del edificio, Mayte —comentó Lucas en voz baja, mientras ajustaba la manivela de su linterna manual—. Las tuberías principales de agua funcionan por gravedad desde los depósitos del tejado, pero sin las bombas eléctricas del sótano para rellenarlos, estamos consumiendo la reserva estática. Si el grupo de arriba aumenta o si alguien sabotea las válvulas exteriores, nos quedaremos secos en menos de cuarenta y ocho horas.
—Por ahora solo somos seis, Lucas —respondió Mayte, anotando el recuento en su libreta con pulso firme—. Debemos mantener el control de los accesos técnicos. Nadie de fuera sabe que cortamos la línea general a tiempo; pensarán que este edificio está tan calcinado como los del centro. Esa ignorancia es nuestra mejor defensa por el momento.
De repente, un sonido extraño interrumpió la conversación. Un eco metálico, rítmico y sutil, ascendió por el hueco de las escaleras de servicio. No eran pisadas ordinarias; era el roce de algo arrastrándose o golpeando levemente las barandillas de hierro en la oscuridad absoluta de los niveles inferiores.
Lucas apagó la linterna de inmediato, sumiendo el pasillo logístico en la penumbra verde que bajaba de las claraboyas. Mayte contuvo la respiración, aguzando el oído. El sonido se repitió: dos golpes secos, seguidos de un siseo prolongado que recordaba al escape de una válvula de presión.
La primera alerta.
Raúl y Marcos llegaron al pasillo técnico un minuto después, alertados por el cambio de ritmo en los movimientos de Lucas. Patricia y Paula se mantuvieron en la retaguardia, con los ojos muy abiertos y la espalda pegada a la pared de hormigón.
—¿Qué pasa? —susurró Marcos, empuñando una pesada barra de hierro que Lucas le había facilitado horas antes.
—Algo o alguien está en la planta baja, junto a los muelles de descarga —explicó Lucas, señalando la puerta gris que conducía al subsuelo—. Los cierres manuales están echados, pero el siseo que viene de abajo no es normal. Huele a gas o a aislamiento quemado.
Raúl se adelantó, colocándose junto a la mirilla de la puerta de incendios. Al mirar a través del grueso cristal reforzado, no vio siluetas humanas, pero percibió un fenómeno físico desconcertante. El aire en el tiro de la escalera parpadeaba con pequeñas lenguas de estática azulada, diminutos rayos de descarga corona que bailaban sobre las barandillas metálicas. El pulso geomagnético del exterior estaba alcanzando tal intensidad que las grandes masas de hierro del edificio comenzaban a ionizar el aire circundante en mitad de la noche.
—No es una intrusión —dictaminó Raúl, retrocediendo un paso con el ceño fruncido—. Es la atmósfera. La saturación de la magnetosfera está empeorando incluso en mitad de la noche, cuando se supone que el planeta nos protege de la radiación solar directa. La Tierra está actuando como un condensador que no puede liberar la carga.
Paula se acercó lentamente, mirando el reflejo azulado que se filtraba por las rendijas de la puerta.
—Si el cielo sigue cargándose así durante la madrugada... —susurró la joven, recordando el halo del sol que había visto horas antes—, ¿qué pasará cuando amanezca mañana? ¿Qué aspecto tendrá el sol cuando vuelva a salir por el este?
Nadie supo responder. El grupo regresó a la oficina de administración en silencio, sentándose en círculo alrededor de la escasa luz ambiental. El suspense se palpaba en el ambiente; las anomalías mecánicas de la tarde estaban dando paso a una transformación física de la propia naturaleza. La primera noche del fin del mundo avanzaba con paso lento, cocinando una tensión psicológica que mantenía a los seis supervivientes con los ojos fijos en las ventanas, temiendo el regreso de una luz diurna que prometía no traer nada bueno.
Fin del Capítulo 6.