El amanecer del segundo día no trajo el regreso de la normalidad, sino la confirmación visual de que el mundo que conocían había quedado atrás. Cuando las primeras agujas de luz rompieron el horizonte por el este, no mostraron el habitual resplandor dorado de la mañana. El sol emergió envuelto en una corona blanquecina, cegadora y fría al ojo, un fulgor con destellos plateados que recordaba al brillo del mercurio líquido. La luz era tan intensa que obligó a Raúl a apartar la mirada de inmediato del ventanal de la oficina de administración.
—Dios mío... —susurró Paula, cubriéndose los ojos con la mano desde el sofá—. El aire... mirad el aire.
Raúl, Marcos y Patricia se acercaron al cristal protector con cautela. La atmósfera de la ciudad parecía haber cambiado de densidad. Una neblina flotante de partículas ionizadas, imperceptible durante la tarde anterior, distorsionaba las siluetas de los rascacielos lejanos, creando un efecto de onda térmica constante. El termómetro digital de bolsillo de Lucas, que milagrosamente funcionaba por su pantalla analógica de mercurio, marcaba ya treinta y ocho grados a las siete de la mañana. El calor no ascendía del asfalto; caía directamente del firmamento como una losa invisible.
—La radiación ultravioleta y el viento solar están barriendo la alta atmósfera —explicó Raúl, con la voz seca mientras analizaba la situación—. El color blanco del sol significa que la capa de ozono y el campo magnético están sufriendo una compresión extrema. La filtración de energía cósmica es directa. Si salimos al exterior a mediodía, el sol nos abrasará la piel en cuestión de minutos.
Marcos tomó a Patricia de la mano, notando que la piel de su novia estaba inusualmente pálida por la falta de descanso y la tensión acumulada.
—Ya no es solo cuestión de esperar a que restablezcan la luz —dijo Marcos, mirando hacia el valle—. Esto es un cambio climático global inducido en tiempo real. La ciudad se va a convertir en un desierto de hormigón inhabitable antes de que termine la semana.
Las primeras siluetas en el aparcamiento.
Mientras el grupo asimilaba el impacto del nuevo día, Mayte subió apresuradamente desde el distribuidor del primer piso. Su rostro denotaba una urgencia que rompió el tenso silencio de la estancia.
—Tenemos movimiento abajo, en el sector sur del aparcamiento exterior —anunció, haciendo un gesto para que se agacharan bajo la línea del ventanal—. Son los primeros grupos de ciudadanos. Vienen a pie desde el distrito residencial inferior.
Raúl y Marcos se arrastraron hasta el borde de la ventana, asomándose lo justo para tener línea de visión hacia los accesos peatonales del centro comercial. A través del cristal, vieron una docena de siluetas que avanzaban de manera errática entre los coches abandonados. Llevaban mochilas, carros de la compra vacíos y garrafas plásticas en las manos. Su actitud no era de pillaje organizado, sino de una desesperación silenciosa, la marcha muda de quienes ya han descubierto que los grifos de sus casas están vacíos.
—Buscan lo mismo que nosotros: sombra y agua —observó Lucas, que se había unido a la guardia con los binoculares técnicos del almacén—. Se dirigen a las puertas principales de cristal. No saben que los cierres magnéticos las han sellado por completo. En cuanto vean que no pueden entrar por ahí, rodearán el edificio buscando las salidas de servicio logísticas donde estamos nosotros.
—Si la masa descubre que el sótano está lleno de pallets de agua mineral, el orden se terminará en cinco minutos —sentenció Mayte con frialdad—. No podemos permitir que fuercen los accesos inferiores. Si destruyen los cierres manuales, el edificio quedará desprotegido para el resto de la crisis.
La estrategia de la invisibilidad.
Raúl se giró hacia el grupo, desplegando su capacidad de organización en mitad de la crisis. El suspense en la oficina era absoluto; las pequeñas anomalías de la jornada anterior se habían transformado en una amenaza humana inminente bajo un sol implacable.
—No podemos enfrentarnos a ellos, somos minoría y la violencia solo atraerá a más desesperados —dictaminó Raúl—. Lucas, Mayte... bajad al pasillo técnico y bloquead la puerta gris de incendios con los puntales de acero que guardáis en el taller. Debemos hacer que este centro comercial parezca tan muerto y abandonado por dentro como los rascacielos del centro. Si intentan forzar una puerta y ven que no cede, el calor los obligará a buscar refugio en los árboles del parque colindante.
—Yo iré con Lucas —se ofreció Marcos, apretando la barra de hierro—. Si alguno consigue filtrar por los muelles de descarga, necesitará ayuda para contener la línea.
Patricia y Paula se quedaron junto a Raúl, manteniendo la vigilancia desde la altura. Abajo, el sol de mercurio seguía ascendiendo, proyectando sombras cortas y afiladas sobre los vehículos inertes, mientras los primeros golpes secos contra los cristales blindados de la entrada principal comenzaron a resonar en la distancia, rompiendo la quietud de la colina. La verdadera lucha por el control de la supervivencia bajo el cielo en llamas acababa de dar su primer aviso.
Fin del Capítulo 7.