El cielo más lindo que he visto

El cielo de las 7:18

La campana del primer periodo aún no había sonado. Los pasillos del instituto estaban casi vacíos, apenas iluminados por la luz tenue de una mañana de abril, y afuera los cerezos comenzaban a perder sus pétalos, que el viento arrastraba hasta las ventanas abiertas de par en par.

Haruto Sakamoto caminaba despacio, con una cámara colgada del cuello y los pasos tan silenciosos que parecían ensayados. No miraba el suelo. Miraba el cielo, como hacía todos los días desde hacía tanto tiempo que ya nadie se lo cuestionaba.

Subió las escaleras que llevaban a la azotea contando los escalones sin darse cuenta, un hábito que ni él mismo recordaba haber empezado. El chirrido de la vieja puerta metálica le resultaba tan familiar que apenas le prestó atención; la empujó con el hombro, el mismo gesto de siempre.

—Buenos días... —susurró al cielo, como si alguien pudiera responderle.

Cerró los ojos un segundo de más al respirar. El aire olía a lluvia, aunque el sol brillaba sin una sola nube que lo tapara. Levantó la cámara y sus dedos encontraron el botón sin necesidad de mirar.

Click. Una nube.

Click. El vuelo de dos cuervos cruzando el cielo en direcciones opuestas.

Click. Un pétalo atravesando el aire, suspendido apenas una fracción de segundo antes de perderse de vista.

Sonrió, satisfecho, un poco más de lo que la fotografía en sí merecía. Sacó un pequeño marcador negro del bolsillo y escribió detrás de la imagen recién revelada, apoyando la mano contra la pierna para tener una superficie firme: 8 de abril, 7:18 a. m. La guardó con cuidado dentro de una caja metálica que llevaba siempre en la mochila, acomodándola entre las demás fotografías como si el desorden pudiera arruinar algo importante.

—Una más... —murmuró, aunque no había nadie para escucharlo.

Fue entonces, cuando ya se disponía a marcharse, que escuchó la música.

Se detuvo en seco, con un pie todavía en el aire. No era un teléfono. Era un piano, y las notas sonaban suaves, casi tímidas, como si quien tocaba no quisiera que nadie lo descubriera.

Haruto frunció el ceño y bajó la cámara despacio, como si el gesto pudiera hacer ruido.

—¿Hay alguien aquí?

Siguió el sonido hasta el extremo opuesto de la azotea, caminando más lento de lo normal, casi de puntillas sin proponérselo. Allí, junto a un viejo teclado eléctrico cubierto por una lona a medio quitar, encontró a un chico. Alto, de cabello negro y uniforme impecable, sin una sola arruga, como si acabara de plancharlo esa misma mañana. Tenía los ojos cerrados mientras sus dedos recorrían las teclas con una delicadeza que no encajaba con la rigidez del resto de su postura.

Haruto se quedó inmóvil, conteniendo el impulso de acercarse más. No quería interrumpir.

Pero una ráfaga de viento levantó los papeles que llevaba en las manos, y las hojas salieron volando antes de que pudiera atraparlas.

El muchacho abrió los ojos de golpe. Sus manos se detuvieron sobre las teclas, tensas, como si lo hubieran sorprendido haciendo algo indebido. Se miraron. Ninguno de los dos dijo nada durante varios segundos.

—Lo siento —dijo Haruto por fin, inclinándose rápido, con las mejillas un poco calientes—. No sabía que había alguien.

El desconocido no respondió de inmediato. Se levantó sin prisa, con movimientos medidos, y recogió una de las partituras caídas cerca de Haruto. Se la tendió sin expresión, evitando cruzar la mirada más de lo necesario.

—Gracias.

Silencio.

—Prometo no decirle a nadie que vienes aquí.

El chico apenas levantó una ceja. Fue el único cambio en su rostro.

—No me importa.

Su voz era grave, fría, pero no del todo desagradable. Haruto sonrió de todas formas, ya un poco más relajado.

—Entonces tampoco diré que tocas muy bonito.

Por primera vez, el muchacho pareció desconcertado. Algo en su expresión se aflojó un instante antes de volver a endurecerse. No esperaba un cumplido, y era evidente que no sabía bien qué hacer con él.

Haruto hizo una pequeña reverencia, con la cámara balanceándose contra su pecho.

—Soy Haruto Sakamoto.

Pasaron unos segundos, como si el otro estuviera decidiendo si valía la pena responder.

—Yūsei Kuroda.

—¿Eres el estudiante transferido?

Yūsei asintió sin añadir nada más, como si cada palabra de más le costara un esfuerzo innecesario.

—Ya veo... —Haruto volvió a mirar el cielo, esta vez con las manos en los bolsillos—. Entonces compartiremos esta azotea.

—No.

—¿Eh?

—Yo llegué primero.

Haruto soltó una risa genuina, la primera de la mañana.

—Tienes razón.

Yūsei volvió a sentarse frente al teclado, dándole la espalda, como si con eso diera por terminada la conversación. Haruto pensó que debía marcharse —incluso dio un paso hacia la puerta— pero se quedó donde estaba, dudando un momento de más.

Y entonces volvió a levantar la cámara.

Click.

Yūsei giró la cabeza de inmediato, con las cejas juntas.

—¿Me tomaste una foto?

—No.

—Mentiroso.

Haruto le mostró la pantalla, girando la cámara hacia él con una sonrisa casi orgullosa. Era una fotografía del cielo. Solo el cielo. Ni una sola persona aparecía en ella.

Yūsei se quedó mirando la pantalla un poco más de lo que hubiera admitido.

—Siempre fotografías lo mismo.

Haruto acarició la cámara con el pulgar, un gesto casi automático.

—Porque nunca vuelve a ser igual.

Las palabras quedaron suspendidas entre los dos. Yūsei no respondió, pero tampoco volvió a tocar de inmediato. Cuando por fin lo hizo, no se detuvo aunque Haruto siguiera allí, de pie, sin decir nada más. Y Haruto tomó otra fotografía —no del piano, no de Yūsei— sino del cielo que se extendía sobre ambos.

Al bajar de la azotea, Haruto sintió una punzada en el pecho. Se detuvo a mitad de las escaleras y apoyó una mano en la pared fría, mientras con la otra apretaba la tela del uniforme contra el pecho. Respiró despacio, contando en silencio: una, dos, tres veces, hasta que el dolor pasó.



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En el texto hay: romance bl escolar

Editado: 12.07.2026

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