El cielo más lindo que he visto

Un amor como ese

El murmullo del salón llenaba el aire antes de que comenzara la primera clase. Las sillas se arrastraban contra el suelo, alguien bostezaba sin disimulo y, un par de pupitres más allá, otro alumno terminaba la tarea de matemáticas a toda prisa, tachando números con desesperación.

Haruto apoyó el mentón sobre su pupitre mientras giraba distraídamente un lápiz entre los dedos, sin prestar atención al ejercicio que debía copiar. Miró por la ventana. El cielo seguía despejado.

—¡Haruto!

Una voz alegre lo sacó de sus pensamientos. Una chica de cabello corto entró al salón casi sin aliento, con una bolsa de pan dulce en las manos.

—¡Mika! Pensé que llegarías tarde otra vez.

—El tren se retrasó. No fue mi culpa.

Mika Fujimoto era su mejor amiga desde la infancia, una de las pocas personas capaces de hacer sonreír a Haruto incluso en los días más difíciles. Se dejó caer en la silla frente a él y sacó el pan de la bolsa antes siquiera de acomodar la mochila.

—¿Otra vez fuiste a la azotea?

Haruto sonrió sin poder evitarlo.

—¿Se nota tanto?

—Traes esa cara de "vi un cielo bonito".

Él soltó una risa, bajando un poco la cabeza.

—Quizá.

Antes de que Mika pudiera seguir molestándolo, el salón se revolucionó. Varias sillas se arrastraron de golpe y un grupo de alumnos se acercó a la puerta, empujándose un poco entre ellos para ver hacia el pasillo.

—¡Ahí viene!

—¡Es Fujimoto-senpai!

—¡El capitán de kendo!

Haruto también levantó la vista, con el lápiz todavía entre los dedos. Por el pasillo caminaba Ren Fujimoto, el famoso capitán del club de kendo: alto, elegante, siempre serio, uno de los estudiantes más admirados del instituto. Pero ese día no iba solo. A su lado caminaba un chico mucho más pequeño, con el distintivo del primer año en el uniforme, cabello castaño claro y un abrigo blanco demasiado grande sobre los hombros, con las mangas casi cubriéndole las manos.

Mientras caminaban, el menor hablaba sin parar, moviendo las manos como si sus propias palabras no le alcanzaran. Ren apenas decía nada; solo lo escuchaba, con la mirada baja hacia él, sin apurar el paso.

De repente, el chico tropezó con un escalón. Antes de que pudiera caer, Ren lo sostuvo con naturalidad por la cintura, sin siquiera mirar hacia abajo primero, como si ya esperara que ocurriera.

—Hayato, mira por dónde caminas.

—¡Fue culpa del escalón!

—Los escalones no se mueven.

—Hoy sí.

Varios estudiantes rieron. Hayato hizo un pequeño puchero, cruzando los brazos, mientras Ren le acomodaba con cuidado el cuello del abrigo, que había quedado torcido con la caída. Después le dio un suave golpecito en la frente.

—Qué distraído eres.

Sin darse cuenta, Ren sonrió. No era una gran sonrisa —apenas una curva en los labios, casi imperceptible si no se le miraba con atención— pero bastó para que todos en el pasillo soltaran pequeños suspiros.

—Son tan lindos... —susurró una estudiante, con las manos juntas contra el pecho.

—Dicen que llevan saliendo casi un año.

—Nunca los ves discutir.

—Parecen sacados de una película.

Haruto observó la escena en silencio, sin apartar la mirada ni un segundo. Los vio alejarse juntos: Ren un paso adelante, Hayato siguiéndolo con una enorme sonrisa, dando pasos un poco más rápidos para no quedarse atrás. De vez en cuando sus manos se rozaban, y cuando creían que nadie los veía, entrelazaban los dedos por un instante —apenas unos segundos— antes de soltarse de nuevo.

Haruto bajó lentamente la mirada hacia su propio pupitre. Sin darse cuenta, sonrió.

—Qué bonito...

Mika lo observó de reojo, dejando de masticar un momento.

—¿Qué?

—Nada.

—No me mientas.

Haruto apoyó de nuevo la cabeza sobre el pupitre, de lado, para seguir mirando hacia la ventana.

—Solo estaba pensando... —hizo una breve pausa, jugando con la manga de su uniforme— que debe ser lindo querer tanto a alguien.

Mika dejó de sonreír. Bajó el pan que tenía a medio camino de la boca. Conocía esa expresión: era la misma que Haruto ponía cuando hablaba de cosas que creía imposibles para él.

—Haruto...

Él siguió mirando por la ventana, sin girarse hacia ella.

—Encontrar a alguien con quien caminar de regreso a casa... compartir un paraguas cuando llueve... celebrar cumpleaños juntos... tomarse fotografías... —sonrió con dulzura, aunque la sonrisa no le llegó del todo a los ojos—. Un amor tranquilo, como el de ellos.

Hubo unos segundos de silencio. Mika dejó la bolsa de pan sobre el pupitre, olvidada.

—Tú también lo tendrás algún día —dijo con convicción.

Haruto la miró apenas un instante.

—¿De verdad lo crees?

—Claro. Somos de tercero.

Él no respondió. Solo volvió a mirar el cielo azul que se extendía tras los ventanales, con los dedos aún enredados en la manga de su uniforme.

No..., pensó. No tengo suficiente tiempo para eso.

Sin que nadie lo notara, llevó una mano a su pecho, presionando apenas la tela. La punzada fue breve. Respiró hondo, contando en silencio hasta que pasó.

Cuando el profesor entró al salón, Haruto ya había recuperado su sonrisa habitual, la de siempre, la que nadie cuestionaba.

Nadie imaginó que, mientras todos comenzaban una clase más, él acababa de hacer un deseo silencioso:

Ojalá, aunque fuera una sola vez, pudiera enamorarme antes de que sea demasiado tarde.



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En el texto hay: romance bl escolar

Editado: 12.07.2026

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