El cielo más lindo que he visto

Las 7:18

El despertador sonó a las seis en punto. Haruto lo apagó con un bostezo y abrió la cortina de su habitación: el cielo estaba teñido de un azul pálido.

—Hace buen día...

Tomó su cámara, revisó que la batería estuviera cargada y salió de casa con una sonrisa. Llegó al instituto mucho antes que la mayoría de los estudiantes, como siempre. Subió las escaleras hasta la azotea y empujó la pesada puerta metálica.

Chiiiik...

El viento le revolvió el cabello.

—Buenos días.

No esperaba respuesta. Pero la obtuvo.

—Llegaste temprano.

Haruto giró la cabeza. Yūsei ya estaba allí, sentado frente al viejo teclado, acomodando unas partituras.

—Pensé que sería el primero.

—Yo también.

Haruto rio por lo bajo.

—Parece que tendremos que compartir el título.

Yūsei simplemente asintió. Haruto caminó hasta la baranda de la azotea y levantó la cámara.

Click. Click. Click.

Yūsei observó de reojo.

—Otra vez el cielo.

—Otra vez.

—¿Nunca te aburres?

Haruto bajó la cámara.

—¿Tú te aburres de tocar el piano?

Yūsei guardó silencio un momento.

—Supongo que no.

—Entonces ya entiendes.

El muchacho no respondió, pero esta vez no discutió. Simplemente colocó las manos sobre el teclado, y las primeras notas comenzaron a llenar la azotea. Haruto cerró los ojos por un instante: el viento, los pájaros, la música, todo parecía ir al mismo ritmo.

Cuando la melodía terminó, aplaudió despacio.

—Me gustó.

—Todavía me equivoqué dos veces.

—Yo no lo noté.

—Porque no sabes de música.

—Exacto.

Yūsei soltó un pequeño suspiro, casi divertido.

—Eres muy optimista.

—¿Eso es malo?

—No. —Hubo una breve pausa—. Solo... diferente.

Haruto sonrió satisfecho.

—¡Eso ya es un cumplido!

—No lo es.

—Sí lo es.

Yūsei negó con la cabeza mientras escondía una sonrisa casi imperceptible. Haruto levantó la cámara de repente.

—No te muevas.

—¿Qué?

Click.

Yūsei frunció el ceño.

—Ahora sí me tomaste una foto.

Haruto revisó la pantalla y sonrió.

—No.

Le mostró la imagen: el cielo ocupaba casi toda la fotografía, y solo en una esquina aparecía una mano apoyada sobre el teclado. Nada más.

Yūsei la observó unos segundos.

—¿Por qué no fotografías personas?

Haruto pensó la respuesta.

—Porque las personas cambian demasiado.

—¿Y el cielo no?

—Sí.

—Entonces no entiendo.

Haruto guardó la cámara.

—El cielo cambia sin dejar de ser cielo. Las personas, a veces, dejan de parecer ellas mismas.

Yūsei permaneció en silencio. Aquella respuesta era extraña, pero viniendo de Haruto, tenía sentido.

La campana de las siete y media resonó por todo el edificio.

—Tenemos que bajar —dijo Yūsei.

—Sí.

Comenzaron a caminar hacia la puerta. Antes de salir, Haruto se detuvo.

—Oye. ¿Mañana también tocarás?

—Si no llueve.

—Entonces mañana traeré pan de melón.

—¿Pan de melón?

—Dicen que sabe mejor cuando alguien lo comparte.

Yūsei arqueó una ceja.

—¿Y quién dijo eso?

Haruto sonrió con esa calidez tan característica.

—Yo.

Por primera vez desde que se conocieron, Yūsei dejó escapar una risa muy baja, tan breve que casi se perdió con el sonido del viento. Pero Haruto la escuchó, y también sonrió.

—Te ves mejor cuando ríes.

Yūsei desvió la mirada, un poco avergonzado.

—Date prisa... llegaremos tarde a clase.

—¡Voy, voy!

Y los dos bajaron las escaleras uno al lado del otro, sin darse cuenta de que, desde el patio, varios estudiantes los observaban con curiosidad.

—¿Desde cuándo Kuroda habla tanto con alguien?

—Ni idea...

—Ese chico de tercero debe ser especial.

Yūsei no escuchó los murmullos. Haruto tampoco. Los dos estaban demasiado ocupados discutiendo si el pan de melón realmente sabía mejor cuando se compartía.



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En el texto hay: romance bl escolar

Editado: 12.07.2026

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