El descanso de media mañana acababa de comenzar. Yūsei caminaba por el pasillo con un libro bajo el brazo, dispuesto a regresar a la biblioteca, todavía pensando en la conversación de esa mañana.
¿De verdad el pan de melón sabe mejor cuando se comparte?
Era una idea absurda. Y, aun así, no podía dejar de pensar en ella.
—¡Eh, Kuroda!
Tres estudiantes de segundo año le cerraron el paso.
—¿Qué?
—¿Desde cuándo eres amigo de Sakamoto?
Yūsei los miró sin cambiar de expresión.
—No es asunto suyo.
Uno de ellos soltó una risa burlona.
—Vaya... el transferido sabe hablar.
—¿Crees que porque Sakamoto es popular ahora también lo serás tú?
—¿O solo te está teniendo lástima?
Los tres comenzaron a reír. Yūsei no respondió; simplemente intentó seguir caminando, pero uno de ellos volvió a interponerse.
—¿Qué? ¿Ni siquiera sabes defenderte?
Entonces, una voz tranquila rompió el ambiente.
—Qué escándalo hacen para ser tan poco interesantes.
Los tres estudiantes se quedaron rígidos. Al final del pasillo estaba Ren Fujimoto, con el shinai al hombro y el uniforme del club de kendo. Su sola presencia bastó para que varios alumnos guardaran silencio.
Ren caminó hasta quedar frente a ellos.
—¿Terminamos?
—K-Kurose... digo, Fujimoto-senpai...
—Pensé que los de segundo ya eran lo bastante mayores para no comportarse como niños de primaria.
Nadie respondió. Ren continuó con una calma que resultaba más intimidante que un grito.
—Si tienen tanto tiempo para molestar a alguien, quizá deberían dedicarlo a estudiar. Sus últimas calificaciones fueron bastante decepcionantes.
Los tres palidecieron.
—Y ahora... —Ren señaló el pasillo con un leve movimiento de cabeza— vuelvan a sus salones antes de que un profesor piense que representan el nivel académico de este instituto.
Los estudiantes hicieron una rápida reverencia.
—L-Lo sentimos.
Y prácticamente salieron corriendo. Cuando desaparecieron por las escaleras, Ren dejó escapar un pequeño suspiro.
—Qué agotador.
Yūsei inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias.
—No me des las gracias. —Ren lo miró por primera vez directamente—. Si empiezas a vivir según lo que dicen los demás, nunca vas a estar tranquilo.
Yūsei permaneció en silencio. Ren sonrió apenas.
—Hablar con quien quieras no necesita permiso de nadie.
En ese momento, una voz dulce resonó por el pasillo.
—¡Ren!
Hayato apareció corriendo con un pequeño bolso colgado del hombro, el abrigo blanco pareciendo demasiado grande para él, como siempre. Al llegar, sonrió primero a Yūsei.
—Buenos días.
—Buenos días.
Después miró a Ren.
—Te están buscando los del equipo. Dijeron que el entrenador ya llegó.
Ren asintió.
—Voy enseguida.
Hayato tomó suavemente la manga del capitán.
—No los hagas esperar mucho.
Hayato soltó una pequeña risa.
Ren negó con la cabeza, divertido. Antes de marcharse, volvió a mirar a Yūsei.
—Nos vemos.
—Sí.
Los dos se alejaron conversando tranquilamente. Yūsei los observó hasta que doblaron la esquina. Por primera vez desde que llegó al instituto, sintió que aquel lugar no parecía tan frío.
Mientras tanto, en el salón de tercero, Haruto estaba sentado junto a la ventana. El profesor explicaba historia, pero las palabras se mezclaban con el sonido del viento y Haruto apenas las escuchaba. Su mirada estaba perdida en el cielo, en las nubes que avanzaban lentamente, empujadas por una brisa suave.
Sin darse cuenta, sonrió.
Mika dejó el lápiz sobre la mesa. Conocía esa expresión.
—Haruto...
Él salió de sus pensamientos.
—¿Sí?
—Últimamente miras el cielo con una cara diferente. —Hizo una pausa—. Antes parecía que buscabas algo. Ahora parece que estás esperando a alguien.
Haruto se quedó completamente quieto. Luego soltó una pequeña risa.
—Te imaginas cosas.
—¿Seguro?
Él volvió a dirigir la vista hacia la ventana. En el cristal se reflejó, por un instante, el recuerdo de un piano bajo el cielo de la mañana.
—...Quizá.
Mika sonrió para sí y no insistió. Simplemente volvió a abrir su cuaderno mientras pensaba: hacía mucho que no veía esa sonrisa.
Y, sin saberlo, el cielo seguía siendo testigo silencioso de una amistad que apenas comenzaba a florecer.