Las clases terminaron poco después de las cuatro. Como ya era costumbre, Haruto esperó a Yūsei en la entrada del instituto.
—Tardaste.
Yūsei acomodó la correa de su mochila.
—El profesor de música me hizo quedarme.
—Entonces hoy no fue culpa de la panadería.
—No.
Haruto sonrió.
—Lástima. Ya no puedo burlarme de ti.
Comenzaron a caminar por la avenida mientras el sol descendía lentamente. El silencio entre ellos ya no era incómodo. Era, sencillamente, agradable.
—¿Siempre vuelves caminando? —preguntó Haruto.
—Sí.
—Yo también.
—Ya lo noté.
Haruto soltó una pequeña risa.
—Hablas un poco más que antes.
—¿Eso crees?
—Sí.
—Es tu culpa.
Haruto abrió mucho los ojos.
—¿Mía?
—Hablas tanto que alguien tiene que responderte.
—¡Eso fue casi un cumplido!
Yūsei negó con la cabeza, pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Haruto no pudo evitar sonreír también.
Durante unos segundos, Yūsei volvió a observarlo de reojo. La luz anaranjada del atardecer caía sobre el rostro de Haruto; sus ojos brillaban cuando hablaba, y su sonrisa parecía iluminar todo a su alrededor.
Otra vez..., pensó Yūsei. Se ve hermoso.
Desvió la mirada de inmediato. ¿Por qué sigo pensando eso?
Mientras seguían caminando, Haruto se detuvo de golpe.
—¡Ah!
Yūsei casi chocó con él.
—¿Qué pasó?
Haruto señalaba emocionado una pequeña tienda. El escaparate estaba lleno de cuadros y pinturas: paisajes, montañas, lagos, cielos de todos los colores.
—¡Vamos!
Sin pensarlo, tomó a Yūsei de la mano.
—¿Eh...?
Lo jaló con entusiasmo hasta el escaparate. Solo cuando llegaron frente al vidrio, Haruto soltó su mano.
—Perdón... me emocioné.
Yūsei bajó la vista por un instante hacia su propia mano. Aún podía sentir el calor de los dedos de Haruto.
—No importa...
Haruto ya estaba completamente concentrado en las pinturas.
—Mira esta... parece una fotografía.
—Y esa otra tiene colores muy bonitos.
—¡Oh! Ese atardecer parece de verdad.
Yūsei apenas lo escuchaba. Su atención se detuvo en un cuadro al fondo: un cielo azul inmenso, con nubes blancas y una sola golondrina atravesándolo. Permaneció inmóvil frente a él.
Haruto dejó de hablar y lo observó en silencio. Yūsei contemplaba la pintura con una tranquilidad que Haruto nunca le había visto. La luz del atardecer iluminaba suavemente su perfil; su expresión seria había desaparecido, y solo quedaba una mirada serena.
Se ve...
Haruto sintió un pequeño vuelco en el pecho.
Hermoso...
Parpadeó. Se quedó completamente quieto.
¿Hermoso?
Nunca había pensado eso de otra persona. Siempre decía que el cielo era hermoso. Las nubes. Los amaneceres. Los colores del atardecer. Pero ¿una persona?
Sintió cómo el calor subía hasta sus mejillas y bajó la mirada de inmediato.
¿Qué estoy pensando?
—Sakamoto.
Haruto levantó la cabeza. Yūsei lo observaba con el ceño ligeramente fruncido.
—Estás rojo.
—¿Eh?
Haruto se tocó las mejillas.
—¿En serio?
—Sí.
Yūsei dio un pequeño paso hacia él.
—¿Te sientes bien?
Haruto soltó una risa nerviosa.
—¡S-Sí! Claro.
—¿Seguro?
—Debe ser porque hace calor.
Yūsei miró el cielo. Una brisa fresca movía las hojas de los árboles.
—No hace calor.
Haruto se quedó sin respuesta durante un segundo. Después sonrió con torpeza.
—Bueno... entonces me dio vergüenza por haberte jalado de la mano hace un rato.
Yūsei lo observó unos instantes más. Finalmente asintió.
—Entiendo.
Haruto respiró aliviado.
—¡Ven! —se apresuró a caminar hacia otra pintura—. ¡Mira esta! Parece que alguien pintó el océano con acuarelas.
Yūsei se acercó a su lado. Mientras Haruto hablaba emocionado sobre los colores, no pudo evitar pensar que, por alguna razón, los paisajes empezaban a parecerle todavía más bonitos cuando los veía junto a él.
Y Haruto, sin darse cuenta, seguía sonrojándose cada vez que sus miradas se encontraban.