Era sábado. A las nueve de la mañana, Yūsei todavía estaba convencido de que sería un día tranquilo. Estaba leyendo un libro en la sala de su apartamento, con una taza de té ya frío olvidada junto al sofá, cuando su teléfono vibró sobre la mesa.
Haruto: Estoy abajo.
Yūsei frunció el ceño y dejó el libro marcado con un dedo, sin cerrarlo del todo.
Yūsei: ¿Abajo de qué?
Haruto: De tu edificio.
Los ojos de Yūsei se abrieron un poco. Se levantó, caminó hasta la ventana y miró hacia la calle. Allí estaba Haruto, con una mochila colgada de un solo hombro, la cámara al cuello y saludándolo con ambas manos, como si llevara ahí un buen rato esperando ser descubierto.
—...
Cinco minutos después, Yūsei salió del edificio, todavía con el ceño fruncido y el cabello un poco revuelto de no haberse arreglado.
—¿Qué haces aquí?
Haruto sonrió como si fuera la cosa más normal del mundo.
—Vine por ti.
—¿Para qué?
—Vamos a salir.
—No.
—Sí.
—No.
Haruto dio un paso hacia él.
—Ya le pedí permiso a tu mamá.
Yūsei parpadeó.
—...¿Qué?
—Es muy amable.
—¿Hablaste con mi madre?
—Me abrió la puerta cuando pregunté por ti.
Yūsei se llevó una mano a la frente.
—Increíble...
—También me dijo que casi nunca sales los fines de semana.
—...
—Así que hoy sí vas a salir.
Yūsei suspiró.
—No recuerdo haber aceptado.
Haruto sonrió con orgullo.
—Porque todavía no te di oportunidad.
Sin esperar respuesta, comenzó a caminar. Después de unos pasos notó que Yūsei seguía inmóvil, con los brazos cruzados, y giró sobre sus talones.
—¿Vienes?
Yūsei lo observó durante unos segundos. Sabía que discutir sería inútil; conocía ya lo suficiente a Haruto como para saber que insistiría hasta el cansancio. Soltó un largo suspiro y, sin poder evitarlo del todo, dejó que la comisura de sus labios se curvara apenas.
—Solo por hoy.
Haruto levantó un puño al aire.
—¡Victoria!
Antes de echar a andar, se giró una vez más.
—¿No necesitas nada? ¿Cartera, teléfono, lo básico?
—Ya tengo todo.
—¿Y el libro que estabas leyendo?
Yūsei bajó la vista hacia sus propias manos vacías. No se había dado cuenta de que aún llevaba el dedo curvado, como si el libro siguiera ahí.
—Lo dejé adentro.
—Qué distraído.
—Cállate.
Su primera parada fue un pequeño parque. Había niños jugando, personas paseando a sus perros y ancianos leyendo el periódico bajo los árboles. El aire olía a césped recién cortado y, a lo lejos, alguien practicaba con una guitarra desafinada.
Haruto ya estaba tomando fotografías.
Click. Click. Click.
—No te muevas.
Yūsei levantó la vista.
—¿Otra vez?
—No eres tú.
Le mostró la fotografía: solo aparecía un árbol lleno de hojas verdes, con la luz filtrándose entre las ramas. Yūsei negó con la cabeza.
—Algún día sí me fotografiarás.
Haruto sonrió, sin comprometerse del todo.
—Tal vez.
Caminaron un rato sin rumbo fijo. Haruto se detenía cada pocos metros —una fuente, un perro persiguiendo su propia cola, un grupo de palomas que echó a volar de golpe— y Yūsei esperaba cada vez con las manos en los bolsillos, sin apurarlo, aunque tampoco sin dejar de observarlo.
—¿No te aburre esperar tanto? —preguntó Haruto en un momento, casi como si se le hubiera ocurrido de pronto.
—No.
—¿En serio?
—Es más entretenido que quedarme en casa.
Haruto sonrió con algo parecido al orgullo, aunque no dijo nada más al respecto.
Pasaron por un pequeño puesto de libros usados, y Haruto insistió en revisarlos todos, sacando uno tras otro de las cajas de madera mientras hacía comentarios sobre las portadas. Yūsei terminó comprando uno casi sin darse cuenta, solo porque Haruto se lo puso entre las manos con una sonrisa que no admitía negativas.
—No tenías que comprarlo.
—Tú tampoco tenías que aceptarlo.
—...
—¿Ves? A los dos nos gusta más de lo que decimos.
Yūsei no respondió, pero guardó el libro en su mochila con más cuidado del que hubiera admitido.
Después compraron helado. Haruto eligió vainilla; Yūsei, chocolate.
—¿Quieres probar?
—No.
Haruto acercó la cuchara.
—Solo un poco.
—...
Yūsei terminó probándolo. Haruto sonrió satisfecho.
—¿Ves?
—Sabe igual que la vainilla.
—¡Eso es imposible!
—Es frío y dulce.
—No tienes remedio.
—Lo mismo digo.
Se sentaron en una banca a terminar los helados. Haruto, entre cucharada y cucharada, se detuvo un instante más de lo normal, como si necesitara recuperar el aliento antes de seguir hablando. Yūsei lo notó, pero no dijo nada; Haruto ya había vuelto a sonreír antes de que pudiera preguntar.
—El sábado que viene deberíamos venir otra vez.
—¿Ya estás planeando el próximo secuestro?
—No es un secuestro si al final te diviertes.
—Nunca dije que me estuviera divirtiendo.
Haruto lo miró de reojo, con una sonrisa que sabía perfectamente que mentía.
—No hace falta que lo digas.
Más tarde llegaron a un pequeño puente sobre un río. Haruto apoyó los brazos en la baranda; el agua reflejaba el cielo como un espejo, con pequeñas ondas que deshacían las nubes cada vez que pasaba una brisa.
—Es bonito...
Yūsei se colocó a su lado.
—Sí.
Haruto levantó la cámara.
Click.
La fotografía capturó únicamente el reflejo de las nubes sobre el agua.
—¿Nunca te cansas de fotografiar el cielo? —preguntó Yūsei.
Haruto negó.
—Creo que nunca podría.
Yūsei sonrió muy levemente.
—Lo imaginaba.
Haruto giró la cabeza para verlo. Yūsei estaba mirando el río, con el viento moviendo su cabello, sin esa expresión tan seria de siempre. Tenía los hombros más sueltos que de costumbre, como si el día, poco a poco, le hubiera ido quitando peso de encima.