La puerta de la azotea se abrió a las 7:18.
Chiiiik...
Yūsei entró con las partituras bajo el brazo. El viento soplaba igual que siempre, el cielo era tan azul como los otros días. Pero...
—...
La azotea estaba vacía. No había cámara. No había una bolsa con pan de melón. No había una voz diciendo "¡Buenos días, Kuroda!".
Yūsei dejó las partituras sobre el teclado. Se quedó de pie un momento, mirando el espacio junto a la baranda donde Haruto solía apoyarse a fotografiar el cielo, como si esperara que apareciera de la nada. Esperó unos minutos, miró la puerta un par de veces. Nada.
—Llegará tarde...
Se sentó frente al piano y tocó una melodía corta, aunque sus dedos se equivocaron dos veces en pasajes que normalmente le salían sin esfuerzo. No le dio importancia. Cuando terminó, la campana sonó. Haruto nunca apareció.
Durante el almuerzo volvió a buscarlo. Su asiento junto a la ventana estaba vacío, con la silla acomodada de una forma demasiado ordenada, como si nadie la hubiera movido en toda la mañana.
—¿Sakamoto faltó? —preguntó a un compañero, procurando que su voz sonara casual.
—Sí. No vino hoy.
Yūsei simplemente asintió. Mañana estará aquí.
Comió más despacio de lo habitual, sin prestar demasiada atención a la comida. A su alrededor, el comedor seguía con su ruido de siempre: risas, bandejas, conversaciones que no le pertenecían.
Pero al día siguiente tampoco apareció. Ni en la azotea, ni en el comedor, ni en los pasillos. Yūsei se sorprendió a sí mismo mirando dos veces hacia la entrada del salón de tercero cuando pasaba frente a él, como si eso pudiera cambiar algo.
Sacó el teléfono.
Yūsei: ¿Todo bien?
El mensaje quedó marcado como enviado. Sin respuesta.
Guardó el teléfono en el bolsillo y lo sacó de nuevo diez minutos después, solo para comprobar que seguía sin respuesta. Se sintió un poco ridículo por hacerlo, pero no pudo evitarlo.
Al tercer día volvió a escribir.
Yūsei: ¿Estás enfermo?
Silencio.
Miró la conversación completa, desplazándose hacia arriba con el pulgar. Las últimas semanas estaban llenas de mensajes sencillos —"Traje pan", "El gato nos está esperando", "Mañana lloverá"— y ahora no aparecía nada nuevo debajo del último. La pantalla se veía extrañamente incompleta, como una fotografía a la que le faltara una esquina.
Guardó el teléfono lentamente. No le gustaba aquella sensación. Era como si algo faltara en todos los lugares del instituto: en la azotea, en la mesa del comedor, en el pasillo donde solía cruzarse con él entre clase y clase.
Al terminar las clases, decidió buscar a Mika. La encontró guardando unos libros en su salón, con la mochila ya medio cerrada.
—¿Fujimoto?
Ella levantó la vista.
—Ah, Kuroda.
Él dudó unos segundos antes de hablar, cambiando el peso de un pie a otro.
—¿Sabes dónde está Haruto?
Mika sonrió con tranquilidad, aunque algo en su mirada se suavizó al notar el gesto de Yūsei.
—¿No te contestó?
Yūsei negó con la cabeza.
—Qué raro... —Ella cerró su mochila—. Aunque, pensándolo bien, no tanto.
Yūsei la miró confundido.
—Haruto suele desaparecer de la nada.
—¿Desaparecer?
—Sí. A veces falta unos días a clases y luego vuelve como si nada hubiera pasado. Siempre llega sonriendo y diciendo: "Ya regresé".
Mika soltó una pequeña risa, aunque bajó la vista un instante antes de continuar, como si hubiera algo más que prefería no decir todavía.
—Estoy segura de que mañana aparecerá otra vez.
Su sonrisa era tan natural que Yūsei sintió cómo la preocupación disminuía un poco.
—Entiendo...
—No te preocupes tanto.
—No estoy preocupado.
Mika levantó una ceja.
—Claro.
Yūsei desvió la mirada.
—Solo...
Guardó silencio. No encontraba las palabras. Se quedó con la vista fija en un punto cualquiera del salón, como si ahí pudiera encontrar la frase que le faltaba.
Mika sonrió con dulzura.
—También te hace falta, ¿verdad?
Yūsei tardó unos segundos en responder. Al final, asintió muy ligeramente.
—...Sí.
Mika no dijo nada más. Solo le dedicó otra sonrisa, esta vez un poco más contenida.
—Mañana seguro lo verás.
—Gracias.
—De nada.
Yūsei hizo una pequeña reverencia antes de marcharse. Mientras caminaba hacia la salida del instituto, levantó la vista. El cielo seguía siendo igual de bonito, con esa misma clase de azul que Haruto se molestaba en fotografiar aunque fuera el mismo de siempre. Y, aun así, le parecía extrañamente vacío.
¿Qué estará haciendo ahora mismo...?
Pasó por la azotea una vez más antes de irse, solo para comprobar, sin admitirlo del todo, que seguía tan vacía como en la mañana.
A varios kilómetros de allí, Haruto estaba sentado junto a la ventana de una habitación de hospital. La luz de la tarde entraba suavemente entre las cortinas, dibujando líneas claras sobre las sábanas. Sobre sus piernas descansaba su cámara, y a su lado, un pequeño montón de fotografías, ya un poco desordenadas de tanto revisarlas.
Las fue observando una por una: el cielo del primer día, las golondrinas, el puente, el gatito gris. Y una fotografía donde solo aparecían unas manos sobre un viejo teclado.
Sonrió sin darse cuenta.
Se detuvo un rato más en esa última, pasando el pulgar por el borde sin llegar a tocar la imagen misma, como si temiera desgastarla.
En ese momento, la puerta se abrió. Entró el médico que llevaba siguiendo su tratamiento desde hacía años.
—Buenas tardes, Haruto.
—Buenas tardes, doctor.
El médico tomó asiento frente a él y revisó el expediente unos instantes, pasando las hojas con una calma que Haruto ya conocía de memoria.
—Hemos terminado los exámenes de estos días.
Haruto escuchó con atención, con las manos quietas sobre las fotografías.