El cielo más lindo que he visto

La habitacion 407

Las clases terminaron con el sonido de la última campana. Yūsei guardó sus cuadernos más despacio de lo habitual. Aquella mañana la azotea había vuelto a estar vacía, el asiento de Haruto en el salón seguía desocupado, y los mensajes continuaban sin respuesta.

Antes de salir del instituto, se acercó al escritorio de Mika.

—Fujimoto.

Ella levantó la vista.

—¿Sí?

Yūsei dudó unos segundos.

—¿Sabes dónde vive Haruto?

Mika lo observó con sorpresa. Luego sonrió con suavidad.

—¿Vas a visitarlo?

Él bajó un poco la mirada.

—...Sí.

Mika anotó la dirección en un pequeño papel y se la entregó.

—Seguro le hará ilusión.

—Gracias.

—De nada.

Media hora después, Yūsei estaba frente a una pequeña casa de dos plantas. Respiró hondo y tocó el timbre. Unos segundos más tarde, la puerta se abrió y una mujer de sonrisa cálida apareció al otro lado.

—Buenas tardes.

Yūsei hizo una reverencia.

—Buenas tardes. Soy Yūsei Kuroda... —hizo una breve pausa— amigo de Haruto.

La mujer sonrió, aunque había una tristeza muy suave en sus ojos.

—Así que tú eres Yūsei.

Él parpadeó.

—¿Haruto habló de mí?

Ella soltó una pequeña risa.

—Más de una vez.

Yūsei sintió un calor inesperado en las mejillas.

—Vine porque... lleva varios días sin ir a la escuela.

La sonrisa de la mujer se volvió un poco más apagada.

—Haruto se resfrió y está en el hospital.

Aquellas palabras hicieron que algo se encogiera dentro del pecho de Yūsei. Hospital. Sin querer, recordó la tarde en que lo había visto más pálido de lo normal. Debe ser porque no dormí mucho anoche. En ese momento había decidido creerle. Ahora deseó haber insistido un poco más.

—¿...Está bien?

La mujer asintió con tranquilidad.

—Los médicos quieren observarlo unos días.

Yūsei guardó silencio. Después reunió el valor para preguntar.

—¿Puedo... verlo?

Ella lo miró durante unos segundos. Finalmente sonrió.

—Justo iba a salir hacia el hospital. —Tomó las llaves del auto—. Ven conmigo.

Durante el camino apenas hablaron. La ciudad desfilaba detrás de la ventana. Yūsei mantenía las manos entrelazadas sobre las piernas, sin entender por qué estaba tan inquieto. Solo quería comprobar con sus propios ojos que Haruto estaba bien.

Cuando llegaron al hospital, la madre de Haruto lo condujo hasta la habitación. Antes de abrir la puerta, sonrió.

—Seguro se alegrará de verte.

Giró el picaporte.

—Haruto, ya llegué.

Desde la cama, una voz conocida respondió enseguida.

—¡Mamá!

Haruto estaba sentado, con una bata de hospital y una manta sobre las piernas. En cuanto vio a su madre, sonrió con la misma calidez de siempre.

—¿Sabes qué? Ya me siento mucho mejor. Quiero regresar a la escuela cuanto antes.

—Primero tendrás que convencer al doctor —respondió ella entre risas.

Haruto hizo un pequeño puchero.

—Pero ya me aburrí de estar aquí.

Entonces levantó la vista y vio a Yūsei.

Los dos se quedaron inmóviles. La sonrisa de Haruto desapareció poco a poco, sustituida por una expresión de absoluta sorpresa.

—...¿Kuroda?

Yūsei sintió un nudo en la garganta. Ver a Haruto con aquella bata, en una habitación de hospital, era muy distinto a imaginar simplemente un resfriado. Por primera vez desde que lo conocía, lo veía fuera de aquel cielo, del piano y de las caminatas de regreso a casa.

La madre de Haruto rompió el silencio.

—Los dejo un momento. Iré a hablar con el doctor.

Salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad. Durante unos segundos ninguno habló. Fue Yūsei quien rompió el silencio.

—¿Cómo estás?

Haruto volvió a sonreír, aunque esta vez era una sonrisa más pequeña.

—Mucho mejor.

Yūsei permaneció de pie junto a la cama.

—¿Por qué no contestabas los mensajes?

Haruto rascó distraídamente su mejilla.

—Me empecé a sentir mal... y mi mamá me quitó el teléfono para que descansara.

Lo dijo con naturalidad, como si fuera una simple anécdota. Yūsei lo observó unos segundos. Después dio un paso hacia la cama. Otro más. Se inclinó ligeramente y apoyó con cuidado el dorso de su mano sobre la frente de Haruto.

—...

Haruto abrió un poco los ojos. La mano de Yūsei estaba fría. Él sonrió con ternura y, sin apartarla, levantó despacio su propia mano y la sostuvo entre las suyas.

—Estoy bien. —Su voz era tranquila—. De verdad.

Yūsei no retiró la mano.

—Te extrañamos en la escuela.

Haruto parpadeó.

—¿"Te extrañamos"?

—...

Yūsei corrigió casi de inmediato.

—Mika preguntó por ti.

Haruto soltó una risa bajita.

—Qué mentiroso eres.

Yūsei desvió la mirada. Haruto seguía sujetando su mano con suavidad.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de alguien que ha estado preocupado tres días seguidos.

Yūsei guardó silencio. Haruto apretó apenas sus dedos.

—Pronto regresaré a la escuela. —Le dedicó una sonrisa cálida, la misma de siempre—. Y volveremos a las siete y dieciocho.

Por primera vez desde que entró al hospital, Yūsei sintió que el peso sobre su pecho se hacía un poco más ligero.

—...Te estaré esperando.

Haruto sonrió aún más.

—Lo sabía.



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En el texto hay: romance bl escolar

Editado: 12.07.2026

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