El cielo más lindo que he visto

Volver a las 7:18

El lunes por la mañana, el instituto recuperó una sonrisa que había echado de menos durante varios días.

La puerta del salón de tercero se abrió. Haruto entró con su mochila al hombro y su cámara colgada del cuello.

—Buenos días.

Durante un segundo hubo silencio. Después...

—¡Sakamoto!

—¡Volviste!

—¡Qué bueno verte!

Varios compañeros se acercaron enseguida para darle la bienvenida. Mika fue la primera en abrazarlo.

—¡Me tenías preocupada!

Haruto rio.

—Perdón.

—No vuelvas a desaparecer así.

—Lo intentaré.

Mika lo soltó y le dio un suave golpecito en el hombro.

—Bienvenido de nuevo.

Haruto sonrió.

—Gracias.

Antes de que sonara la campana, Haruto salió del salón y caminó por el pasillo hasta llegar al aula de segundo año. Se asomó por la puerta. Yūsei estaba sentado junto a la ventana, leyendo un libro.

—Kuroda.

Yūsei levantó la vista. Por un instante, su expresión seria desapareció por completo.

—...Haruto.

Cerró el libro de inmediato y se levantó. Haruto sonrió ampliamente.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Me extrañaste?

Yūsei lo observó unos segundos.

—Sí.

La respuesta fue tan directa que Haruto parpadeó, sorprendido. Luego soltó una risa.

—Yo también.

Los compañeros de Yūsei comenzaron a murmurar entre ellos.

—¿Ese no es Sakamoto?

—¿El de tercero?

—Kuroda nunca sonríe así...

—¿Son muy cercanos?

Pero ninguno de los dos parecía prestarles atención. Hablaron unos minutos sobre las clases perdidas, el gatito del callejón y la montaña de apuntes que Haruto todavía tenía que copiar. La conversación fluía con la misma naturalidad de siempre.

Cuando sonó la campana, Haruto dio un paso atrás.

—Nos vemos en la salida.

Yūsei asintió.

—Te esperaré.

Las clases terminaron al caer la tarde. Como de costumbre, Yūsei ya estaba esperándolo en la entrada. Haruto salió corriendo por las escaleras.

—¡Kuroda!

Yūsei levantó la vista y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Pensé que tardarías más.

—Mika no dejaba de hablar.

—Eso lo explica.

Comenzaron a caminar juntos. Después de unos minutos, Yūsei rompió el silencio.

—¿Quieres ir a mi casa?

Haruto lo miró sorprendido.

—¿A tu casa?

—Mi madre dijo que le gustaría conocerte. Además... puedo cocinar algo sencillo.

Los ojos de Haruto brillaron.

—¡Claro que quiero!

Yūsei sonrió apenas.

—Entonces vamos.

Sin darse cuenta, sus manos se rozaron. Haruto entrelazó sus dedos con los de Yūsei con total naturalidad. Él respondió al gesto sin soltarlo. Siguieron caminando así, riendo por una discusión absurda sobre cuál era el mejor sabor de pan de melón.

De pronto, Haruto se detuvo.

—Espera.

Soltó la mano de Yūsei y levantó rápidamente la cámara.

—No te muevas.

—¿Otra vez?

Click.

Yūsei quedó inmóvil mientras la luz del atardecer dibujaba un contorno dorado alrededor de su figura. Haruto bajó la cámara y observó la fotografía. Por primera vez, no era el cielo el protagonista. Era Yūsei.

Sonrió, con las mejillas ligeramente sonrojadas.

—Salió muy bien.

Yūsei se acercó despacio, miró la pantalla un instante y luego volvió la vista hacia Haruto.

—¿Ahora sí era una foto de una persona?

Haruto rio con timidez.

—Supongo que... sí.

Yūsei sostuvo con suavidad una de sus manos y se inclinó apenas lo suficiente para dejar un beso breve sobre sus labios.

—Gracias.

Haruto sintió que el corazón le latía con fuerza. Cuando el beso terminó, Yūsei volvió a entrelazar sus dedos.

—Vamos.

Haruto sonrió con una calidez que parecía iluminar toda la calle. Apretó un poco más la mano de Yūsei.

—Sí... vamos.

Y los dos continuaron su camino, mientras el sol comenzaba a esconderse y el cielo se teñía lentamente de los mismos colores que tanto le gustaba fotografiar a Haruto.



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En el texto hay: romance bl escolar

Editado: 12.07.2026

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