La casa de Yūsei era tranquila. Pequeña, cálida y llena del aroma de la cena que acababa de prepararse. Apenas cruzaron la puerta, una mujer de rostro amable apareció desde la cocina.
—¡Así que tú eres Haruto!
Haruto hizo una profunda reverencia.
—Muchísimas gracias por invitarme.
La mujer sonrió con tanta dulzura que Haruto sintió confianza al instante.
—No tienes que ser tan formal. Yūsei habla mucho de ti.
—¡¿Mamá...?!
Yūsei se quedó completamente inmóvil. Su madre soltó una risita.
—¿Qué? ¿Dije algo que no debía?
Haruto no pudo evitar reír al ver las orejas de Yūsei ligeramente rojas.
—Es un gusto conocerla.
—El gusto es mío. Siéntete como en casa.
Durante la cena, la madre de Yūsei no dejó de servirle comida.
—Prueba esto.
—¿Quieres más arroz?
—También hice postre.
Haruto reía con cada ofrecimiento.
—Si sigue consintiéndome así, voy a querer venir todos los días.
—Las puertas estarán abiertas cuando quieras.
Yūsei negó con la cabeza.
—Mamá, lo vas a malcriar.
—¿Y qué tiene?
Los tres terminaron riendo. Por un momento, Haruto sintió una calidez muy parecida a la de su propio hogar.
Cuando cayó la noche, Yūsei decidió acompañarlo hasta su casa. Las calles estaban silenciosas; solo se escuchaba el canto de algunos insectos y el viento moviendo las ramas de los árboles. Caminaron despacio, sin prisa, con las manos entrelazadas.
Haruto levantó la vista hacia el cielo. Las primeras estrellas comenzaban a aparecer.
—Kuroda...
—¿Sí?
Haruto permaneció unos segundos en silencio. Luego habló con una voz muy baja.
—¿Qué pasaría si yo muriera mañana?
Yūsei dejó de caminar. Lo miró fijamente. Después desvió la vista hacia el suelo. No respondió enseguida; el silencio se hizo largo.
Finalmente, volvió a levantar la mirada.
—No quiero imaginar eso.
Haruto no dijo nada. Yūsei respiró hondo.
—Pero... si algún día tuviera que despedirme de ti... —sus palabras salían despacio, como si eligiera cada una con cuidado— te recordaría como la melodía más hermosa que he escuchado.
Haruto sintió que el aire se detenía.
Yūsei continuó.
—La melodía que me enseñó que incluso los días comunes podían volverse especiales. —Esbozó una pequeña sonrisa—. La más cálida... y la que más me dio fuerzas para seguir adelante.
Los ojos de Haruto comenzaron a humedecerse. Jamás nadie le había dicho algo así. Se quedó observándolo, completamente impresionado. Sin pensarlo, dio un paso al frente y lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su hombro.
—...Te amo. —Su voz apenas fue un susurro—. Mucho.
Yūsei rodeó su espalda con ambos brazos. Lo sostuvo con cuidado y después dejó un beso suave sobre su frente.
—Yo también te amo.
Haruto levantó lentamente la cabeza. Yūsei sonrió con esa expresión tranquila que solo aparecía cuando estaba con él.
—Para mí... —acarició con delicadeza una de sus mejillas— eres esa partitura tibia que siempre quiero escuchar. —Hizo una pequeña pausa—. Y sentir cerca de mí.
Las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro de Haruto, una tras otra. Él intentó sonreír entre el llanto, luego se puso de puntillas y besó a Yūsei con ternura. Cuando se separó, apoyó la frente contra la de él.
—Gracias... —sus labios temblaban— gracias por quererme así.
Yūsei no entendía del todo por qué Haruto lloraba con tanta intensidad. Pensó que quizá sus palabras simplemente lo habían emocionado. Le acarició el cabello con cuidado.
—Eres un llorón.
Haruto soltó una risa entre las lágrimas.
—Lo soy.
Yūsei sonrió.
—Y aun así... —lo abrazó una vez más— no pienso soltarte tan fácilmente.
Haruto cerró los ojos y se aferró al abrazo, deseando que aquel momento durara un poco más, mientras sobre ellos el cielo nocturno permanecía inmenso y silencioso, como si guardara cada una de sus promesas.