La campana del almuerzo sonó. Yūsei cerró su cuaderno y salió del salón con una pequeña sonrisa.
Seguro Haruto ya está esperándome.
Era una sonrisa pequeña, casi automática, de esas que ya no necesitan pensarse. Desde que estaban juntos, el mediodía había dejado de ser solo una pausa entre clases: era el momento del día que Yūsei esperaba sin darse cuenta de que lo esperaba.
Apenas dio unos pasos por el pasillo, escuchó una voz llamándolo.
—¡Kuroda!
Se giró. Mika corría hacia él, con el rostro completamente pálido. Le faltaba el aire.
—¡Mika! ¿Qué...?
Algo en la forma en que ella corría —torpe, desesperada, sin importarle chocar con los demás alumnos— hizo que el estómago de Yūsei se contrajera antes incluso de escuchar una palabra.
Ella apenas logró detenerse frente a él.
—¡Haruto...!
Yūsei sintió un vuelco en el pecho.
—¿Qué pasó con Haruto?
Su propia voz le sonó extraña, como si perteneciera a otra persona. Una parte de él, una parte pequeña y aterrada que llevaba semanas escondida en algún rincón, ya sabía la respuesta antes de que Mika la dijera.
Mika respiró hondo, intentando controlar el temblor de su voz.
—En educación física... se desmayó...
No.
—Empezó a sangrar por la nariz... llamaron una ambulancia... se lo llevaron al hospital...
Cada palabra caía sobre él como un golpe, y con cada golpe algo se resquebrajaba un poco más adentro. Yūsei sintió que el suelo del pasillo dejaba de ser sólido, que el ruido de los demás estudiantes se apagaba hasta convertirse en un zumbido lejano, sin sentido.
Entonces, una tras otra, comenzaron a regresar imágenes que había intentado ignorar durante días, semanas, tal vez más:
Haruto, más pálido de lo normal. Debe ser porque no dormí mucho.
Los días en que desaparecía de la escuela sin avisar, y que Yūsei había preferido no cuestionar demasiado, porque preguntar hubiera hecho real algo que no quería que fuera real.
La habitación del hospital, aquella vez.
Los medicamentos alineados sobre la mesita de noche, con nombres que Yūsei no entendía y no había querido entender.
Las lágrimas de aquella noche, cuando Haruto había apoyado la cabeza en su hombro y no había dicho nada, y Yūsei tampoco había preguntado nada, porque tenía miedo de la respuesta.
Y, sobre todo, esa frase que Haruto había dejado caer una vez, como si nada, mirando el techo:
¿Qué pasaría si yo muriera mañana?
En su momento, Yūsei se había reído, incómodo, y había cambiado de tema. Ahora esa frase volvía como un eco cruel, como si el propio Haruto hubiera estado tratando de prepararlo para esto.
Yūsei abrió los ojos de golpe. Su respiración se volvió irregular, entrecortada, como si el aire ya no le alcanzara.
No...
No podía ser esto. No podía ser real. Haruto era quien siempre llegaba primero, quien lo esperaba con esa sonrisa a las 7:18, quien le había enseñado a mirar el cielo cuando todo lo demás parecía demasiado pesado para mirar hacia arriba. Haruto no podía simplemente... desaparecer así, en mitad de una clase de educación física, mientras Yūsei estaba sentado en un salón pensando en el almuerzo.
Sin decir una sola palabra, salió corriendo.
—¡Kuroda!
Mika intentó llamarlo. Él ya no escuchaba.
Corría tan rápido que apenas distinguía las calles. Los edificios, los semáforos, la gente que se apartaba de su camino, todo se volvía borroso, como si el mundo entero hubiera perdido su forma. Solo tenía un pensamiento, uno solo, repitiéndose sin descanso:
Por favor. Por favor. Por favor.
Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista, pero no se detuvo a limpiarlas. No podía perder ni un segundo.
No otra vez.
Ese pensamiento apareció de la nada, filoso, y una vez que apareció ya no pudo apartarlo. No otra vez. No de nuevo alguien a quien quería, desapareciendo sin darle la oportunidad de despedirse. No de nuevo esa sensación de estar parado frente a una puerta cerrada, sabiendo que del otro lado se estaba decidiendo algo que él no podía controlar. Había pasado por algo parecido antes —una ausencia, un abandono, una herida vieja que creía haber enterrado— y ahora sentía que esa misma tierra se abría otra vez bajo sus pies, mostrándole que nunca había estado tan enterrada como pensaba.
Si Haruto también se va... si él también me deja...
No terminó el pensamiento. No pudo. Era demasiado grande, demasiado afilado, y si le daba forma completa sentía que dejaría de poder respirar del todo.
Recordó el abrazo de Haruto, tan simple y tan cálido que a veces Yūsei olvidaba lo mucho que lo necesitaba hasta que lo tenía. El beso, torpe la primera vez, después cada vez más natural, como si sus labios hubieran encontrado un lugar al que pertenecer. La fotografía que Haruto le había tomado un atardecer cualquiera, solo porque —según sus palabras— "quiero recordar tu cara justo así, mirando el cielo."
No me dejes.
Aceleró aún más. El pecho le dolía, un dolor agudo que subía desde las costillas hasta la garganta, las piernas le temblaban al borde del colapso, pero no se detuvo. No podía detenerse. Detenerse hubiera significado darle tiempo a ese miedo enorme para alcanzarlo, y Yūsei prefería que le doliera el cuerpo antes que quedarse quieto con esos pensamientos.
Cuando llegó al hospital, atravesó las puertas automáticas casi sin aliento, empapado en sudor y lágrimas, el uniforme escolar pegado a la espalda. Una recepcionista intentó detenerlo.
—¡Joven!
—¡Mi novio está aquí!
Lo dijo sin pensar, sin ninguna duda, como si en ese instante ya no existiera nada que ocultar, ninguna precaución que valiera más que llegar hasta Haruto. Varias personas giraron la cabeza.
—¡Déjeme pasar!
—¡No puede entrar así!
Una enfermera trató de sujetarlo del brazo. Yūsei se soltó con fuerza, con una energía que no sabía que tenía.