El pasillo del hospital permanecía en silencio. Solo se escuchaba el zumbido de las luces y el lejano sonido de algunos monitores. Yūsei seguía de rodillas. La madre de Haruto permanecía a su lado, con los ojos enrojecidos.
Pasaron varios minutos antes de que ella reuniera fuerzas para hablar.
—Yūsei...
Él levantó lentamente la cabeza. Ella respiró hondo.
—Hay algo que debes saber.
La mujer sostuvo con fuerza el pañuelo entre sus manos.
—Haruto nació con una enfermedad cardíaca muy grave.
Yūsei sintió que el corazón le dio un vuelco.
—Durante años respondió al tratamiento... pero hace unos meses los médicos nos dijeron que la enfermedad había avanzado.
Las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos.
—Nos explicaron que... probablemente solo le quedaban unos meses de vida.
Yūsei dejó de respirar por un instante. Su mente quedó completamente en blanco.
La madre de Haruto continuó con la voz quebrada.
—Ese mismo día llegó a casa con una cámara nueva. —Esbozó una sonrisa llena de tristeza—. Me dijo que quería fotografiar todos los cielos que alcanzara a ver.
Yūsei recordó cada mañana en la azotea. Cada fotografía. Cada nube. Cada amanecer.
La mujer bajó la mirada.
—Decía que el cielo nunca era igual dos veces... y que quería guardar todos los que pudiera.
Las lágrimas de Yūsei comenzaron a caer en silencio. No dijo una palabra. Simplemente recordó.
¿Qué pasaría si yo muriera mañana?
Gracias por quererme así.
Pronto regresaré a la escuela.
Entonces comprendió por qué Haruto había llorado aquella noche. No lloraba por miedo. Lloraba porque conocía una verdad que Yūsei ignoraba, y había cargado con ella completamente solo.
Yūsei se cubrió el rostro con una mano. Lloró en silencio, sin fuerzas para contenerse.
Después de un largo rato, se puso de pie. La madre de Haruto lo miró con preocupación.
—¿A dónde vas?
Yūsei hizo una pequeña reverencia.
—Necesito salir un momento.
—No deberías irte solo... —ella dio un paso hacia él—. Yūsei.
Él levantó la vista. Tenía los ojos completamente rojos.
—Voy a regresar a mi casa. —Su voz apenas era un susurro—. Se lo prometo.
Ella dudó unos segundos. Finalmente asintió.
—Está bien.
Yūsei inclinó nuevamente la cabeza. Antes de marcharse, dirigió una última mirada hacia la habitación de Haruto.
Espérame...
Y caminó lentamente hacia la salida del hospital.
Mientras tanto, Haruto abrió los ojos. Pero no estaba en la habitación.
Todo a su alrededor era blanco. Un blanco inmenso. No había paredes, ni techo, ni suelo. Solo una inmensa claridad.
Miró sus manos. También vestía completamente de blanco.
Permaneció en silencio. Después sonrió con una tristeza serena.
—Así que... ya llegó el momento.
A lo lejos apareció una luz cálida. No era intensa. Resultaba extrañamente tranquila.
Haruto dio un paso. Luego se detuvo. Cerró los ojos.
—Solo... —su voz tembló apenas— déjenme despedirme de alguien antes de irme.
La luz permaneció inmóvil, como si esperara su decisión.
Aquella misma noche, en la habitación del hospital, el monitor emitió un cambio en su ritmo. Los dedos de Haruto se movieron levemente. Sus párpados temblaron. Y, muy despacio, abrió los ojos.
La habitación estaba casi a oscuras. Su madre dormía sobre una silla, agotada.
—...Mamá...
Fue apenas un susurro. Ella abrió los ojos de golpe. Al verlo despierto, se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—¡Haruto!
Corrió hasta la cama. Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—Despertaste... despertaste...
Haruto sonrió con mucha dificultad. Estaba muy débil; le costaba incluso respirar entre frase y frase. Con esfuerzo levantó una mano. Su madre la sostuvo de inmediato entre las suyas.
—Mamá...
Él sonrió con ternura.
—Gracias...
Ella negó con la cabeza mientras lloraba.
—No...
—Gracias... —respiró lentamente— por ser mi mamá.
Otra lágrima rodó por su mejilla.
—Te amo.
Ella rompió a llorar aún más fuerte. Acarició con delicadeza el rostro de su hijo.
—Y yo te amo a ti. —Su voz apenas podía salir—. Has sido lo mejor que me ha pasado en toda mi vida.
Haruto cerró los ojos unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, tomó aire con dificultad.
—¿Puedes... escribir algo por mí?
Ella comprendió que quería dictarle unas palabras. Con las manos temblorosas buscó un cuaderno y un bolígrafo en la mesa, y se sentó junto a la cama. Las lágrimas seguían cayendo sobre el papel.
—Estoy lista...
Haruto la observó con una pequeña sonrisa. Respiró hondo, y comenzó a pronunciar las primeras palabras, muy despacio, mientras su madre las escribía con el corazón encogido.